Derechos Humanos made in USA:Sin privacidad en el ciberespacio

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Helena González

A partir de las revelaciones realizadas por el ex agente de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), Edward Snowden, en junio de 2013, se ha colocado en la palestra de los debates sobre el ciberespacio el tema del espionaje tecnológico.

Las declaraciones de Snowden todavía sacuden al mundo como un golpe a la conciencia, para alertar de que en pleno siglo XXI las fronteras entre lo privado y público se desvanecen. Ello se produce no solo como resultado del avance de la web 2.0 y la inserción cada vez mayor, en las redes sociales y plataformas blogs de nuestra cotidianidad, sino además, por la recopilación clandestina de esas informaciones, aparentemente privadas, para llevar a cabo operaciones de marcado interés militar, entre ellas, el espionaje.

No sería infundado afirmar que el 2013 fue el año de oro para las  denuncias sobre ciberespionaje. En este período, la mayoría de los medios de comunicación internacionales replicaron con indignación la noticia de que EE.UU, en colaboración con países aliados, espiaba las redes de comunicación electrónicas de todo el mundo, incluyendo las de sus ciudadanos.

La NSA puede procesar, actualmente, alrededor de 3 000 millones de mensajes diarios, y solo entre 2001 y 2011 logró obtener ingentes cantidades de datos bioperativos de ciudadanos estadounidenses través de programas como Stellar Wind y ShellTrumpet.

Las capacidades técnicas de este centro, cuya sede radica en la base militar Fort Meade en Maryland, permiten transgredir gran parte de los sistemas de cifrado de Internet y violar los códigos que protegen la información de los correos electrónicos, publicaciones en las redes sociales, conversaciones telefónicas de las personas, incluso transacciones bancarias.

El control de los principales nodos de comunicación mundiales otorga a los analistas de la NSA la capacidad de espiar a su antojo en la web, máxime si se colocan bajo la égida del concepto “seguridad nacional”.

Los gobiernos de países latinoamericanos fueron colocados entre  los objetivos estratégicos de este centro.  Revelaciones a la presa dan fe de que EE.UU. espió a mandatarios de la región como Dilma Rouseff, de Brasil y el entonces candidato a la presidencia de México, Enrique peña Nieto, cuyas conversaciones telefónicas e intercambios con sus asesores eran escuchados por los servicios norteamericanos.

En este sentido, los países aliados a Washington no quedaron exentos de estas prácticas, al conocerse la vigilancia telefónica a la canciller alemana, Angela Merkel, desde 2002, o el espionaje a misiones diplomáticas de Europa, entre ellas las de la Unión Europea (UE) en Washington, Nueva York y el Consejo de la UE en Bruselas.

Ante esta realidad, muy poca credibilidad tiene la defensa de la administración estadounidense sobre el tema del respeto al derecho a la privacidad. Centros como la NSA, evidencian la prominencia del ciberespacio como terreno para acciones militares y la vulnerabilidad de la información que circula por las redes. De ahí, la urgencia de establecer mecanismos políticos internacionales eficaces que velen por el respeto a los derechos humanos en este escenario y pongan frenos al accionar de entidades como esta.

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