Paisajes y acciones de inmensidad

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Por Alina Perera Robbio

ddhhTRUJILLO, Venezuela.— En esta parte del mundo, hacia donde quiera que los ojos pregunten, responde un paisaje que prenda, siempre aderezado de montañas. Los caminos son zigzagueantes y empinados. Un viaje largo puede terminar dando vértigos a quien se estrena de explorador en estos lares. Pero hay que llegar a múltiples destinos posibles; porque allí, donde no imaginamos, hay un cubano que está dando lo mejor de sí por sus semejantes.

Es verdad que en el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) Pampan, ubicado en el municipio homónimo, cualquiera se maravilla y entretiene viendo montes. Algo más, sin embargo, transcurre con magnitud de grandeza en las interioridades del lugar donde se ofrecen servicios médicos: así uno lo siente cuando el doctor David Alexander Junco Gelpi, de 47 años y cirujano traumatólogo ortopedista, nos cuenta con orgullo que él y María Ernestina Pérez Crespo, de 70 años, de La Habana y enfermera instrumentista, empezaron a darle uso al quirófano y así comenzaron a «levantar el CDI que estaba muy apagadito».

Después se incorporaron otros miembros al equipo, hasta el sol de hoy. David asegura que «nunca hubo complicaciones y esperamos no las haya». Él, de Santiago de Cuba, se graduó como médico en 1993, uno de los años más duros del llamado período especial cubano. Con el paso del tiempo se hizo especialista de segundo grado en Ortopedia y Traumatología.

Historias tiene muchas. Cuando le pedimos que cuente alguna, nos habla del día en que estaban operando casos programados y de pronto les llegó una urgencia.

«A un hombre —recuerda— se le había zafado en su finca la pieza de la máquina que usan para chapear. Aquel accidente le había trozado casi el pie completo. De inmediato lo priorizamos. El paciente se recuperó muy bien, de tal modo que pudo incorporarse a su vida social. Haberlo salvado de aquella tragedia nos da una gran satisfacción».

El traumatólogo habla de una gratitud que se expresa de muchas maneras entre los beneficiados. Muchas veces dicen de corazón, y eso llega hondo, un «Que Dios se lo pague». David plantea que ni él ni sus compañeros dejarán abandonados al pueblo: «Los últimos en irnos, dice con firmeza, seríamos nosotros, los del salón quirúrgico».

Otros miembros del team

Sin María Ernestina, con sus 44 años de experiencia como enfermera instrumentista, no sería posible el funcionamiento del quirófano. Ella sabe de memoria que «cada instrumental tiene un tejido, un uso específico», y que lo que hace, como todo en esta vida, tiene sus modos, su inspiración, ese saber moverse hasta con los ojos cerrados. «No todo el mundo puede ser instrumentista», asegura con pasión. Y nadie duda de su palabra.

Algo similar siente Lorenzo Amaya Soto, de 32 años, especialista en Anestesiología. De Granma, Bayamo, relata que cuando el quirófano echa a andar, pueden pasar por allí unos 30 pacientes. A él, como a sus colegas, le llegan en lo más hondo la pobreza de algunos lugares, las fragilidades de personas muy humildes, la suerte de los niños, los imposibles que impone a muchos la filosofía de la medicina privada.

«Hay experiencias que me han marcado mucho —expresa—, como la de aquellos pacientes que vienen de otros hospitales donde les han pedido para una intervención quirúrgica cosas que no son necesarias». Lorenzo recordará por siempre a una madre de cuatro hijos, a la cual ellos le practicaron lo que se conoce como ligadura, para que no siguiera teniendo una descendencia que le haría más duros sus días de ir al monte a cortar palos hasta con su niño de un año en brazos.

Venía ella con una enfermedad contagiosa en la piel. Una semana estuvieron los médicos preparándola para que pudiera entrar al quirófano. Finalmente la joven salió muy bien de la impostergable intervención quirúrgica. «Aquí operamos a todo el que llegue pidiendo ayuda, sin hacer distingos», sostiene Lorenzo.

Artífice clave del engranaje quirúrgico es Rubén Esquivias Castro, de 51 años y especialista en Cirugía. De Guantánamo, se graduó como médico en 1990 e hizo su servicio social en el municipio de Maisí, de su provincia. Posteriormente hizo la especialidad como Médico General Integral y en el 2000 ya era cirujano.

Estuvo en Venezuela durante la etapa del 2010 al 2013; ahora está aquí desde hace cuatro meses. Afirma que aunque está acostumbrado a desempeñar su labor todos los días, no deja de enfrentar «situaciones estresantes, inevitables, momentos en que el paciente, por ejemplo, empieza a sangrar profusamente. Hay que estar tenso por obligación, porque somos seres humanos y porque nunca debemos perder esa capacidad de estar alertas.

«A veces estamos de vacaciones y anhelamos entrar al hospital, porque nos aburrimos si no trabajamos. Los cirujanos somos así».

Sobre los momentos que vive Venezuela, Rubén hace una declaración sentida: «Nosotros, los del team quirúrgico, por naturaleza estamos preparados para situaciones de alta tensión».

Diálogo en el Cuerpo de Guardia

Casi dejando el CDI Pampan, vemos a un médico sentado en su consulta del Cuerpo de Guardia. Un simple saludo se convierte en un diálogo que alumbra, con toda luz de solidaridad y amor, el significado de la palabra misión.

Amauris Figueredo Martínez, camagüeyano de 50 años, se graduó como médico en la Facultad de Ciencias Médicas de Las Tunas, provincia donde ha pasado gran parte de su vida. Lo hizo en 1994, año muy difícil para Cuba. Recuerda que entonces había escasez, que muchos departamentos estaban deteriorados físicamente, y que aun así siempre se buscó ofrecer un servicio de excelencia.

Él se inclinó por la ultrasonografía, universo al cual se dedicó por entero desde el año 2000. Estuvo en Venezuela por vez primera en 2010; y en esta nueva etapa comenzó aquí su labor desde diciembre pasado, «adaptado, porque ya conozco. Yo vivo entre vecinos venezolanos».

—¿Cómo lo tratan?

—Perfecto. Los principios que traemos de Cuba, como patriotismo, Revolución, son respetados, porque ven que el cubano es solidario, que sabe vivir en comunidad.

Amauris guarda muchas historias de su estancia en tierra de Bolívar. Ha estado en lugares como La Cortadora, zona rural necesitada, desde hace mucho tiempo, de pesquisas genéticas. Bien lo sabe el médico con solo mirar a sus habitantes, quienes le inspiran preocupación y piedad. Bien lo sabe él que también se especializó en el mundo de la genética.

Muchas realidades estremecen a Amauris, como la manera en que la medicina privada es puro comercio y convierte a los seres humanos en clientes. «Aquí llegó hace poco un señor al cual le hice un ultrasonido. Me aseguraba que le habían extraído su vesícula. Lo cierto es que allí estaba esa parte del organismo, y por si fuera poco, llena de piedras. Me dio mucha tristeza decirle que a pesar de su cicatriz externa, pagó por una intervención que nunca le hicieron».

Al médico le dio pesar ver partir al hombre junto con su esposa. «Hoy en la mañana —comenta Amauris— volvió la señora con una foto donde se ve un frasco lleno de todas las piedras extraídas al paciente».

En el sector Progreso del municipio de Pampan, allí donde vive, Amauris no deja de conmoverse con los niños, «pues son muy sensibles y educados, dicen buenos días, buenas tardes, permiso… Y en cuanto a los jóvenes, algunos, cuando miran canales de nuestra televisión que afortunadamente podemos ver desde aquí, preguntan cómo es Cuba. Sienten mucha curiosidad por todo lo nuestro».

El doctor piensa todos los días en su amada Isla. Está sereno en medio de las circunstancias por las cuales atraviesa Venezuela. Siente estar rodeado de muchas personas que podrían ayudarlo en circunstancias límite. Conoce de primera mano las consecuencias de una guerra no convencional, las tensiones y dolores de un pueblo. Y sin poder evitarlo también piensa en el suyo, «tan especial, único, bloqueado durante tantos años, y que a pesar de los obstáculos demuestra al mundo cuánto puede hacer».

De esa escuela, con ese espíritu, vive horas inolvidables, grandes como esas montañas que ahora adornan su existencia.

Las montañas que adornan Trujillo. Foto: Alina Perera Robbio

Juventud Rebelde

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