Fidel, con las ideas en lo más alto

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Por Hassan Pérez Casabona*

Existen acontecimientos que reflejan en toda su dimensión el pensamiento de los seres humanos. No hablo de cualquier pasaje, sino de aquellos momentos singulares, marcados por circunstancias especialmente complejas e intensas, en que los involucrados proyectan con absoluta precisión su manera de actuar, en la misma medida en que emerge, con impresionante naturalidad y nitidez, el calado ético que vertebra dicho ideario.

La historia revolucionaria de Cuba, de Céspedes en la Demajagua a nuestros Cincos Héroes enhiestos en las cárceles del imperio, está preñada de esos instantes en que la estatura moral de los líderes alcanzó cotas excepcionales.

La vida del Comandante en Jefe es paradigmática, en ese sentido, por la forma en que se sobrepuso a avatares, escollos y desafíos surgidos en las distintas etapas de lucha, desde una inquebrantable vocación libertaria que hunde su raíz en José Martí.

Entre muchos ejemplos que revelan la extraordinaria capacidad de encontrar soluciones magistrales, ante el estremecimiento provocado por un hecho (siempre habrá que evocar la reflexión del Che, aludiendo a la hora cenital en que la humanidad vivió una alarma nuclear, de que “Nunca brilló tan alto un estadista como en los días luminosos y tristes de la Crisis de Octubre”) quiero detenerme en dos que, aunque separados en el tiempo, testimonian además la esencia profundamente humanista de su comportamiento.

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El primero, ocurrido en noviembre de 1956, atestiguó ante sus compañeros de travesía en el Granma que el proyecto revolucionario, que entraba en una fase decisiva con la expedición –el legado de los caídos en el Moncada, que no estaban “ni olvidados ni muertos” acompañó a aquellos 82 hombres- pasaba ante todo por la disposición de preservar la vida de cada participante en la titánica aventura, incluso si ello suponía nuevos riesgos e imponderables.

Cuando Fidel (aguzando cada sentido y a través de un olfato inigualable, que le permitió sortear con éxito lo mismo escaramuzas que los valladares más  enrevesados) dirigió la búsqueda de Roberto Roque Núñez, luego de que éste cayera al agua, tomó cuerpo uno de los pilares sobre los que se erigiría la construcción del socialismo insular desde sus albores, y que con renovados bríos y confianza en el futuro acaba de ratificar el General de Ejército Raúl Castro Ruz, en su Informe Central al VII Congreso del PCC.

Cuarenta y dos años después, exactamente el 6 de diciembre de 1999, el líder histórico de la Revolución Cubana escribió en la escuela Marcelo Salado de Cárdenas, “Por la libertad de Eliancito, ¡Patria o Muerte!”. Ese día, justo cuando el niño secuestrado por la mafia anticubana de Miami cumplió seis años, Fidel revalidó con marcado carácter simbólico, la coherencia de su accionar a través del tiempo.

Una vez más, sin estridencia alguna pero con convicción acendrada, sus palabras encumbraron un modelo de desempeño -refrendado por el pueblo desde que se agolpó en las carreteras para vitorear a los barbudos que desfilaron ante sus ojos en legendaria caravana- en el que garantizar la vida, la salud, la educación, la igualdad de derechos y oportunidades para cada persona, desbordando origen social, procedencia étnica o creencia religiosa, constituyen la médula del quehacer revolucionario.

Nació así, en el reclamo por el regreso de un niño junto a su padre, una colosal batalla en el terreno de las ideas, cuya divisa suprema representó brindar la posibilidad de proseguir creciendo en el plano de los conocimientos, utilizando como rampa de despegue el gigantesco capital humano formado a lo largo de la epopeya.

El combate porque Elián González Brotons -que con orgullo vemos convertido hoy en profesional universitario y “en el más chiquito de nuestros héroes”[1]– pudiera recibir el cariño y la educación de Juan Miguel, fue en verdad, desde el alumbramiento, una lucha por el derecho de todos los progenitores  tercermundistas a permanecer junto a sus hijos.

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Elián González, en una sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, acompañado de su padre y de dos de nuestros cinco luchadores antiterroristas

Esa gesta se fundó sobre sólidas bases culturales, reinterpretando la larga tradición que se remonta a la época en que en las calles el pueblo conocía que uno de los  mandatos principales era fomentar hábitos de lectura, luego de la victoria en la campaña de alfabetización,  y que se cimentó en documentos imperecederos como Palabras a los Intelectuales, que fijaron desde entonces una plataforma extraordinariamente inclusiva para la defensa de nuestra obra.

En aquellas jornadas incesantes, cuya primera etapa se prolongó hasta el miércoles 28 de junio del 2000, en que el infante cardenense descendió en brazos de su padre del avión que lo trajo a Cuba, el pueblo se volcó a las calles, como un solo haz, con la certeza de que ese niño significaba, parafraseando al martiano inmenso que es Cintio Vitier, un “Capitán de la alegría, que nos unió para siempre”. [2]

Fue también un alud de argumentos, reflexiones y análisis en los que, bajo la impronta de Fidel, el pueblo se propuso emprender una transformación en diferentes ámbitos, que multiplicaran las fortalezas para encarar los grandes retos que imponía el tercer milenio en un mundo signado, como igualmente nos alertó ese hombre excepcional cuyo 90 cumpleaños festejamos, por una crisis civilizatoria.

Una premisa recurrente animó cada tarea a ejecutar en las más variadas trincheras: la Revolución solo puede ser hija de la cultura y la ideas.  Ese concepto, en realidad, comenzó a ganar potencia antes, en el momento en que desde la Universidad Central de Venezuela, el 3 de febrero de 1999, Fidel meditó ampliamente sobre esa relación dialéctica, durante un encuentro con estudiantes, a propósito de su viaje para la toma de posesión del inolvidable Comandante Presidente Hugo Rafael Chávez Frías.

Trabajar porque el pueblo (sin reduccionismo alguno, ni posiciones maniqueas que cercenaran la riqueza de una concepción de tal envergadura) recibiera las herramientas que lo dotaran de una preparación general integral no fue una utopía, sino demostración irrefutable de que era posible marchar hacia derroteros cualitativamente superiores.

El Juramento de Baraguá es el más elevado testimonio de esa aspiración emancipatoria, cuyo embrión emana en buena lid del Programa del Moncada, donde se tejió con audacia la manera en que encontrarían solución los males consustanciales a aquella caricatura de república, enfilada por entero a los designios de Wall Street.  Allí, ante la gloria inmortal de Maceo y la presencia de Fidel, el 19 de febrero del 2000, se hizo patente que Cuba redescubriría no solo su geografía sino sus “inteligencias cultivadas”. Bajo esa óptica la batalla se convirtió, he ahí su mayor trascendencia, no solo en el arte de la réplica y la contrarréplica sino en “hechos y realizaciones concretas”. [3]

En lo adelante (retomando preceptos que nos acompañan desde el triunfo)  cada encomienda, ora en el campo educacional, ora en los escenarios internacionales exigiendo el cese del bloqueo genocida, ora participando con hidalguía – y sin retroceder un ápice en los principios que constituyen la génesis de nuestro  devenir- en el proceso de restablecimiento y normalización de relaciones con nuestro enemigo histórico, o en la ardua tarea de actualizar el modelo económico, ha sido asumida con la convicción inequívoca, que brota de las alertas del Apóstol, al plantear: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace; ganémosla a pensamiento”.

En esa dirección Fidel, como Martí, son dos manantiales inagotables de los que se nutre (al igual que de los aportes del marxismo-leninismo, con su vigorosa interpretación científica del mundo) nuestra ideología revolucionaria. Beber de ese torrente es una necesidad impostergable, fundamentalmente en el caso de las generaciones bisoñas que, desde la convergencia estratégica con sus predecesores, incorporan a la construcción de la sociedad su mirada genuina, atemperada a la etapa concreta en que se desenvuelven.

Ya lo expresó un joven cuya ascendencia encontró resonancias continentales. Julio Antonio Mella -la trayectoria límpida del también fundador junto a Carlos Baliño del primer Partido Comunista, el 16 de agosto de 1925, inspiró al estudiante  Fidel cuando ascendió por la Escalinata universitaria, el 4 de septiembre de 1945-,  no tuvo dudas en sentenciar: “He aquí lo que somos hoy, eternos jóvenes rebeldes luchando con las ideas en lo más alto”.

Esa antorcha, que nuestro invencible Comandante en Jefe propulsó a dimensiones insospechadas, será custodiada con celo por el pueblo antillano, que aprecia en ella (las ideas en la cúspide) el escudo y espada que nos resguardará en cualquier circunstancia y el resorte, al mismo tiempo, desde el que debemos edificar el socialismo próspero y sostenible que nos hemos  propuesto.

Junto a Chávez, "el mejor amigo del pueblo cubano"

Junto al inolvidable Comandante Hugo Rafael Chávez, “el mejor amigo del pueblo cubano”

 

*El autor es Licenciado en Historia; Especialista en Defensa y Seguridad Nacional y Profesor Auxiliar del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana.

(Tomado de la Edición Especial de la Revista Verde Olivo, a propósito del 90 cumpleaños de Fidel)

 Referencias.

[1] Así se refirió a él, en sentidas palabras, el compañero Raúl durante la Asamblea Nacional del Poder Popular, el sábado 20 de diciembre del 2014. En esa IV Sesión, de la VIII Legislatura de nuestro Parlamento, se encontraban como invitados especiales los antiterroristas y Héroes de la República de Cuba, Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero (que retornaron a casa tres días antes), Fernando González y René González, así como el coronel Orlando Cardoso Villavicencio, igualmente Héroe, quien permaneció durante más de diez años como prisionero de guerra en cárceles africanas. La prensa reflejó, sobre el saludo del General de Ejército al joven, quien estuvo acompañado de su padre Juan Miguel, que: “A Elián, Raúl lo llamó `el más chiquito de nuestros héroes´, aunque aclaró que `no tiene la medalla, ni se la vamos a dar, porque se la tiene que ganar´, bromeó. `Pero le voy a regalar esta que uso cuando estoy vestido de civil´, dijo el Presidente de los Consejo de Estado y de Ministros, señalando la medalla de Héroe de la República que él porta siempre en la solapa. Será `como recuerdo, no te la puedes poner´, le dijo sonriente. Ver en: “Los cinco son ejemplo de las ideas sembradas en el pueblo por la Revolución”, Juventud Rebelde, domingo 21 de diciembre de 2014, p. 02.

[2] Entre el 5 de diciembre de 1999, en que 1600 delegados e invitados a la VIII Conferencia de las Brigadas Técnicas Juveniles se congregaron frente a la entonces Sección de Intereses de Estados Unidos, en el malecón habanero, y el 28 de junio del 2000, se realizaron 106 Tribunas Abiertas, 84 Mesas Redondas y 11 Marchas del Pueblo Combatiente.

[3] En el trascendental documento aprobado en el mismo sitio donde Antonio Maceo protagonizó su enérgica protesta, se afirma: “Y en medio de esa lucha pacífica de ideas, nuestra vida seguirá adelante, continuaremos nuestro épico esfuerzo por vencer las dificultades, por el desarrollo económico y social de nuestra patria”.  En la clausura del Tercer Congreso Pioneril, el 9 de julio del 2001, ahondando en sus valoraciones conceptuales sobre la Batalla de Ideas, Fidel expresó: “Pudiéramos llamarla hasta de un modo más sencillo, la batalla de la verdad contra la mentira; la batalla del humanismo contra la deshumanización; la batalla de la hermandad y la fraternidad contra el más grosero egoísmo; la batalla de la libertad contra la tiranía; la batalla de la cultura contra la ignorancia; la batalla de la igualdad contra la más infame desigualdad; la batalla de la justicia contra la más brutal injusticia; la batalla por nuestro pueblo y la batalla por otros pueblos, porque si vamos a su esencia es la batalla de nuestro pequeño país y de nuestro heroico pueblo por la humanidad y no lo afirmaría así si no estuviese totalmente seguro de nuestra victoria”. Ver: Batalla por la liberación de Elián González, Editora Política, La Habana, 2000, pp. 132-136, y A los revolucionarios más jóvenes, (Selección, Roilán Rodríguez Barbán), Impresiones Minag, La Habana, 2011, p. 94.

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