El oído del corazón

Lea más de: ,

Por Ortelio González Martínez

Me parece estar viviendo algo parecido. Ibrahim estudiaba Matemática y yo Periodismo. Él llegaba al tatami y me buscaba para iniciar el entrenamiento o para el randori (combate); Ibrahim era guapo; sin querer, daba golpes. Yo lo asimilaba, porque era (es) ciego.

En el judo no sé hasta dónde habrá llegado; en la ciencia que abrazó, le iba bien y siempre me decía, como restándole importancia al asunto: «el examen salió fácil».

Transcurridos varios años me enteré que fue el mejor graduado de su curso en la Facultad de Matemática de la Universidad de La Habana. Ibrahim era voluntad y perseverancia.

Me obliga a traerlo a la memoria Luis Raúl, un hombre que no es muy dado a los deportes, ni baila, ni le gusta la publicidad, pero sí debió empinarse sobre muchas barreras «para llegar a ser alguien», como él mismo dice sentado frente al microscopio.

La pista me la había dado Ruly (Raúl Hernández Martínez, jefe del programa de lucha biológica en la delegación provincial de la Agricultura): «¿Tú sabías que en sanidad vegetal trabaja un sordo que es uno de los mejores del país en el estudio de los ácaros? ¡Y es ingeniero agrónomo!». Lo encontré tan rápido como lo busqué.

Luis Raúl explica que tiene 66 años, que fue venciendo las distintas enseñanzas y que se inició en la agronomía en el tecnológico César Escalante, del municipio matancero de Jagüey Grande, donde fue el tercer expediente y alcanzó la militancia de la Unión de Jóvenes Comunistas.

Los estudios superiores los comenzó en la universidad Ignacio Agramonte, de Camagüey, y los últimos tres años los hizo en el entonces Isaca (Instituto Superior Agrícola de Ciego de Ávila, hoy universidad Máximo Gómez Báez), donde alcanzó el título de Ingeniero Agrónomo.

Desde hace 41 años trabaja en el laboratorio de sanidad vegetal de la provincia, le gusta llegar temprano y adentrarse en los libros, sus fieles aliados desde que estrenó un aula, porque era la mejor manera de aprender y profundizar en los conocimientos.

Conversa y no deja de mirar a los labios del otro para descubrir las palabras. “Cuando me hablan rápido no entiendo. Imagínate el trabajo que pasé en mi vida estudiantil; también los profesores pasaron trabajo conmigo, aunque a algunos no les importaba que yo fuera sordo”.

Acompaña las palabras con las señas de las manos y asegura que valora al ser humano por el alcance de sus pensamientos y su humildad. Jamás ha discutido, jamás ha ofendido a alguien, pese a que algunas personas lo hayan merecido, como aquel profesor de Matemática que le dijo: «todo el mundo no puede ser ingeniero»,  Luis Raúl bajaba la cabeza. «Yo sentía vergüenza, pero, a la vez, me daba fuerza para seguir».

Entonces era cuando se encerraba en su yo interior y no descansaba frente a los libros. “Me aprendía unas cosas de memoria, otras las razonaba. Yo quería ser alguien para demostrar que en esta patria mía uno puede llegar tan lejos como se lo proponga, pese a las piedras que puedas encontrar en el camino; también quería tener mi profesión para ayudar a mi familia, muy humilde”.

Luis Raúl lleva los genes de la inteligencia y el atrevimiento. En los pasillos de su centro laboral no pregona sensibilidad, y quien lo vea frente al microscopio, inmutable, normal, no se da cuenta de la sordera que padece desde que nació.

Si para muchos de sentidos aptos siempre resultan difíciles los estudios universitarios, imagino cuántas vicisitudes debió sortear para empinarse sobre la limitación que sufre y llegar a ser ingeniero, en una especie de carrera con obstáculos, agravada por el rigor de las asignaturas.

“La etapa de la universidad fue muy ardua, sin un traductor de lenguaje de señas que me ayudara. Yo miraba los labios de los profesores, cogía la idea, anotaba en las libretas y después profundizaba en los libros. Tuve que fajarme duro, porque al inicio suspendí algunas asignaturas”, comenta sin culpar a alguien en específico. “Yo soy responsable de mis fracasos y también de mis éxitos”.

La vida laboral la inició en la empresa de cítricos de Ceballos, después trabajó en el sector cooperativo y campesino, en la delegación provincial de la Agricultura, hasta que en 1976 pasó al laboratorio de sanidad vegetal. “Como no había nadie que atendiera a los ácaros (arácnidos de pequeño tamaño y con respiración traqueal o cutánea, muchos de los cuales son parásitos de otros animales y plantas) me encariñé con ellos y decidí adentrarme en el mundo de esos insectos, perjudiciales unos, y beneficiosos otros”.

Hoy por hoy, cuando alza la mirada y gira la cabeza sobre sus hombros afirma: “no sé qué hubiera sido de mí en épocas pasadas cuando un sordo no valía nada, y si era negro, como yo, mucho menos. Me tocó vivir otros tiempos, donde la mayoría de las personas se dan la mano cuando el río está crecido”. Y aparecen nombres de compañeros de estudios y de trabajo que mucho lo ayudaron: Rigoberto Curbelo, José Peña, Israel Lima… Y yo, en nombre de la voluntad y la perseverancia no puedo dejar de mencionar a Luis Raúl Machado Miñoso.

Granma

Hacer un comentario

Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos. Todos los campos son obligatorios.