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Por Redacción Razones de Cuba

Espionaje y subversión

Lo que Dalexi González Madruga ignoraba en un principio era que la estrategia enemiga intenta minar desde adentro y, al propio tiempo, hacer ruido con las mentiras afuera. El establecimiento ilegal de redes clan- destinas en Cuba pretende conformar un sistema de comunicación paralelo y al margen de las instituciones y sus autoridades, que sea capaz de ‘levantar’ al pueblo de Cuba, en tanto consigue apoyo en el exterior mediante las campañas que satanizan a su Estado.

No es algo inventado por un novato. Es un modo de hacer escrupulosamente estudiado por los servicios de inteligencia estadounidenses, y probado ya con buenos resultados en las llamadas revoluciones de colores en algunos países del Este europeo y en Irán. Así se propaló el cuestionamiento al triunfo de Mahmud Ahmadineyab tras las elecciones del 12 de junio de 2009, y se soli- viantó a la ciudadanía convocándola a manifestar- se, mientras se presentaban esas protestas ante la opinión pública internacional como expresiones de descontento ‘espontáneas’.

Más recientemente ese modo de actuar se evidenció durante los levantamientos populares en algunos países de Oriente Medio y el Norte de África.

Sin títulodrhbPor añadidura, el afán de revertir la Revolución Cubana mediante la subversión también es antiguo y cuenta con muchos fondos. Los hechos no son aislados, van cambiando los instrumentos, pero objetivos y métodos son los mismos.

Una de las principales sufragantes es la US- AID (la mal llamada Agencia para el Desarrollo Internacional), cuya  sección latinoamericana está a cargo de Mark Feierstein, un supuesto especialista en sondeos de opinión que actuó como jefe de proyecto de la Fundación Nacional para la Democracia (NED  por sus siglas en inglés) en Nicaragua, en los años 90 y, en el 2002, asesor de la campaña presidencial del boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada, refugiado en Estados Unidos porque está acusado en su país de la masacre de 63 campesinos en el año 2003.

Hoy, exactamente como ayer bajo Bush, la USAID sigue siendo el dispositivo multimillonario para agredir e intentar desestabilizar, fragmentar, y anexar a la Isla. Desde su creación, poco después del triunfo de la Revolución, hasta ahora, nunca ha dejado de ser la cara visible de la inteligencia yanqui.

Una auditoría interna a su Programa Cuba, en septiembre de 2007, revelaba que desde 1996, había concedido subvenciones por 64 millones de dólares a unas 30 entidades contratistas.

Los informes publicados ulteriormente revelan que por medio del anexionista Plan Bush fueron concedidos alrededor de 140 millones de dólares. Eso, sin contar el dinero asignado en partidas secretas.

A pesar de la reconocida ineficiencia de sus contratistas, la USAID informó al Congreso y al Gobierno que, en los años anteriores al 2008, logró infiltrar en Cuba «más de 80 expertos inter- nacionales” además de entregar 10 mil radios de onda corta; 2 millones de libros subversivos y otro material ‘informativo’. Fue el antecedente inmediato a la agresión cibernética.

Hoy, la USAID se jacta abiertamente de dar «apoyo a las actividades de extensión de la SINA en La Habana»; de brindar «programas de acceso a Internet», y reconoce introducir en el país «dinero, computadoras portátiles de última generación y otros medios de comunicación».

Para eso emplea vías «directas e indirectas», entre ellas las remesas, emisarios (mulas), y las embajadas y diplomáticos «de terceros países» además del otorgamiento de premios internacionales a blogueros mercenarios.

La lectura de todas las informaciones que rodean las agresiones de la USAID contra Cuba revela una larga sucesión de actividades ilegales que van desde los subsidios a ex oficiales de la CIA o a auténticos terroristas, hasta el tráfico de material electrónico de última generación, actual obsesión de la agencia.

La práctica sucia de utilizar la Internet para la intervención política viene perfilándose desde hace algunos años, con una tendencia en aumento a partir de las recientes medidas anunciadas por la administración de Barack Obama, quien heredó de George W. Bush la decisión de redirigir los financiamientos para la subversión contra Cuba, en el ámbito de las telecomunicaciones.

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