Voy como autómata por las calles, creyéndome un ser libre cuando en realidad estoy dentro de una gran burbuja de ilusiones, deseando objetos, y más objetos, buscando una felicidad que no es más que un espejismo, de ahí que cada día me encierro más en mí mismo —solo pensando en mí mismo—, en cómo llegar a tener lo que está de moda, lo que acaba de salir al mercado: mi vida consiste en eso… ¡y hay tanto para escoger! Tanto que nunca llego. Me deprimo, pero también los comerciales dan miles de soluciones para salir del bache, todas más de lo mismo.
Lo recogí. Moby Dick, leí y fue imposible que no asociara aquel título extraño con el de la novela que Ovidio quería para su hijo. Quizás los libros no sean culpables de nada, quizás sean lo único en el mundo libre de antemano de toda culpa, pero la verdad es que yo no podía llevarle al hijo de mi amigo un libro que debió pertenecer a uno de sus asesinos.