Tributo a lo sagrado

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Primero fue colocar la flor blanca y alargada que llaman Cala y que se da en la Sierra Maestra. Luego tocó hacer el saludo ante la Piedra que sobrecoge por su sencillez aun cuando atesora la grandeza invencible de Fidel.

Ese saludo, hecho en la mañana de este jueves en el cementerio patrimonial de Santa Ifigenia por el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, fue el de un soldado ante su Comandante en Jefe.

El sol abrasador pasaba a segundo plano ante la intensidad del simbolismo, de lo emotivo. Todo asunto terrenal o leve cedía ante la historia que con su peso de siglos todo lo purifica en esos instantes. Sí: había que pensar que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz, como tanto le gustaba recordar a Fidel en un llamado insondable a la humildad y la entrega.

Todos cuantos acompañaban al Jefe de Estado en ese momento de homenaje pudieron protagonizar su tributo más personal al Gigante que nos enseñó a luchar y a vencer. Serenos, como hermanos e hijos de una misma familia, cada quien fue poniendo su flor blanca ante el monolito. A su modo cada quien se comunicó con lo venerable: esta reportera, tocada otra vez por privilegios que el oficio da, puso la flor, se puso la mano sobre el pecho, y cerró los ojos mientras intentaba asir eso inmaterial, intocado y sagrado que llamamos Patria.

Siguieron los tributos, también con flores blancas y encabezados por el Presidente cubano, al infinito Martí, al padre Carlos Manuel de Céspedes, y a la madre Mariana Grajales. Como guardianes de nuestra virtud se dejaban ver los espacios donde reposan los restos de los cubanos caídos en el cumplimiento de misiones internacionalistas. Y como letra estampada para todos los tiempos, muy cerca de la piedra sagrada, el concepto de Revolución que Fidel nos legara en el año 2000 recordaba las claves de una actitud ejemplar y posible.

En otras coordenadas del Cementerio, la evidencia de que Cuba ha tenido hombres y mujeres inmensos dejaba claro el mensaje: se puede dar la batalla por nuestros semejantes; soñar con un mundo más justo y humano; cambiar el estado de cosas si es adverso; siempre animarse a vencer en cualquier propósito de hacer doblar las campanas de emancipación por los demás.

El silencio –solo rasgado por la marcha de los jóvenes centinelas durante el relevo a sus compañeros de guardia ante las tumbas, y por los acordes de elegía que acompañan cada ceremonia del cambio de guardia– permitía pensar en esta idea mientras alguna palma real obligaba a levantar bien la frente: Hay que seguir luchando, seguir adelante como han enseñado nuestros padres –los que están, y los que ya son poesía y misterio–. Es ese un deber inexorable, un compromiso que le da sentido a respirar.

Granma

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