Trabajo y estudio: motores de una revolución en el sistema penitenciario cubano

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DaIia González Delgado y Sergio Alejandro Gómez

Aquí no hay cercas de protección, luces nocturnas de alta potencia ni atalayas de concreto. El Centro de Trabajo y Estudio (CTE) de San Agustín, en Matanzas, rompe con los esquemas preconcebidos de lo que es una prisión.

—¿Cómo se logra que no haya fugas?— fue nuestra primera pregunta, quizás viciada por tantas películas de Hollywood.

La respuesta llegó de manera indirecta. Los CTE nacieron de la “Tarea Confianza”, un proyecto de la Batalla de Ideas inspirado en el llamado de Fidel de “convertir las prisiones en escuelas”.

Los 300 internos que viven en este centro de San Agustín acceden a beneficios como trabajo garantizado, pases para ver a su familia, una mayor frecuencia de visitas y menores sistemas de seguridad. Pero no podemos confundirnos, también responden a una disciplina rigurosa y a un sistema de control e influencia positiva destinado a su reincorporación en la sociedad.

A este régimen de mínima severidad acceden personas de baja peligrosidad social en dependencia de su sanción o por buena conducta, como parte de un sistema progresivo basado en la mejora de las condiciones de internamiento a partir de la conducta mantenida, el cual transita desde la mayor severidad, severidad y media severidad (estos en establecimientos cerrados) hasta los centros abiertos.

Todas las personas que llegan a los Centros de Trabajo y Estudio alternan las actividades educativas con la incorporación laboral, socialmente útil y remunerada, en tareas prioritarias de la construcción, la agricultura o la industria.

“Esto es muy distinto a estar tras una reja: te comunicas más, tienes pases, ves a tu familia y ganas un salario”, asegura Roberto, quien labora como albañil en la construcción de unas 60 casas para médicos internacionalistas en el reparto Pastorita, de Matanzas.

Lleva dos años en San Agustín, adonde llegó por su buena conducta y le resta otro para que se analice su posible liberación condicional. Los cerca de 400 pesos quincenales (dependiendo de sus resultados) que gana en la obra se los manda puntualmente a sus dos hijos de 9 y 15 años, que viven en La Habana.

En el CTE se capacitó como albañil y ahora refiere que está en condiciones de volver con su familia, planea sacar una licencia para trabajar por cuenta propia y aprovechar los conocimientos que ha adquirido aquí.

Rolando Roque, un exinterno de San Agustín, ya tuvo la oportunidad de tomar esa decisión. Después de obtener su libertad permaneció vinculado con la misma brigada del MICONS en la que se entrenó como soldador.

“Si algo yo aprendí fue que trabajando se puede vivir”, dice Roque, quien devenga ahora 400 pesos quincenales haciendo montajes de soldadura.

Entre la docena de edificios que se erigen muy cerca de la margen este de la Bahía de Matanzas, algunos ya ocupados por médicos y sus familiares, es imposible diferenciar los internos, exinternos y civiles. “Todos trabajan muy duro”, nos cuenta “la China de Pastorita”, o “la Tía”, como le dicen algunos trabajadores, mientras tomamos un café a la sombra.

Desde que comenzó la construcción, la China vende panes, refrescos y café “a pie de obra”. “Este es un lugar tranquilo”, responde, cuando le preguntamos si alguna vez ha sentido miedo. “El alma de esto aquí son ellos; cuando no están, se siente muerto”.

Pascual Cruz Betancourt, jefe de la obra, refiere que el engranaje entre el MICONS, el CTE y el MININT funciona bien: “El 85% de los trabajadores viene de San Agustín y nunca ha habido un problema de disciplina grave”.

Los internos complementan con la práctica los conocimientos obtenidos en los polígonos del CTE. “Aquí le damos el toque final de la experiencia”, añade.

Precisamente la formación es una de las claves del éxito. En Pinar del Río el Centro de Trabajo y Estudio “Cuatro y Medio”, de San Juan, cuenta con aulas donde se garantiza la enseñanza hasta el grado 12, biblioteca, laboratorio de computación, así como con un polígono de formación en distintos oficios.

José tiene 20 años y lleva cerca de uno en este centro. Como joven ha tenido un trato diferenciado dentro del CTE y ha accedido a los cursos de operador de micro y dependiente gastronómico.

Actualmente trabaja como instructor docente en la propia instalación y, asesorado por especialistas del Ministerio de Educación, imparte clases de Ciencias Naturales a otros compañeros que cursan la primaria. Por ese concepto gana unos 225 pesos mensuales que envía a su mamá, pues en el centro tiene sus necesidades garantizadas.

Pedro Luis, de 19 años, debe esperar un año para solicitar la libertad anticipada. En los ocho meses que lleva en el centro se capacitó como albañil y trabajó en una brigada fija en el asentamiento 5 de Septiembre, donde se construyen casas para los afectados por los huracanes.

“Esta experiencia me ha puesto a pensar de otra manera —comenta—; ahora pienso en trabajar y estar al lado de mi familia”. “Siento mucho orgullo porque en la calle había suspendido el año y aquí ya se graduó de 11 y va para 12”, agrega su mamá, de visita ese día en Cuatro San Juan.

El medio millar de internos con que cuenta este CTE está disperso por toda la provincia, principalmente en tareas de la construcción y la industria. Desde la remodelación de la discoteca El Faraón, en pleno centro de Pinar del Río, hasta la fabricación de 130 mil ladrillos de barro al mes, destinados a la venta a la población y obras sociales, hay muchos ejemplos de cómo impacta este proyecto en la comunidad.

Y esa realidad se ha multiplicado a todo lo largo del país. En Horquita, Cienfuegos, los internos de régimen abierto laboran en un plan agrícola de cultivos varios.

“Por primera vez veo el resultado de mi esfuerzo. Antes quería dinero fácil, pero me he dado cuenta de que todo en la vida lleva algún sacrificio”, dice Raydel, quien nunca antes se “había fajado con un surco”.

Tanto los internos como los oficiales que trabajan con ellos reconocen que en los CTE existe un ambiente de superación y mejoramiento humano que contribuye de manera más eficiente a la creación de hábitos y valores con vistas a la reinserción social de estas personas.

Además, las cifras demuestran que se ha producido un incremento del orden y la disciplina en la población penal. Del total de internos que fueron promovidos a condiciones de mínima severidad, el 50% fue beneficiado con alguna de las formas de libertad anticipada previstas en la legislación vigente, como estímulo a la buena conducta mantenida, y solo un 5% fue regresado a establecimientos penitenciarios cerrados por violación de las condiciones para su permanencia en régimen abierto.

Esta revolución silenciosa que se extiende por el sistema penitenciario nacional, impulsada por el trabajo y el estudio, responde al principio del proyecto social cubano de poner al ser humano en el centro de sus preocupaciones.

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1 Comentario

BALDEMAR LERMA MIRELES dijo:

EL ARTICULO ARRIBA ESCRITO, ES UNA DE LAS POCAS NOTICIAS BUENAS QUE TENEMOS DE LA ISLA, NORMALMENTE SALEN OTRO TIPO DE NOTICIAS. SERÍA BUENO SE PUBLICARAN MAS NOTICIAS BUENAS DE CUBA, QUE SE DEN ESTAS A CONOCER

30 abril 2013 | 02:22 am