Tiro de cámara (un cuento de David Mitrani)

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Antes igual bebía, pero a ratos, sin marcado interés, sin esfuerzo por borrar los alrededores de mi existencia. Avistaba el límite, eso sí, difícil cosa en cualquier variante del vicio. Bebía hasta la irrealidad, hasta eximirme de misiones desagradables, hasta, sin pesadumbre, perseguir por las calles oscuras a los revoltosos, que jodían mucho, demasiado. Después del trago nada era punible, órdenes eran órdenes, en definitiva había que preservar la tranquilidad y cualquier cosa que se hiciese estaba bien. El alcohol escindía, daba un corte entre el yo físico y el espiritual. El yo espiritual no asumía consecuencias ni cargos en su contra y así, muchas veces, alcanzaba total sosiego. Pero la persecución deprime si se tiene un fusil, hombres entrenados, y, el perseguido, en cambio, no es un ser odioso, sino una mujer de pechos puntiagudos y cara de Sofía Loren; o un joven, piernas de futbolista, pelo selvático; o un niño, sí, un mocoso todavía, que atenta contra el orden, contra el poder, que conspira junto con la mujer y el futbolista, que tira proclamas, escribe en las paredes, participa en revueltas. Perseguir en tales condiciones es favorable para el insomnio porque las caras empiezan a parecerse a las de tus sobrinos, a las de tus hijos, a la tuya cuando tenías esa edad. Para tales culpas es útil el trago filoso de whisky, tequila, ron, que al cabo de media botella empieza a diseccionarte. Otros no lo necesitan, pueden contemplar un montículo de cadáveres y dormir luego angelicalmente como si hubiesen presenciado un indoloro montaje cinematográfico.

Todavía necesito empañar imágenes con whisky, empañar al mí mismo que regresa desde treinta años atrás, vestido de uniforme, sobrio el muy cabrón, aunque de verdad, verdad, ya carga la tímida caneca de Johnny Walker que asoma cuando nadie mira y llega a sus labios con prontitud, qué delicioso. Todavía necesario empañar al joven apuesto por el que tantas mujeres suspiraron putamente abiertas, necesario empañar la envidia de otros carabineros porque las putamente abiertas se dan por racimos, y el mí mismo no perdona, las deja húmedas, pervertidas, que muerdan su guerrera, que traicionen a sus esposos, locas, temerarias, las deja fieles a él, a su pecho velludo, a sus ojos negros y a su brío inagotable. Necesario empañarlo, pero el mí mismo aquel es obstinado. Sus hombres lo ven venir y sonríen.

Lo respetan, no es para menos. Aquel mí mismo es oficial vigoroso que, a su vez, respeta a coroneles y generales, y hoy, precisamente, se dio un trago en el baño para relajar, porque tiene una misión secretísima, histórica. Yo quisiera eludir esta imagen, alejarme del pasado nuevamente, pero el General llama por teléfono, resuena en mi memoria su voz, habla con el mí mismo. “Todos están aquí, mi General”, respondo. “Sí, mi General, mis hombres están advertidos. Claro, mi General”. Y salgo a la sala. Está llena. Los intelectuales conversan animadamente entre ellos. Mis hombres disciplinados, alertas. Entre los intelectuales adivino quiénes serán los autores del atentado secretísimo, histórico. Nadie me los había descrito. Nadie siquiera me había dado una puñetera pista de cómo hallarlos, dónde estarían apostados. El General sólo informó escueto y con gafas oscuras: “Dos tipos matarán al barbudo, tienes que impedir que caigan en otras manos”. Y yo dije: “Descuide, mi General”. Y ahora me causa gracia descubrir a los farsantes, qué ridículos, fingiendo ser lo que no son, qué ridículos, históricos y secretísimos. A diferencia de otros corresponsales, ni preguntan ni toman notas ni se interesan por lo que se discute; parecen niños jugando a ser camarógrafos, chiquillos que recibieron lecciones elementales para comportarse cual adultos. Uno es alto, canoso, usa lentes; el otro, mestizo, pelo rizado, de mediana estatura. Se trasladan de un lugar a otro, intranquilos. Muchos cambios de ángulo, demasiados para un sencillo programa de televisión. Cualquiera los habría descubierto, bastaría con estar advertido de lo que iba a pasar. Ahora, si uno está en las nubes, por supuesto, no sabe distinguir entre un ranger americano y una vieja con bastón. El mí mismo, sin embargo, está al tanto, porque no sólo es apuesto y respetable, sino además, astuto, y puede saber quién es lo que parece, y quién no. Aplauso unánime cuando el objetivo hace entrada al salón. Los futuros autores del atentado se acercan a él, a distancia infalible. Claro, hay una barrera, un stop, una franja roja. El objetivo está custodiado por los dioses. Allá, en la propia África, ciertos chamanes le han preparado un resguardo más fuerte que el que pudiera tener mortal alguno. Tetis sumergió al pequeño Aquiles en el río sujetándolo por los talones. A éste, los negros brujos le han protegido hasta el último pelo de la barba, y sus compatriotas, caribeños al fin, quedan hipnotizados, aplauden con delirio cada frase, cada pausa, cada gesto. La paloma que cierta vez, sin que nadie la obligara, se posó en su hombro, fue un santo africano convertido en ave que apareció para proclamar su alianza con él. Aquel discurso fue un mero pretexto para demostrarlo.

Después nadie ha podido quebrar el mito. Cosas de negros, diría cualquiera, pero hasta sus enemigos se dejan impresionar. Este mismo canoso, ahora me doy cuenta, lo ha seguido a todas partes sin atreverse a abrir fuego. ¿Qué lo detiene? Lo mismo en la embajada, que cinco días antes en la Comuna de San Miguel, estaba con su cámara comiendo mierda como si en realidad fuera corresponsal de Vene-Visión y no un hombre contratado para eliminar a un presidente. ¿Pensaría el canoso en el desenlace, en la importancia de su vida, en la posibilidad de que nosotros, los carabineros chilenos, lo dejásemos a la buena de Dios una vez comenzada la balacera? En esta situación se es un soldado y, aun pensar en la gloria póstuma, es un lujo; y se debe estar dispuesto a matar o morir por la causa que se defiende. Sin embargo, un soldado bien remunerado, nunca es un buen soldado. Aunque todos, en un momento u otro, estamos dispuestos a morir por algo o por alguien —yo mismo, soy capaz de hacerlo por mis hijos— no cualquiera arriesga el pellejo fuera de ciertos límites. Aquel que tiene vocación de asesino, que acepta eliminar a un ser humano por, digamos, medio millón de dólares, y así, de paso —si la víctima es relevante— ganar fama, se diferencia del soldado auténtico. Ambos portan armas, ambos están dispuestos a usarlas, ambos cumplen una orden. El soldado auténtico, sin embargo, actúa por una fe tan firme como la que convenció a Abraham de sacrificar a su hijo. El asesino necesita sobrevivir a la misión para disfrutar la paga. ¿Pensaría el canoso en su propia suerte, en qué habría de suceder después de eliminar al hombre que tantos creen invulnerable? Es un error estratégico pensar en el porvenir, porque lejos de ser un filósofo, el canoso es un sujeto que lucha por la democracia, un sujeto que dio su palabra, que dijo sí, yo disparo, yo tengo cojones, yo soy, y nadie más, en nombre de todos los que luchan, quien va a matar al villano; pero al parecer, ya se ha visto prematuramente cubierto de gloria, y pienso, que debe dejarse de tanta ensoñación mariconeril y apretar el gatillo y permitir que las balas de la sub-ametralladora rompan el lente y penetren en el tórax de la víctima.

El tiempo está a su favor, cierto. El objetivo, de pie, dedo índice en alto, habla del imperialismo yanqui, alarga sus respuestas, habla de Chile, del camino luminoso que va a emprender. El canoso encuadra con parsimonia de viejo pescador. Entonces, por primera vez, descubro la sombra, se escurre entre el público con rapidez de gacela hasta terminar derramándose sobre el canoso. Por un momento éste baja la cámara y la sombra se desvanece.

Nadie más se inquieta. Todos se mantienen atentos a las respuestas del objetivo, ajenos al canoso, a sus intenciones, a mí, con deseos de darme un trago. Entonces decido pasar por alto el hecho, creer la aparición fruto del nerviosismo que he vivido durante estos días, y me concentro en chequear a mis hombres, en observarlos, hasta que el canoso vuelve a levantar la cámara a menos de diez metros del objetivo.

Quienes han preparado este golpe no tienen igual coraje, ni la misma sangre fría para desafiar a los guardaespaldas. Uno de los organizadores —el tal Veciana, creo— exhibió buena labia, ímpetu quizás, pero en posición cómoda, ahí, protegido por los americanos, con su cargo diplomático en Bolivia, ganando buena plata a costa de otros que sí se mojan las posaderas.

Soñar, claro, seguro sueña con asesinar a su enemigo, llenarlo de plomo y luego llevarse la ovación pública, pero del sueño al hecho la distancia exacta está en los cojones del canoso. El otro, el mestizo, no cuenta. Con todo su aval de haber puesto bombas en un buque polaco, se nota dependiente, cagado en toda la extensión de la palabra. La iniciativa depende de su cómplice. En realidad ambos tienen mínimas opciones de salir ilesos. Los guardaespaldas son hábiles, cuelan el plomo por el hueco de una aguja y esto obviamente ofrece ventaja porque le taladran el intestino al primero que haga un ademán sospechoso, porque defienden con sus voluminosos pechos la vida de su jefe, y no dejarán que lo ultimen ni, mucho menos, que salgan vivos quienes lo intenten.

El canoso simula un paneo de cámara a los que están en las filas delanteras. Algunos posan. Mientras, el objetivo continúa dando respuestas a los periodistas y siempre, haciendo un giro milagroso, acusa a los americanos de sabotajes, difamación, bloqueo económico. Asombra al público. Entre párrafo y párrafo, lanza algún chiste. Se escuchan risas. Hay una atmósfera de bienestar desfavorable para un atentado. El canoso igualmente esboza una mueca alegre que no le queda nada bien, lameculística, diría yo. El objetivo parece un predicador; y el resto, imbéciles dejándose enjuagar la testa en la pileta marxista. Cuando empiece el tiroteo, mis hombres se mantendrán indiferentes, el pecho pegado al suelo hasta que cesen los disparos.

El General ha sido explícito:

—Después que despachen al barbudo, los tipos se van a rendir.

De un momento a otro debe empezar la acción, es peligroso seguir retrasándola. Los carabineros pueden creer que esta vez tampoco ocurrirá nada y, entonces, estarán desprevenidos. Sinceramente, temo que el mestizo, sin poder contener su apendejamiento, cierre los ojos, ametralle al bulto, y despache a todos menos al que tiene que ser. El canoso por segunda vez baja la cámara, conversa con su cómplice. El desenlace, en realidad, me importa un bledo. Si salen vivos los agentes, bien, entonces los capturo y después les permito fugarse. Si mueren, mejor. Al parecer conviene que perezcan, que caigan en combate. Probablemente ya habrá algún falso expediente listo, fotos, identificaciones, cartas, que los relacionen con espías rusos y de la propia Seguridad cubana. Los americanos saben para eso. De cualquier forma, insisto, me importa un bledo lo que pase. Me importa un bledo el canoso, el mestizo, las brujerías.

A la tercera vez que el canoso vuelve a enfocar, no tengo duda de que abrirá fuego. El mestizo sostiene su cámara al nivel de la cintura, listo para el apoyo. El canoso tiene determinación de soldado auténtico, de ya se acabó el paño tibio, allá va el plomo inflamado, allá el héroe, allá mañana en la prensa el reportaje, allá Miami celebrando, champán, allá torsión de porvenires mancomunados, allá, tierra mía, allá, nada igual a partir de hoy, allá, vaya carajo, un escalofrío, allá, así no se puede, así no, noooo. Ha resurgido la sombra y cubre el cuerpo del canoso, algo grave pasa, ya sé, ya sabía, siempre supe. Nadie se inmuta por la aparición, nadie la mira. Permanezco tranquilo. La sombra ondea encima del hombre y éste hace un último esfuerzo, alcanza a separar los pies, a sobreponerse del temblor sorpresivo, allá va, cámara homicida, allá va, ratatatá, despachará a un hato de marxistas, a su caudillo, ratatatá, Miami gozando, amplio reportaje, champán. Busco el cuerpo que proyecta a la silueta ondulante.

Debe obviamente venir de arriba, pienso. Allí sólo hay luces, allí sólo la blancura del cielo raso. El objetivo lanza otro chiste. Los periodistas otra vez carcajadas. El objetivo sigue de pie, ofreciendo todo su físico para el disparo. Vuelvo mi vista hacia el canoso. La sombra ahora, increíble, se ha transformado en algo agudo, un sable quizás. Me froto los ojos, rasco mi cuero cabelludo pero mi vista insiste en ofrecer aquella singular nube gris.

La considero ilusión óptica, antojo de luz, engendro del secretísimo, histórico encargo. Listo para lanzarme al suelo, llevo la mano a la cartuchera, aprieto la dentadura, tenso los músculos, allá va, allá va, debe estallar la ráfaga, herir el pecho del objetivo, y entonces estertor chirridos sillas vasos despedazados corre corre gritería horrorizada coge hijueputa cabrón ratatatáaaaah cojonéee. Pero nada sucede, persiste la risa del objetivo, de los periodistas, y la sombra se encaja con fuerza en el vientre del canoso, aplausos, desaparece dentro de él, aplausos, vuelve a salir vuelve a hundirse vuelve a salir, aplausos, así hasta que el canoso se dobla, hace una mueca, cierra los ojos adolorido, aplausos.

El objetivo en algún momento mira hacia el mestizo y éste, como regido por extraña fuerza, apunta con su cámara hacia mí que, por puro instinto, me oculto tras uno de mis hombres. El canoso se palpa el abdomen. Se nota débil, aterrado. Conversa con su cómplice. Éste no dice nada. Al canoso, sin duda, tampoco le importaría si lo ofendiera, quiere marcharse, huir. Ambos se alejan del público. Finalmente salen del local por una de las puertas laterales. Nunca más los volveré a ver, sólo los recordaré cada cierto tiempo, sobre todo cuando me detenga, como ahora, a contemplar las sombras de las nubes reptando por las llanuras.

Ya soy un mí mismo diferente, viejo militar disfrutando su retiro en la poltrona de su casa de campo, un tipo ocioso que la semana pasada, por puro azar tuvo en sus manos un libro en el que pudo leer: […] en 1971, Fidel Castro visitó Chile. Allí, el 3 de Diciembre, planearon asesinarlo durante una conferencia de prensa. Por pura casualidad salió con vida.

Este párrafo, a mi entender, está escrito con exagerada candidez. Sobre todo porque después de abandonar la sala, el canoso fue operado con urgencia, supuestamente de apendicitis, y muchos creyeron que había enloquecido cuando se arrancó los puntos de la herida y se la abrió con sus propias manos y con el pijama ensangrentado pidió permanecer en el hospital.

Sí, exagerada candidez, porque el propio libro narra otros atentados fallidos “por pura casualidad”. Tantas evidencias, aun en contra de la fe que profeso, en contra del sentido común que debe caracterizar a un oficial de carrera, me han hecho considerar que aquella sombra apuñalando al canoso, no fue una ilusión forjada por mi agotamiento, ni por el whisky, ni por un mero juego de luces. Parecerá inverosímil, lo sé, sobre todo porque soy el único testigo de aquel suceso. Sin embargo, por qué dudar de que existen otros que, temiendo a la burla pública, permanecen callados igual que yo hasta hoy.

Santiago de Chile, junio de 2002

Nota: Durante la visita del Presidente cubano a Chile en 1971, terroristas de origen cubano, residentes en Estados Unidos, intentaron asesinarlo.

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