Soy yo misma, María (un cuento de Emilio Comas)

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Si algún día yo fuera famosa y pudiera hablar por televisión, me gustaría decirle a la gente que la vida no es ni buena ni mala, que tiene sus momentos buenos y malos y eso es la felicidad, que también puede ser las ganas de seguir viviendo, o la tristeza, que son los deseos de dejarla de vivir; pero que aunque uno haya perdido poco a poco los buenos momentos que fue ganando con los años, todavía vale la pena seguir viviendo, porque todavía se puede ser feliz, y porque hay muchas maneras de ser feliz.

Pero la verdad es que la vida a veces es muy injusta y absurda. Y para que lo vea, oiga lo que le tengo que contar. Empezaba el año setenta y, para nosotros los más pobres, la vida estaba derechita y tranquila como la picúa cuando hay calma chicha. Es verdad que había problemas pero uno casi no lo sentía de tantas cosas que teníamos que hacer.

Los barcos estaban pescando en aguas internacionales. Ahora sí se podía ir con tranquilidad al alto y pescar todo lo que se quisiera, porque los barcos tenían todas las condiciones y comodidades.

Y el 2 de mayo por la mañana salieron dos de los barcos, el Plataforma 1 y el Plataforma 4, iban al canto del veril en el banco de Bahamas a pescar biajaibas, que estaban corriendo con la luna. Era a cuarenta o cincuenta millas de Faro Caimán y debían pasarse seis o siete días.

Y el día 10, ya a punto de virar para puerto con las neveras llenas, fue el secuestro. Nosotros nos enteramos el lunes once después que alguien oyó por Radio Swan, en el programa de la novela, los nombres de los pescadores presos.

Aquello fue tremendo. De la familia de los Torna iban padre e hijo y un primo, de los Del Río dos hermanos y un primo y cinco vecinos más del barrio. Decía la gente de Miami que los querían cambiar por un tal Vicente Méndez, que había desembarcado en Oriente para hacer sabotajes y alzarse en las lomas y que al final cayó preso.

Y esto nunca había sucedido, ni antes ni después de la Revolución. Nadie entendía por qué cogían a simples trabajadores y los secuestraban y los maltrataban. Todas las leyes estaban en contra de esto y sin embargo se hacía. Estaba sucediendo y nos estaba sucediendo a nosotros.

Y fue que sobre la una de la tarde, estando al pairo y después de almorzar un buen plato de arroz, chícharos y revoltillo con jamón, los muchachos se habían recostado a descansar y buscar la poca sombra que había, huyéndole a un sol que a esa hora es como un horno de carbón.

Dicen que sintieron de buenas a primeras ruido de motores que se acercaban, y que miraron y eran dos lanchas rápidas. Cuando llegaron a la altura de los barcos empezaron a dar vueltas mientras sus tripulantes desenfundaron todo tipo de armas. Entonces uno de ellos gritó: “¡Fondeen ahí si no quieren irse a pique…!” Primero soltó el ancla el Plataforma 4 y un poco más a barlovento fondeó el Plataforma 1. Ordenaron que los patrones de los barcos fueran a proa y los demás tripulantes se quedaran en popa. Después mandaron a arriar uno de los botes del Plataforma 1, subir todos a bordo, y

abordar el Plataforma 4. Entonces se acercó una de las lanchas y el que parecía jefe dijo: “Nosotros vamos a hundir ese barco, ustedes son gente de Castro, son comunistas. Si complican las cosas los echamos a pique junto con la embarcación. Ese barco lo volamos ahora mismo”. Imagínate qué estupidez, los muchachos se quedaron bobos, sin saber qué hacer. Aquello parecía cosa de películas.

En eso un tipo de aquellos subió al Plataforma 1, tiró una ráfaga de ametralladora por la boca de la recámara, entró y salió con un saco de arroz que lanzó por la borda sin decir palabra. Alguno quiso protestar, pero fue callado por los demás ante el peligro que podía surgir de una protesta. Después subió otro tipo con un paquete de dinamita y una mecha larga. Eran como diez cartuchos rojos, amarrados con teipe. Mientras, el otro barco se alejaba lentamente. Cuando estaba a unos treinta metros y ya colocada la carga explosiva, los dos tipos salieron del barco y abordaron la lancha rápida y se alejaron. Como a cien metros comenzaron a dispararle rafagazos por debajo de la línea de flotación, tratando de que explotara, pero sin lograrlo. Entonces le tiraron con una bazuca y tampoco explotó. Cuando el Plataforma 4 estaba como a una milla fue que se sintió la explosión del Plataforma 1. Entonces continuaron navegando como unas dos horas. Las lanchas rápidas a sotavento y a barlovento vigilando siempre. Al poco rato, el que era jefe ordenó que pararan el motor y que pasaran dos pescadores a las lanchas. Aquello no le gustó a nadie. Nardo y Tavito deciden ir y cuando empiezan a bajar por la borda los obligan a quitarse la camisa y bajar con las manos en alto, cosa que era imposible hacer. Nadie puede cambiarse de un barco a otro sin apoyarse. Así era de grande el miedo de esta gente. En cuanto abordaron las lanchas les engancharon esposas en las muñecas.

Después le indicaron al resto de la tripulación que tenían que desarbolar el barco para que no pareciera un pesquero cubano. Hubo que picar el palo, botar la nevera auxiliar, botar las nasas y picar las jarcias.

Cuando Nardo y Tavito regresaron, dijeron que la cosa era que querían cambiarlos por el grupo de Vicente Méndez, que nadie a ciencia cierta sabía quién era. Después supieron que el tal Méndez había pretendido infiltrarse por la costa oriental con un grupo y estaban presos. Por supuesto que los muchachos no entendían nada, eso era cosa de la justicia, de las leyes y ellos eran simples pescadores en su faena.

Luego siguieron navegando con el barco desarbolado. Un tiempo después mandaron a fondear de nuevo. Se veía que no tenían muy claro qué iban a hacer. Alguien les dijo que iban a volar el barco con ellos a bordo y por supuesto que eso no fue nada simpático. Después del susto ordenaron levar anclas y poner rumbo a un barco langostero que se veía en el horizonte, como a una milla. Ya cerca del pesquero volvieron a cambiar el rumbo y navegar sobre los cincuenta y cinco grados hacia Bahamas. Así se navegó hasta las doce de la noche. No se había comido nada ni tampoco se veían intenciones. Entonces ordenaron fondear y que durmieran.

Sobre las siete de la mañana y todavía en ayunas, volvieron a ordenar que arrancaran el motor y levaran el ancla. Entonces uno de ellos preguntó si conocían a Orange. Mandaron poner rumbo norte y se navegó hasta la una de la tarde en que divisaron un farito. Ya a esta altura se acercó una lancha rápida, que al principio pensaron fuera de ellos, pero por el rollo que se formó en las lanchas de los secuestradores, les pareció que había algo raro. Entonces los muchachos se metieron debajo del sollado no fuera a haber tiroteo.

Cuando la lancha acodera, miran y ven que es Ñiquito, el hijo de Ñico el Puto, que estaba viviendo en Miami y reconoció el barco y vino a visitarlo. Los secuestradores estuvieron hablando aparte con ellos, parece que los asustaron un poco y luego los dejaron ir. Ñiquito es quien dice en Miami que han secuestrado a los pescadores y por él la noticia llega a Cuba. Luego de esto, volvieron a navegar por la misma ruta y como a milla y media del faro se ordenó poner rumbo al sur, según ellos rumbo a Orange.

Como a las cuatro de la tarde se llegó a un cayo. Ya a esa hora los muchachos habían hecho un poco de leche condensada con agua y el hambre era menos.

Fondeados cerca del cayo se pasó la noche, ya más tranquilos porque ya se estaba en tierra. Comieron algunas latas de carne con galletas. Cuando llegó la mañana, una de las lanchas arrancó motores y se fue. Como a las dos de la tarde se aparece un barco langostero de bandera inglesa y se forma un gran alboroto en la lancha pirata. Acoderaron al Plataforma 4 y subieron dos armados con fusiles y diciendo que si venían a rescatarlos los mataban. Mire usted, otro susto. La cosa era que si los abordaban había que decir que eran pescadores submarinos de Miami. Y eso no lo creía ni el bobo de la yuca. Uno de los tipos se tiró al agua y le puso una mina magnética al barco, para que si lo detenían, volara en el trayecto al puerto. Otra locura hija del acobardamiento que aquella gente tenía. Es como decía mi abuela: compraron cabeza y le cogieron miedo a los ojos.

De entrada se vio que el barco era un pesquero y no una lancha artillada, ni un guardacostas ni nada de eso, incluso traía a remolque cinco chapines, y así fue, se pusieron a pescar tranquilamente como a una milla y estuvieron todo el día en eso y los hombres de las lanchas todo asustados. Luego de irse los ingleses, como a la hora, llegó una nueva lancha y otra vez se llevan a Nardo. Están como una hora hablando y al regreso venían con la orden de que había que desembarcar en el cayo. Era evidente que querían deshacerse del barco. Decían que eran del Alpha 66 y que debían recoger todas las pertenencias y la comida y bajarlas a tierra. No dejarse ver por los aviones y no hacer bulla. Decían que estaban en Cayo Williams, Orange.

Ya en tierra vieron cómo de la lancha pasaban unos paquetes de dinamita para el barco. Querían que volara y se fuera al fondo rápido. Dos hombres levaron el ancla y comenzaron a navegar buscando el sur del cayo, después fondearon y los dos tipos pasaron a la lancha rápida. Entonces hicieron explotar las cargas. El barco se levantó del agua pero no se fue a pique. Pusieron más dinamita y explotó, pero tampoco se hundió. Optaron luego por cortar la bosa del ancla y lo dejaron al garete, que la corriente lo llevara mar afuera.

Aquello tuvo que haber sido muy triste para los muchachos. Como quiera que sea, eran sus barcos, con los que alimentaban a sus hijos y trabajaban con muy buenas condiciones, buena comida, comodidades. Y era que se destruía por gusto, desaparecía, y ya nunca más se contaría con él. Podría aparecer otro barco pero ya no sería el mismo. Quien anda a bordo sabe que los barcos son para los hombres como la familia, como un padre fuerte y bondadoso a quien hay que cuidar. Y lo que más dolía era que se eliminaba por razones totalmente fuera de lógica, de la decencia, del respeto.

Como que ya era tarde, se pusieron a chapear la manigua con una mocha vieja y con poco filo. Con las capas de agua se hizo como una carpa y allí se guardaron las cosas. Cerca de la costa la lancha seguía vigilándolos y con malas intenciones. La noche fue difícil, bajó el mosquito y el jején y luego empezó un frío con el que no se contaba. Los muchachos pusieron dos chapines arrimados a un farallón y le echaron yerba por alrededor. Allí se acostaron y durmieron algo. Cuando amaneció hicieron un camino entre las tunas para llegar a la costa sin ser vistos desde arriba. A media mañana armaron un fuego y calentaron otras latas de carne que comieron también con galletas.

Así pasaron tres días y tres noches, comiendo de las latas de carne y combinando con alguna otra cosa sacada del barco, hasta que se acabó la comida y el agua. Los hombres de la lancha bajaban a tierra cada cierto tiempo y por ellos supieron que también estaban sin comida y agua. Hay un momento en que les proponen a los muchachos asaltar algún barco que pasara cerca para quitarle el agua y la comida, pero no pasó ninguno. Ellos estaban convencidos de que los habían engañado. Al fin, al cuarto día por la mañana se apareció la lancha que se había ido primero. En ella venía Nazario Sargen, Oscar Angulo y otros hombres con la intención de entrevistarlos para la radio. Venía también Guayo el fotógrafo.

Los entrevistaron uno por uno y a todos les preguntaron lo mismo. Que cómo los habían tratado y que si querían que los canjearan por el tal Vicente Méndez. Todos dijeron lo mismo: que no los habían maltratado y que querían regresar a Cuba, no importa si por el canje o no, que no eran políticos y sí simples trabajadores. Eso luego lo pasaron por Radio Nueva York en el programa Radio Periódico Dominical, el mismo programa que dio la noticia de que “unidades navales del Alpha habían hundido dos embarcaciones espías de Cuba y habían hecho prisioneros a once comunistas”. Y éstas son las cosas que uno no entiende de los americanos, ¿cómo la radio se va a prestar a divulgar cosas de simples delincuentes? Porque realmente lo que estaba detrás de todo no sólo era el problema político.

Cierto que se quería provocar una bronca con los ingleses y hasta echarle la culpa del secuestro y por eso se usa Cayo Williams y Orange, pero el otro asunto es que ellos trataban de que los cubanos no siguieran pescando más en Bahamas para pescar ellos, era la intención de meter miedo para ocupar su lugar en la pesca. Y lo que se estaba haciendo olía a mafia. Entonces, después de la entrevista dijeron que no podían seguir allí, que los iban a llevar a una base de operaciones de ellos donde estarían mejor resguardados y cuidados.

Como a la una de la tarde los montaron en sus lanchas con un gran alarde y los sacaron de Cayo Williams, donde estaban los mosquitos más grandes del mundo. Fueron a la costa de Andros y fondearon como a las seis de la tarde a la vista de la isla. Allí durmieron como pudieron a bordo de las lanchitas, sin comida ni nada. Al otro día por la mañana atracaron a la orilla y mandaron bajar las cosas rápidamente. Temían que un avión los pudiera ver.

Cuando Tavito estaba llenando el barril con agua, Guayo le dijo: “oye, aquí se mantienen unos hombres del Alpha con órdenes muy severas, si no se portan bien les meten mano”. Y fue verdad, se quedaron cinco hombres y una lancha como a veinticinco metros de distancia, con órdenes de disparar por la noche contra cualquier cosa que se moviera. No podían salir ni a orinar, y para dar del cuerpo había que hacerlo a la vista de ellos, por el día, y después taparlo con arena para que no quedara rastro.

Así pasaron varios días, ahorrando la poca comida y el agua y esperando, hasta que todo se acabó. Les pidieron a la gente de la lancha y les dijeron que ni agua, ni comida. Así de lindo. Que ellos no se responsabilizaban. Era de nuevo la misma tensión porque no había nada que hacer, sólo estar tranquilos, tratar de moverse lo menos posible y esperar. El hambre y la sed provoca en los hombres un sopor y a veces delirios y sueños raros, y no se sabe qué cosa pasa en realidad y qué en los sueños. Un día después de muchos, nunca supieron cuántos, se apareció una nueva lancha. Atracaron en la costa después de dar un par de vueltas. Bajaron tres hombres y uno de ellos les dijo que les traía noticias. Para noticias estaban los muchachos. Agua y comida era lo que necesitaban. Después de saciar la sed, primero con buchitos cortos para hacer estómago y luego a borbotones, y después de comer algo, se enteraron que iban a dar parte a la Cruz Roja Internacional para que los recogieran, que no era por cobardía, que actuaban así por conciencia. Le zumba que se aparecieran ahora con este sermón, después que llevaban varios días casi en el límite de la muerte de sed y de hambre.

Dijeron que iban a dejar comida para un mes y que después que se fueran no le hicieran seña a ningún avión hasta el otro día. Ya cuando arrancaban el que era jefe dijo: “muchachos, sentimos mucho lo ocurrido, pero ustedes ayudan al comunismo; que Dios los ayude”. Y con la misma se fueron. Enseguida agarraron algunas latas, otros alimentos y el agua y empezaron a caminar tratando de alejarse de la zona por temor a una vuelta de los secuestradores. Se fueron rompiendo monte, porque no quisieron coger la arena para no dejar huellas.

Serían las tres de la tarde cuando comenzaron a caminar. Algunos querían quedarse en el lugar. Era muy lastimoso caminar descalzos por entre las tunas, las espinas y el diente de perro. A las siete de la noche, más o menos, se hizo un alto. Todos se echaron a dormir y alguien se quedó velando. Como a las cinco de la mañana se pusieron en marcha otra vez. La idea era moverse continuamente para evitar

ser apresados de nuevo, siempre rompiendo monte y ciénaga.

Como a las nueve se hizo un alto y se coló café. Descansaron como una hora y luego se abrieron algunas latas de comida. Alguien se subió en un pino alto pero no pudo ver nada. Acordaron entonces volver a la playa para dejarse ver por un avión. Caminando por la playa, ahora por la arena, les cruzó por encima una avioneta y al parecer el piloto no los vio.

Serían las doce cuando se detuvieron a descansar y comer alguna cosa. Tavito fue al monte y trajo dos varas de patabán bien largas, se quitó la camisa y después de abrirla al medio hizo dos banderas, las amarró a las varas y éstas las encajó en la arena.

Al rato sintieron otro avión volando rasante y le hicieron señas. Parece que vio las banderas porque dio una vuelta y regresó muy bajito, enseñando la cruz roja en la barriga. Tres vueltas más y soltó un paracaídas con un paquete de comida concentrada, que eran barras de chocolate y pastillas. Traía además un mensaje:

“No se muevan del lugar. Están rescatados. Cruz Roja Internacional”.

Llegó la noche sin que llegara el rescate y volvieron al monte por miedo a ser descubiertos por la gente de Miami. Al otro día como a las siete, ya en la playa, sintieron un ruido enorme y era un helicóptero con flotadores que se tiró en la orilla. Enseguida preguntaron por la salud del grupo y que si había algún herido. Realmente los hombres estaban cansados, pero no había heridos, sólo arañazos de las espinas del monte. Los fueron llevando de cinco en cinco. Llegaron a un aeropuerto y los esperaba un representante inglés y un médico. Los entrevistaron por separado, los revisó el médico y después fueron a comer. No fue una comida con todas las de la ley, fue el clásico sandwich de los europeos que a nosotros no nos gusta porque tiene muy poca carne y muchos vegetales y cosas extrañas. Pero les supo a gloria.

Luego les dijeron que habían comunicado con La Habana y que mandarían un avión a buscarlos. Después del almuerzo viajaron hasta Nassau porque el avión no podía tirarse en Andros. Luego tomar el avión de Cubana, ponerse ropa limpia y encontrarse con Fidel y un mitin grandísimo en La Habana.

En el puerto fue muy grande el rollo que se armó cuando se supo la noticia. La gente tocaba de casa en casa y todos se botaron a la calle gritando y con mucha alegría y enfilaban hacia la Cooperativa. A las mujeres de los pescadores las llevaron a La Habana a esperarlos. Yo misma tuve que prestar unas sandalias a la mujer de Vergel y una saya y una blusa. Porque no tenía qué ponerse y andaba descalza por el barrio. Como si estuviera en los cayos. Y me quedé también con los cuatro muchachos que eran chiquitos. Cuando volvió venía con una bolsa con polvos y perfumes que le habían regalado en La Habana, de todas maneras quiso compartirla conmigo, pero yo de ninguna manera, eso era como quitarle un juguete nuevo a un niño. Por fin es que ya yo sabía qué era usar esas cosas. Y para ella era la primera vez, no estaba acostumbrada y venía como que eso era una cosa muy grande.

Y a Aida, la esposa de Orosmán que no pudo ir porque estaba preñada de muchos meses, le mandaron una maleta con toda la canastilla para la criatura. Unos meses después el patrón del Arigua se encontró con el Plataforma 1 hundido, pero en buen estado. Y lograron ponerlo a flote y que volviera a navegar.

Así terminó aquel asunto del secuestro. Les salió el tiro por la culata, porque el mundo entero vio la injusticia que habían cometido. Y quienes más sufrieron, como siempre pasa, fueron las familias, las madres, las mujeres y los hijos chiquitos. Me duele el corazón de tanto llorar, me decía la hijita de Orosmán con sólo cinco años, y yo pensaba para mis adentros: ¿por qué una niña que tiene que estar jugando a las muñecas y a los cocinaditos, que está viviendo la parte más feliz de su vida, que es la inocencia, tiene que estar sufriendo y llorando tan temprano? No es justo, la vida ya le traerá sus momentos de llantos y tristezas, pero nadie tiene derecho de adelantárselos.

Nota: Durante años, terroristas cubanos radicados en la Florida, utilizando lanchas artilladas, han atacado a embarcaciones en labores de pesca y secuestrado a sus tripulantes.

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