Seguir siendo yo (un cuento de Aymara Aymerich)

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Ni Pedro ni yo habíamos volado nunca, por eso estábamos nerviosos. Ni habíamos viajado fuera de Cuba, por eso estábamos alegres. Tampoco nos habíamos alejado de mamá y papá, y de veras volábamos tristones. Íbamos solitos a nuestra primera aventura de verdad y debíamos ser fuertes. Vas solo a tu primera gran aventura por el mundo y serás valiente, como yo cuando vine a estudiar para La Habana, cuando me volví hombrecito. Mamá, en cambio, lloraba y lloraba todo el tiempo abrazada a mi hermanita, que sólo me decía Jugar, jugar, jugar, como ella siempre dice. Mamá llevaba unas gafas oscuras que segurito estrenó ese día porque nunca se las vi puestas, ni en la playa. También otras mamás las usaban allá adentro, donde no había ningún sol, y ellas también lloraban.

Incluso, hasta un hombre grande se exprimía las lágrimas delante de todo el mundo. Los hombres no lloran, hijo. Tú no te angusties, prometo que nos reuniremos muy pronto. A esto no le queda nada. Me abrazó como si yo fuera alguien importante, me dio un beso en la frente y un sacudón de pelo. Mamá se alteró un poco ¡No despeines al niño, Hernán! Sacó un peine de la cartera y me hizo una raya por aquí y un no sé qué por allá, mientras no dejaba de mirarme con esos espejuelos negros que le quedaban comiquísimos. Ese día no se parecía a mi mamá de todos los días. Me acarició la cara suspirando y yo le dije No llores, mamita, nos reuniremos pronto. Verla llorar a ella me daba ganas de llorar a mí, aunque sabía que no estaríamos separados mucho tiempo. Vete ahora, me dijo papá, y aquello sonó fatal en mis oídos.

Entré a la pecera con Pedro y me sentí mejor. Afuera estaban mis padres y mi hermanita, es verdad, pero además había una multitud gritando y llorando, y era molesto. Allí sentadito no oía la bulla. Sí veía a la gente haciendo señas y empujándose contra los cristales, que no se rompieron de puro milagro. Parecían monos o payasos, y yo sentí lástima por ellos, por todos los demás niños que me rodeaban, por Pedro, y creo que por mí también, aunque me habían enseñado a no sentir lástima por ser un mal sentimiento. Misericordia, piedad… lástima nunca. Se me ocurrió un juego que después no jugué. Yo inventaría las conversaciones entre los niños, que serían los pececitos, y sus familias, los monitos, traduciendo aquellos gestos locos. Así me divertiría mucho seguramente, burlándome de todos. Quería entretenerme, pero este juego, por algo que no sé explicar, me pareció incorrecto. Ya se me ocurriría otro. Entonces, para no aburrirnos, Pedro y yo repasamos cada detalle aclarado por mis padres antes de salir.

Así subimos al cohete para irnos a la Luna y ver muchos marcianos bandidos. Pedro y yo planeábamos vencerlos pues habría una guerra mortal. Los marcianos eran feos y apestosos. Querían robarnos la Luna y llevarla a Marte para comérsela porque ellos comen lunas solamente. Estábamos obligados a ser muy inteligentes a partir de ese momento. Allí esperaban miles y miles de peligros y enemigos malvados que querían destruirnos…

Por supuesto, nosotros éramos los héroes, y los buenos nunca están indefensos. Nos protegía el Gran Poder de Angélica, que nos hacía invencibles y valientes… como papi había dicho. Claro, ya recuerdo, no estoy en una nave. Te vas a otro país, mi niño, y esta negra va a rezar mucho por ti. Angélica no había ido al aeropuerto, ni siquiera salió al porche a despedirme. Un ratico antes de marcharnos sacó unos collarines de colores y los restregó contra mi cuerpo como si fuera a bañarme por la próxima semana entera, y hablaba tan extraño que yo no podía comprenderla. Luego me besaba abrazándome durísimo y repitiendo bajito Las negras viejas no lloran, las negras viejas no lloran. Angélica también dijo Mi niño, usted no se me irá sin protección, se me lleva a Pedro, que le puse un buen resguardo y yo me sentí feliz porque Pedro era mi amigo favorito de todos mis juguetes. Entonces él y yo comenzamos a hacer los preparativos para vencer en el combate.

Pedro, lo primerito es que no podemos zafarnos el cinturón de seguridad hasta que aterricemos en la Luna. Hay que desconfiar… los marcianos han puesto espías en todas partes. Si explota nuestra nave… Bueno, papá dijo que el viaje es seguro, que me porte bien para que ellos tres puedan venir pronto. Dijo que ya soy un hombre, un hombre muy bravo a pesar de mi corta edad, y que estaba muy orgulloso porque yo seré la llave para abrirles las puertas a toda la familia… Tú ves, Pedro, yo soy el hombre aquí, soy el capitán, y tú me debes obediencia.

La orden número uno fue abandonar la nave junto a mí. ¿Qué nave? El avión. Pude leer mentalmente Mi-a-mi, Miami, Inter-na-tio, International, Air-port. Miami International Airport. Ves, Pedro, llegamos a Mayami sin ningún tropiezo. Los Estados Unidos no se parecían a la Luna ni vimos ningún bicho asqueroso por ahí. Más bien, las cosas se veían bastante nuevas y bonitas. Había un cura esperándonos. ¿Hernán Fraga Errasti?, preguntó. Yo moví la cabeza para decir que sí pero no hablé nada. Vamos. La orden número dos fue seguirme. El cura nos llevó a una guagua chiquita en donde estaban sentados quince o veinte niños y dos monjitas. Después montaron una niña y un niñito más y la guagüita echó a andar. Estos últimos niños venían tomados de la mano. La niña ya era como una muchacha y el varoncito, bastante menor que yo. Él gemía llamando a su mamá, y la muchacha lo cargó en sus piernas para acurrucarlo. Además, le besaba el pelo. Son hermanos, Pedro. Yo también quería acomodarme sobre las piernas de alguien, que me acariciaran, y ella parecía buena. De todas formas, no tenía por qué preocuparme. Allá vas a estar bien con la gente de la Iglesia, que son nuestra gente. No te faltarán atenciones, me había asegurado mamá tan cariñosa como siempre. Pensé que el cura me iba a preguntar por la salud de mis padres y mi hermanita, y me regalaría una gaseosa helada, pero a lo mejor se le olvidó con el apuro. Ahora el niño dormía encima de su hermana, que miraba el camino a través del cristal de la ventana. Era el único dormido porque todos mirábamos el camino y callábamos. La orden número tres fue acurrucarnos.

Yo prestaba mucha atención a todo el paisaje. Los árboles, las casas, los comercios. Hernancito, en dos semanas, a más tardar, estaremos los cuatro reunidos otra vez, así es que pronto haría el mismo viaje, pero al revés, para recibir a mi familia. Me gustaba siempre mirar los viajes al derecho y al revés, todo lo observaba desde todos los ángulos posibles ya que sería arquitecto cuando grande, igual que papi. Este país no está nada mal para nosotros, Pedro. Hay cantidad de terrenos en donde construir muchos rascacielos y palacios. En cuanto llegue la familia vamos a contarle nuestro plan, a ver si nos pueden comprar uno para irnos fabricando un castillo en lo que vamos creciendo. Un castillo para mí, que soy un hombre, y el jefe, y para ti también, que eres mi más fiel servidor. ¿De acuerdo? La orden número cuatro es ayudarme a convencerlos.

Además de mis secretos con Pedro, tuve tiempo para pensar de nuevo en todas las recomendaciones de mis papás. Sé educado, gentil y responsable… Estudia mucho… Ve a misa… Aliméntate apropiadamente… Escríbenos… Cuéntanos todo en las cartas. La carretera aquella no acababa nunca. Me dio la impresión de que el vuelo había sido más rápido que este viaje y que regresábamos a La Habana. Pasamos por varios pueblos: Kendall, Princeton y otros que no recuerdo, pero me fijé más en uno que decía Naranja. Me entró hambre y seguí pensando y mirando. No tenía ganas de jugar. Finalmente entramos a la ciudad Florida City. La guagüita dobló a la derecha y a la izquierda, y a la izquierda y a la derecha, hasta que se detuvo frente a tres edificios rodeados por cercas altísimas. Parece que llegamos. Sígueme, Pedro, ya el peligro de los marcianos pasó. Aquí estaremos bien con la gente de la Iglesia, ya verás. Confía en tu capitán, Pedro. Orden número cinco: confía en tu capitán. El hermanito de la niña grande parecía aún medio dormido y daba tumbos. Pedro y yo mantuvimos el silencio y la vigilancia, por si acaso.

Aquello, en realidad, no lucía tan agradable como imaginé. Estaba en un sitio apartado y no se parecía a mi escuela en La Habana. Una de las dos monjitas nos habló y yo me asombré mucho porque ya me figuraba que eran mudas. Mai neim is sor Belén, from de reliyos order Hermanas de San Felipe Neri. Dis is de Florida Citi camppment an… Todos los niños nos miramos a la vez. Ni Pedro ni yo entendimos nada, creo que nadie entendió. Luego miramos a la otra monjita, que era más joven, pero ni siquiera nos miraba. Entonces la niña grande pidió que repitiera en español y la monja mayor le golpeó la cara. ¡Lisen tu mi! Yu mos spik inglich, ol of yu. Inglich languach onli. ¿Du yu onderstendit?

Ahora sólo comprendimos que la monja estaba realmente brava, a mi entender, sin motivos. La niña grande se aguantaba su cachete con una mano y con la otra abrazaba al hermanito, que empezó a llorar de nuevo.

Yo agarré bien a Pedro, para que no lo lastimaran, y me planté frente a la monja. Por favor, si no le es molestia, le agradeceríamos que nos hablara en español. Traté de ser educado pero igual me dio un manotazo por la oreja. ¡Stiupid chail! Me dolió bastante, más en el pecho y en la mente. Era la primera vez que me pegaban y quise llorar. Los hombres no lloran, Hernán. Se me calentaron las orejas y pensé que las monjas estaban mejor siendo mudas. Quizás los mudos eran los niños, que ni se oían respirar. Volví a mi puesto muy impresionado.

Son los marcianos, Pedro. Esto es la Luna y creo que la guerra va a empezar en cualquier momento. Te lo advertí, Pedro, son muy peligrosos, tienen espías y ya ves que se disfrazan. Esta monja es un marciano y a lo mejor la otra igual. Tenemos que andar con cuidado, amigo. Tú, sígueme siempre y no temas. El capitán te cuidará. Ya era hora de darle a Pedro la orden número seis pero no sabía qué ordenarle. Recogimos nuestros bultos y yo seguí la corriente de la fila, las niñas hacia un lado y los varones hacia otro. El hermanito de la muchacha gritaba a toda voz ¡Mi mamita, mi mamita, Paula, ven, mi mamita! Tenía los ojos chinitos del llanto y la cara roja y mojada. Paula estaba inquieta y se salió de su hilera para cargar al niño. No te preocupes, mi amor, no nos van a separar. Por suerte los marcianos iban delante y no la descubrieron, pero cuando Paula entró a nuestro apartamento una señora quiso detenerla. Durante un rato discutieron algo apartadas de nosotros y luego todo estuvo mejor porque ella y su hermanito cogieron una litera a mi lado. Soy Paula, gracias por ayudarme. ¿Ayudarla? Soy Hernanci… Hernán, no ha sido nada. Hubiera querido contarle de los marcianos, de mi familia, presentarle a Pedro, pero me daba miedo hablar español. Nos mandaron a comer en nuestro turno. Ya no tenía hambre y tampoco me gustaba la comida que sirvieron, por lo que me quedé sentado sin tocar ni un cubierto. Sor Belén me obligó a comer en otro idioma otra comida que no era la de Angélica. Yo no quería, lo juro, pero ella me empujó el huevo a la fuerza. Sentí un asco muy grande y vomité enseguida. También sentí vergüenza pues todos en el comedor nos miraban. Aliméntate apropiadamente. Yo no podía, lo juro. Sor Belén volvió a obligarme, esta vez a que me comiera el vómito.

Pensé que iba a desmayarme, que eso era cosa de gente sucia, de puercos, pero el vómito estaba en mi boca de nuevo y en toda mi cara y mis manos y se lo escupí a sor Belén arriba. Salí corriendo a bañarme, a buscar a Pedro, a escribir una carta, no sé. Salí corriendo. En nuestro baño había cola para entrar y los demás se apartaban de mí. Yo tenía peste. Nadie más me iba a querer en el mundo porque yo tenía peste, porque ofendí a sor Belén, porque no me alimenté, no sé, Nadie más me va a querer en el mundo, le dije al agua, que me caía fría pero sabrosa. Hablé con Pedro y me acosté a su lado. Hay que hacer algo, Pedro, no pueden ganarnos. Así, limpio y tranquilito, estuve el resto del día hasta que oscureció. También hablé con Dios y de favor le pedí que trajera rápido a mis papás, a Laurita, y de paso a Angélica, o que me devolviera a Cuba, o que si no, yo no quería seguir siendo yo. Me interrumpieron dos niños. Queremos reclutarte para nuestra pandilla de boi escaut. Les respondí que se fueran. No nos vamos. Te queremos para que luches contra… Estaban medio furiosos y ya me veía metido en problemas otra vez, pero en eso llegó Paula con Fernandito y los mandó a dormir. Nos vemos mañana, bocón. ¿Bocón?

—¿Bocón?

—Sí, Hernán, ahora nos dicen “los bocones” a nosotros dos. Parece que nos destacamos demasiado el primer día.

—A lo mejor, pero hay cosas, no sé… Hoy me han pasado cada cosas. Creo que me van a matar por lo que hice. Cuando lo sepan en mi casa…

—No te va a pasar nada, ni lo sabrán en tu casa, pero cuídate —dijo mientras acostaba a Fernandito.

—Tendré que portarme excelente, Paula —ella me daba seguridad, como una mamá que no te regaña, o como una hermana mayor—. ¿Sabes? Este oso es mi mejor amigo y se llama Pedro… Tiene un Gran Poder.

—¿Un gran poder para qué?

—Bueno, ¿en realidad quieres que te lo explique?

—Por supuesto.

—Bien. Pedro tiene el Gran Poder de Angélica, para combatir a los marcianos.

—¡¿A los qué?!

—A los marcianos. No te rías.

—¿De quiénes tú hablas, Hernán?

—De todos, Paula. Las monjas, los curas, los demás… Están en todas partes, disfrazados, y son muy peligrosos.

—Peligrosos sí, pero no marcianos. Son de carne y hueso, como tú y yo.

—¿Eso crees?

—Estoy convencida.

—¿Y por qué nos maltratan?

—Pues porque somos un estorbo para ellos.

—No, Paula, disculpa, estás equivocada. Mis padres me dijeron que serían muy buenos conmigo y que fuera amable con ellos. La gente de la Iglesia son nuestra gente.

—¿Te parece, Hernán?

—Sí. Esto ha sido un mal entendido que mañana se aclarará en la escuela.

—¿Qué escuela, Hernán?

—Pues… la escuela en donde voy a estudiar. Para eso estoy aquí, para estudiar mucho.

—Hernán, discúlpame ahora tú a mí, cuando llegaste al aeropuerto ¿te pidieron el pasaporte?

—Sí.

—¿Te escribieron algo?

—Me pusieron un cuño.

—¿Te fijaste en lo que dice el cuño?

—No.

—¿Podrías mirarlo?

Conversábamos en susurros porque las luces ya estaban apagadas, además, yo no quería hablar español en voz alta. Busqué mi pasaporte y fui hasta la ventana persiguiendo la luz. Miré hacia afuera y vi la Luna. Por lo menos hay algo cierto, la Luna está allá y yo estoy aquí. Pasé las páginas despacito, me detuve en una y regresé a mi litera.

—El cuño dice “refugee”.

—¿Sabes lo que significa?

—No.

—Refugiado, Hernán, eres un refugiado.

—¡¿Un qué?! Yo soy un estudiante.

—No, cariño, en Cuba tú eras un estudiante. Aquí, un refugiado.

Hicimos silencio porque alguien comenzó a llorar, una niña. Se escuchaba muy bien en nuestro cuarto llamando a sus papis. Al ratico le pregunté, aún con la voz más baja.

—¿Por qué todos lloran, Paula?

—Porque son refugiados también y extrañan.

—¿Qué significa refugiado?

—Bueno, que huyes de tu país y este país te recibe para protegerte.

—Es que yo no huí de Cuba. Mis padres me mandaron a estudiar en una escuela privada para que no me adoctrinen los revolucionarios, que son ateos y comunistas…

—Sí, sí, y que te van a mandar a Rusia donde lavan cerebros, comen niños… Ya me conozco esa historia, pero lo que he visto me ha desilusionado bastante. Mis padres no se imaginaban esto así, ni el resto de mi familia, ni siquiera yo… nadie. Ahora sólo me pregunto cómo se imaginaban Rusia. Dudo que el comunismo sea tan monstruoso como lo pintan, que los barbudos sean unos salvajes y que no crean ni en su madre. De algún santo serán devotos y seguro habrán rezado alguna vez… bajaron de las lomas llenos de collares.

—Tú que eres entendida, Paula, ¿nos protegerá este país?

—No sé, verdaderamente no sé. Pienso que lo más importante aquí es sobrevivir, hacer cualquier cosa para sobrevivir… y mantenerme con Fernandito.

—Te entiendo. Yo también tengo que cuidar a Pedro… y supón tú que mi hermana Laurita estuviera conmigo… Mejor ni suponerlo… Pero vas a ver que todo se arregla mañana.

—¿Cuántos años tienes, Hernán?

—Diez.

—Pues eres muy inteligente, y muy valiente además. Tú solo te irás dando cuenta de todo. Ahora duérmete.

—¿Crees de verdad que soy valiente?

—Sí, muy valiente.

—Que sueñes con los angelitos, Paula.

—Igualmente, Hernán.

Sólo me callé. Fernandito y Pedro descansaban, había sido un día muy agitado y ellos eran más pequeños. Los llantos y lamentos de otros niños que llegaban hasta el cuarto no lograban despertarlos pero a mí me entristecían mucho. Di unas cuantas vueltas en la cama, que era estrechita y dura, y en mi cabeza sonaban voces sin parar. Las negras viejas no lloran, las negras viejas no lloran.

—¿Paula? ¿Estás oyendo?

—Sí.

—¿Se callarán un rato?

—No sé.

—¿Me das la bendición, por favor?

—Que Dios te bendiga, Hernán.

—Dios te bendiga, Paula.

Decididamente ella era muy buena, pero estaba equivocada en ciertas cosas. Rusia era el infierno, los revolucionarios impíos, el comunismo nos perjudicaba, y por todas esas cosas yo estudiaría mejor en los Estados Unidos. La familia también viviría mejor en los Estados Unidos, esto de hoy había sido un error. ¿Refugiado yo? ¿Refugiado? No, ni idea tenía Paula de lo que hablaba. Reconozco que, en lo personal, había exagerado con los marcianos. Cosas de muchachos, como decía Angélica para evitarme un regaño, pero ¡de ahí a creer que yo era un refugiado…! Bueno, es cierto, no podía explicar ese cuño en mi pasaporte, pero entonces ¿quién me había engañado? ¿La Iglesia? ¿Mi familia? ¡¿Mis padres?! ¿Por qué? ¿Ya no me querían? Pero si no me querían, por qué entonces dijeron… Mi cabeza era como un cajón de soldaditos de plomo que averiguaban peros, entonces, porqués… me pesaba, tropezaban cientos de piezas allá adentro. Los ojos también me pesaban, los párpados sobre todo, la vista me ardía…

No sé cómo conseguí dormirme, lo que sí recuerdo es haberme despertado con susto. ¡Pedro, Pedro!, ¿dónde estamos? De inmediato me di cuenta y salté bien ligerito de la cama. Rápido, Pedro, es tarde. Ni Fernandito ni Paula estaban ya en la habitación, luego los topé en el comedor. Tenía mucha hambre y me había levantado dispuesto a cooperar. Hoy es el gran día, amigo, ¡estudiemos! Me sentía muy entusiasmado pues esa mañana las cosas tomarían su lugar. No obstante, la agitación del campamento me resultaba algo confusa. Nadie indicaba nada, la mayor parte de los niños andaba sin carpetas escolares, no veía maestros por ahí, y empecé pronto a sospechar. Seguí con mucha discreción a unas niñas que llevaban sus libretas. Detrás de ellas entré al aula, que era un local grande con pupitres de todos tipos y colores, con alumnos de todos los tamaños y los grados, y un solo maestro. Aquello me dio tremenda mala espina.

Había un desorden y un bullicio extraordinarios, sin embargo, menos soportaba la idea de que Paula, finalmente, tuviera toda la razón. No podía aceptarlo. Las orejas me hirvieron otra vez y quise gritar hasta quedarme sin aliento, pero me quedé paralizado. No deseaba llamar de nuevo la atención ni tener más nunca aliento. Algo en mi interior iba a estallar, lo sentía fuerte, una angustia que nunca antes había estado, que yo desconocía. No pude contenerme. Corrí igual que el día anterior, buscando cualquier cosa familiar, corrí lejos. Nada en lo absoluto. Caí, volví a correr y a desplomarme y así una y otra y otra vez, y me hice daño y me lo hicieron.

Un daño irreversible, Pedro, tú lo sabes. Las órdenes menguaron a partir de ese momento hasta que se extinguieron por completo. Ya no eran necesarias, ni siquiera tú o el gran poder. Sólo yo era imprescindible, yo con todo mi dolor. Las escenas ahora se confunden entre sí y forman una sola escena que no logro seccionar. Así recuerdo el primer día en este suelo “dispuesto a protegerme”, aunque tal vez esos mismos cuadros ocurrieron paulatinos a través de los once años subsiguientes. No te fíes, Pedro, de una memoria que reniega de sí misma. Dos semanas que tardaron once años, o un primer día dilatado de una década a la otra, puertas internas tapiadas, pasajes borrosos e imborrables de mi primera infancia, y todo aquel cariño trunco que no reboté ni percibí con candidez. Nadie puede retroceder el tiempo para latir como antaño con la misma intensidad, y luego de su curso nada nos obliga a conocernos. Ahora que te ubico en la cuna de mi hijo para que, de algún modo, veles su descanso como cierta vez velaste el mío, repaso el Hernán de sastrería que he sido desde entonces,

repleto de cortes y pespuntes en sus emociones todas. Omití algunos detalles, Pedro, los remendé para que no te preocuparas, como igual hice con las cartas a mis padres “mejor imposible, mamá”, “gracias, pipo”, “vengan cuando puedan, yo soy muy feliz”, “a Laurita le he comprado cientos de muñecas”, “besos a mi Angélica”… Para que no se preocuparan, pero creo que fallé. El reencuentro,

Pedro, no te lo narré exactamente. Mi camino de regreso al aeropuerto, como sabes, no era el mismo. Atrás habían quedado las parcelas, los castillos, la arquitectura, los cimientos, y yo iba muy excitado a reunirme, por fin, con la familia, con un proyecto de futuro armónico que sin duda merecía. Rememoro a mis padres y a mi hermana oteando los rincones, nerviosos, intentando situarme, detenidos justo frente a mí, el proletario… hasta que precisé nombrarlos de manera muy puntual. Rememoro, Pedro, la crudeza de una frase que un día como hoy cumple nueve años “¡Tú no eres mi hijo, tú no eres mi hijo!”, quizás mamá estaba acertada. Hernancito no existía desde Cuba, era ya irrecuperable. Sólo me había procurado éste en su lugar para, en medio de todo el desamparo, conservar aún mi propio nombre.

Nota: La CIA desarrolló un programa para crear un clima psicológico de confusión y pérdida de apoyo a la Revolución. Uno de ellos, denominado Peter Pan, consistió en hacerle creer a la población cubana que el gobierno los privaría de la Patria Potestad de sus hijos, los que pasarían a ser propiedad del Estado.

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