Secuelas (un cuento de Aida Bahr)

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No es el dolor, que muerde como un perro. El dolor se aguanta, el dolor pasa. Es esa desesperación que te queda por dentro; y tienes que aprender a vivir con eso. Hay días en que parece que se puede olvidar: tienes la mente ocupada y te sientes un ser normal, como los demás; pero entonces alguien llega y te mira, o te acuestas a dormir y vuelve la vieja pesadilla, o ves una foto en el periódico, y ahí están otra vez la angustia, y la rabia y el odio apretándote el pecho. A veces es peor. Pasan cosas que lo revuelven todo. No hace ni dos meses… Por las tardes me siento ahí a la ventana, con mi bordado, la gente que pasa me saluda, a veces se detienen y compran algo, o preguntan. Yo estoy detrás de la ventana y soy una mujer como tantas ganándome la vida honradamente. Es de los buenos momentos del día. Los muchachos juegan en la calle, cualquier vecino se para a hacer un comentario; uno se siente seguro, tranquilo, feliz, porque eso es para mí la felicidad, sentir que perteneces al lugar y a la gente que te rodea, dar afecto y recibirlo, una rutina que se interrumpa sólo con sorpresas agradables. Eso mismo pensaba, o no lo pensaba así con ese detalle, pero estaba tranquila y feliz, una tarde como todas, no hace ni dos meses, cuando se soltó el perro. Un Stanford. Los entrenan para pelearlos, no sé bien cómo lo hacen, el dueño vive en la otra esquina y aquí sólo se oyen los ladridos, pero se sabe que el perro es una fiera, como se sabe que ese hombre gana mucho dinero con las peleas, que están prohibidas, pero igual las hacen. Se acostumbran a ver la sangre, el sufrimiento, y en su mente lo que hay es el dinero que van a ganar, la vida que se van a dar con ese dinero. El resto del mundo no significa nada para ellos. El caso es que el animal se soltó, dicen que rompió la cerca, y le voló arriba a los niños. ¿Se imagina? Agarró al más lento, o al que más se asustó, un niño que estaba jugando en la calle con sus amigos, tan inocente como si estuviese dormido en su cama, lo mordió primero en el brazo, y luego le mordió la pierna. Yo lo vi. Vi los colmillos hundiéndose en la carne y sentí el frío, porque eso es lo primero que se siente, un frío que es como el susto y se vuelve enseguida una candela, un ardor y un dolor tan grandes que no te dejan ni gritar. Una mordida de perro enfurecido. Lo hubiera destrozado,

pero la gente corrió, golpearon al perro con un palo, tuvieron que dejarlo inconsciente para que soltara. Cargaron al niño y corrieron a parar un carro. Pasaron por aquí, vi las heridas, la carne negra, los goterones de sangre, oí los gritos, los de ellos, los míos me estaban reventando por dentro, me estallaban en la cabeza, las manos se me hincharon de tanto apretar los barrotes de la ventana, porque no podía correr, no podía cargar al niño, no podía hacer nada sino mirar y morirme de angustia. Me tocó ver al dueño del perro recoger su animal y llevárselo bajo los gritos y las amenazas de la gente. Esperé hasta que regresaron los que llevaron al niño. Lo habían dejado en observación y ya estaban allí los padres. Todo se fue calmando poco a poco, pero día a día me ha consumido la desesperación, la misma que sentí entonces. Porque sencillamente no puedo aceptarlo. Ya el niño está jugando de nuevo en la calle, tiene las marcas, pero irán desapareciendo, tuvo suerte. El dueño del perro fue a juicio, pagó la multa y tiene ahora al animal amarrado y con bozal. Pero en cuanto lo considere en condiciones volverá a pelearlo. Tiene que cuidar las formas en el barrio, dicen que le regaló al niño una caja de malta. Hay hasta quien lo justifica. Y yo me pregunto: ¿quién entrenó al perro? ¿Quién lo convirtió en un asesino? ¿Quién lo premiaba cada vez que destrozaba algo a mordidas? Yo viro la cara cada vez que pasa por la acera. Otros pueden perdonar, decir: ha pasado tanto tiempo. De lo mío han pasado años y no fueron perros atacando ciegamente, pero igual habían sido entrenados para matar y esperaban su premio. En el hospital alguien le dijo a mi madre con ánimo de consolar- la: “Dios no ha querido que tu hija muera”. Y mamá, desesperada, le gritó: “¿Y quiso que perdiera el pie?” Quien había hablado le dijo: “Piensa que pudo haber muerto y resígnate”. Mi madre no contestó, y yo ni siquiera sabía con quién estaba hablando, pero las palabras se quedaron por siempre en mi cabeza porque muchas veces después me dijeron lo mismo de distintas formas. Y yo no quiero pensar que pude haber muerto, al contrario, pude haber vivido como una niña normal, correr, saltar la suiza, ponerme zapatos de tacón y bailar en mis quince… pude hacer todo eso, debía haberlo hecho y no me dejaron. A mí no me dio la polio, no me atropelló un carro, esas cosas en las que a veces no se sabe a quién culpar. Yo sé bien claro quiénes son los culpables. Por eso no hay olvido posible, apenas alejar los recuerdos por un tiempo. Por supuesto que tampoco vas a amargarte y arruinarles la vida a los demás. Te conformas, te inventas que también hubieras querido ser cantante y no tienes voz para eso, te refugias en bordar y en sentarte a la ventana, pero, aunque no lo digas, tienes siempre como una marca interior, más profunda que la cicatriz del muñón que ya no me hace daño mirar. Porque lo peor no es el dolor, es la desesperación que te queda por dentro.

Nota: El 12 de octubre de 1971, en horas de la noche, un grupo de terroristas que tripulaban dos lanchas artilladas, procedentes de la Florida, atacaron el caserío de Boca de Samá en Banes, provincia de Oriente. Resultaron muertas dos personas y varias heridas, entre ellas las menores Nancy y Ángela Pavón de 15 y 13 años de edad respectivamente. Una bala de grueso calibre destrozó un pie de Ángela, el que fue necesario amputar.

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1 Comentario

facebook dijo:

en sirscunstansias, ocurre que hay testigos mudos de las guerras y sin importarnos los invisibilisamos dentro de ellos contamos con los craters que las bombas de alto poder destructivoque lanzan desde el aire las sicatrices en las pieles de los heridos por proyectiles de todo calibre, las casas destruidas que solo quedan indicios de construcciones y lo mas duro y difisil de curar es la enfermedad psicológica todo esto equibale a SECUELAS, binito cuento y los responsables son los mismos que a raiz del triunfo de la revolucion cubana diseñara y desarrollara la guerra de contra insurgencia en america latina.

6 julio 2012 | 04:59 am