Los duendes (un cuento de Mylene Fernández)

Lea más de: , , ,

—Los papás de Carolina dicen que somos unos cubanos de mierda —y en medio de lo desconcertante de la frase, se balancea la victoria traviesa de pronunciar la palabra mierda como si fuera una adulta,  escudada en el hecho de ser sólo una mensajera de cinco años.

Estamos en el lugar de las confesiones, la cuarta columna de derecha a izquierda si te paras de frente a una especie de templo griego que alberga una mesa de ping-pong sobre la que, cuando no nos empeñamos en aprender el juego, se acumulan las hojas secas que tejen y penden del techo, hojas de parra, de esas uvas que ya —tantos meses después de haberlas probado por primera vez, maravilladas de que existieran de verdad y no sólo en las postales y los muñequitos de La Habana— hemos asumido como una fruta entretenida y aun un poquito de revistas.

El lugar de las confesiones está en el patio que está en nuestra casa, que está en un barrio que está en Santiago de Chile. En este barrio de casitas de canción de Víctor Jara, están todos muy disgustados con las escaseces, el mercado negro, las revueltas, las huelgas y el giro que han tomado las cosas desde hace un tiempo, un tiempo que se extiende hasta este inicio de invierno de 1973.

—Aquí también hablamos de los papás de Carolina —le digo para que no sienta que somos los únicos enjuiciados.

—Sí, Bertha dice que son unos momios y que no nos quieren en este barrio porque somos comunistas como los rusos de la esquina.

No conocíamos a los rusos de la esquina más que de vista. Habitaban una casa blanca y anodina, eran todos muy rubios como los personajes de las películas que veíamos en el cine Riviera los domingos. Sólo los atisbábamos al entrar y salir de la casa y del carro. Estaban siempre serios. Los papás y un niño más pequeño que nosotras. No hablaban con nadie, nadie les hablaba. Como a nosotras si no hubiésemos conocido a Carolina en este mismo sitio.

Una mañana soleada de finales del invierno anterior —ese que nos hacía siempre pensar con asombro casi malicioso que en agosto en Cuba estaban todos en la playa mientras nosotros echábamos leños a la estufa del salón y nos contábamos historias de horror animadas por la fantasmagórica visión de las llamas— hastiadas ya de dar vueltas dentro de la casa y dibujar, leer, ver telenovelas mexicanas, jugar con los juguetes, con los peluches, con los adornos, con los caramelos, con la nada, con los recuerdos, nos colgamos de ese primer rayito de sol y salimos al patio. El astro ensayaba tímidamente, como pidiendo permiso para no molestar, una luz clara, limpia y sutil.

Felicísimas, nos forramos hasta las orejas con esos ajuares que al principio nos hacían morirnos de la risa al vernos una a la otra y luego las dos en el espejo. Parecíamos dos gordas, dos push and back redondos y torpes, pero ya nos habíamos acostumbrado e incluso éramos capaces de zambullirnos en todo esto con rapidez y habíamos cambiado la risa del asombro por la de la complicidad.

Salimos y miramos al cielo y al sol para que nos entrara bien en los ojos  —Padre Sol era la canción de Tormenta que estaba de moda y su deja que venga el sol otra vez y después nos iremos corriendo tras él, la plegaria chic que nos venía siempre a la mente— para recordarlo cuando media hora después se hubiera marchado, urgido por el invierno, el aire frío y las nubes que ejercían su derecho de calendario a enseñorearse de la ciudad y nuestro patio.

Y nos fuimos a esconder detrás de esta cuarta columna del templo para escapar de la vista de Bertha, desoír un poco su voz mandona que siempre nos recordaba que estaban las camas sin hacer o los juguetes regados o, en el peor de los casos, su llamado era premonitorio del almuerzo y nuestro temible e inexorable enemigo: Los espárragos. No lográbamos conjurarlos ni con montañas de mayonesa o pan con mantequilla. También eran inoperantes las cascadas de refrescos que tenían la misión de ahogarlos en nuestras gargantas y hacerlos perder el sabor. Nada, Bertha decía que eran buenos, alimenticios y esto era sentencia inapelable que los convertía en menú de muchos almuerzos y cenas.

Nos acurrucamos bien cubiertas por la columna y las hojas, y sentirnos tan escondidas, casi invisibles, nos provocó esa risa nerviosa que crece cada vez que comprendes que no puedes reírte y esto te provoca un nuevo ataque de risa y así in crescendo hasta la cabeza de Carolina por encima del muro y sus ojos, su boca y su pelo que reían con nosotras. Nos hizo un gesto cómplice y respondió a nuestra invitación saltando el muro.

Así, en voz baja, saboreando el placer de los conspiradores, supimos que tenía ocho años, su padre era dentista con una consulta en la Avenida de los Leones y su mamá tenía una boutique en casa, provista siempre desde París. Que ahora las cosas no iban bien con este gobierno y que si continuaban así perderían todo y serían muy pobres.

Nos había visto mudarnos a la casa, conocía a los anteriores habitantes —dos niñas como nosotras que ahora vivían en Estados Unidos, donde su padre pasaba un curso de Medicina— sabía que éramos cubanas y que íbamos a una escuela sólo de cubanos y teníamos las tres tantas preguntas y respuestas para construir la amistad.

—Pero Carolina es nuestra amiga —vuelve a la carga Lili, que la enarbola como su gran tesoro, apoyada por el hecho a estas alturas irrebatible de que ella la vio primero.

—Sí lo es y muy buena, a mí me recuerda a Niurka, la que siempre comía mandarinas…

—¿Y por qué su madre suena las cazuelas?

—Porque su madre no es nuestra amiga. Por lo menos no lo hace frente a nuestra casa como las demás que seguro piensan que por culpa de nosotros se van a morir de hambre.

La derecha tiene dos ollitas, una chiquitita y otra grandecita. La grandecita la tiene muy llenita, con pollo sin papitas asado en cazuelita. La chiquitita se la acaba de comprar, ésa la usa tan sólo pa’golpear…

Esta canción de la Unidad Popular llegó a ser nuestro exorcismo contra el incesante golpeo metálico, el gran concierto que se orquestaba frente a nuestra casa, gran sinfonía de metales, coro femenino sin voces, que veíamos desde nuestro cuarto. El primer día, Bertha y nuestra madre nos sacaron de la habitación y nos llevaron a la salita del televisor a ver Sombras tenebrosas, a ver si un miedo espantaba al otro. Otras veces venía Bertha, resuelta y como sin darle importancia y cerraba de golpe las persianas de la puerta que daba a la terraza, al jardín y a la verja de entrada en la cual nacía el sonido. Entonces jugaba con nosotras, nos hacía cosquillas y nos decía bambinas, porque la telenovela de turno se llamaba Muchacha italiana viene a casarse y la muchacha italiana que venía a casarse a veces decía palabras en su idioma. Otras, nos contaba cosas de su pueblo: Temuco, una región agrícola al sur de Santiago donde los campesinos mapuches intentaban recuperar sus tierras. Un día comenzó a enseñarnos la canción.

Y ya no tuvimos más miedo. Cuando comenzaba la descarga de aluminios, cerrábamos las persianas y nos acurrucábamos las dos en mi cama, nos tomábamos las manos y cantábamos bajito, como un salmo, una oración a San Juan Bosco, un deseo al hada de Pinocho o un pensamiento maravilloso para ir a Nunca Jamás.

Cuando Bertha supo de nuestra amistad con Carolina se enfadó muchísimo. Vivíamos con la convicción de que todo era riesgoso y sobre todo las personas, aunque tuvieran ocho años. Pero detrás de su rostro severo de india silenciosa, había espacio para mucha risa, y Carolina encontró en nuestra casa, en sus modos mandones y su manera inflexible de hacerle comer los espárragos, una amiga divertida, una especie de médium entre dos infancias, dos formas de hablar el español y dos fórmulas para tomar el té.

—¿Y si te digo que hice una cosa me retarás?

El español de Lili se había quedado un poco perdido en medio de la andanada de nuevas palabras para hablar una misma lengua, su acento era absolutamente “del Mapocho”, y a veces confundía muchas cosas. No sabía realmente qué estaba pasando, por qué nuestro padre regresaba tan tarde, nuestra madre no reía como en La Habana, por qué no podíamos salir a jugar a la calle y por qué el autobús del colegio esperaba frente a casa hasta que Bertha abría la puerta y hacía un saludo al chofer. Yo era la “hermana mayor” y la encargada de darle ciertas explicaciones.

—¿Qué has hecho esta vez?

La última fue en una tienda donde comprábamos unas botas de nieve para ir a Portillo el fin de semana. La dependienta preguntó de dónde éramos y mi padre dijo, venezolanos. Lili abrió la boca para rectificar, sin conseguirlo porque le oprimí los labios con las manos como le hacían al pato Donald y le dije, es un juego, en el carro te cuento.

La historia era simple y abarcaba a todos, como las cosas verdaderamente importantes. Habíamos apostado si podíamos imitar los otros acentos de América, ella no debía hablar porque lo hacía como una chilena auténtica. Un poco tristona por quedar fuera del juego, prometió quedarse callada en lo adelante.

—Le he contado lo de los duendes. Pero me juró que no lo dirá a nadie.

Habitaban la casa hacía mucho, pero al inicio no lo sabíamos porque sus hechizos estaban siempre dirigidos hacia otras partes. Les fascinaba particularmente la habitación de mis padres y hacían de las suyas a menudo sin que nos enterásemos nosotras. Más tarde decidieron poblar con sus magias nuestro cuarto y así los duendes pasaron a ser patrimonio familiar, comentario cotidiano, encantamiento y sorpresa de todos los días.

Como todos los duendes, eran caprichosos. A veces resultaban seres hacendosos como en algunos de los cuentos de los hermanos Grimm, y casi podía imaginarlos dispersos por la casa haciendo sus buenas obras a nuestro favor. Al regresar de la calle, veíamos maravilladas cómo las camas estaban tendidas, la ropa y los zapatos recogidos y los juguetes en su sitio. A veces dejaban flores a mi madre con pequeñas tarjetas, pero ella no los amaba. La ponían muy nerviosa, miraba todo con una ojeada rápida, como quien hace un primer y superficial inventario de daños luego de un accidente, y nos abrazaba sin dejar fisuras entre nuestros cuerpos, ni una pequeña por donde pudiera colarse un minúsculo duende.

Cuando comenzaron a actuar en nuestros predios, eran realmente tiernos, como niños buenos y ordenados que hacían las cosas que habrían complacido a nuestra madre y a Bertha, si las hiciéramos nosotras. Anudaban lazos alrededor del cuello de los peluches, arreglaban nuestras camas sabiendo que sobre la de Lili descansaba un oso marrón claro y que el mío era rojo oscuro, guardaban la ropa en los armarios y amontonaban la sucia en la cesta de lavado, ordenaban los libros, botaban los papeles de caramelos y chucherías que atesorábamos en la gaveta de la mesa de noche, y escribían en el espejo con letra de adulto que quiere ser amable con los pequeños: “Hola, niñas”.

Pero otras veces estaban rabiosos. Volcaban edredones, tiraban las almohadas al piso, vaciaban los cajones en las alfombras y arrojaban los muñecos a una montaña anodina de orejas, patas, piernas, cabezas y colas.

Expliqué a Lili que ellos no siempre estaban de acuerdo entre todos, a veces tenían pequeñas batallas y usaban nuestro cuarto para zanjar sus disputas, nuestras cosas les servían de parapetos y barricadas. No era “con” ni “contra” nosotros, eran sólo “sus asuntos”. Ella lloraba por la maldad de los duendes, mi madre y Bertha recogían la habitación sin hacer comentarios y yo sentí que había peligro, que el azar no se detenía en los sonidos de cazuelas mas allá de la verja.

—Vivimos en una casa embrujada, como la de Barnabas Collins —le dije el día que desapareció la foto en la que nos mostrábamos orgullosas fabricantes de nuestro primer muñeco de nieve—, necesitan nuestras fotos para ver bien nuestras caras, como en el cuadro de casa de Barnabas —y cité de nuevo la serie norteamericana que tenía a todos temblorosos y expectantes, atemorizados y fascinados delante del televisor cada día a las nueve de la noche.

Un día mi padre comentó como en broma, como de pasada, como si eso no tuviese importancia, que al parecer nunca tendríamos fotos en las montañas porque desaparecían las cámaras fotográficas los lunes siguientes a los domingos de excursión. Otro, se hablaba de que “ellos” tenían buen gusto para la música, porque dejaban a Dylan cantando a las paredes y los muebles hasta nuestro regreso, siempre después de su partida. Fumaban los tabacos, bebían el ron y cuando llegábamos a casa el hielo se derretía en los vasos con bebidas a medio degustar, los puros humeaban en los ceniceros y Sinatra cantaba a los extraños en la noche. Sólo faltaban los duendes.

Días de vino y rosas en los que la casa nos recibía como nueva, en la mesa flores y vinos carísimos y en nuestro cuarto estuches con diseños paradisíacos de bombones tentadores sobre los que mi madre y Bertha se abalanzaron mientras expliqué a Lili que si los comíamos nos convertiríamos en duendes y no veríamos más a nuestros padres, no podríamos regresar a La Habana ni veríamos a los abuelos, los amigos ni podríamos jugar con Carolina, seríamos siempre pequeñas y tendríamos que vivir escondidas y haciendo diabluras en las casas de otros. Miraba desconsolada los chocolates y se ganaba la promesa de Bertha, que tenía particular debilidad con la piccolina, de comprarle esas chucherías estúpidas que no alimentaban y quitaban el hambre a la hora de comer las cosas verdaderamente importantes, la próxima vez que fuera al mercado.

—No te retaré por decir a Carolina lo de los duendes si de verdad ella no lo dice a nadie, pero, ¿cómo sabes que se callará?

—Porque dice que en el colegio le han preguntado por nosotros y ha dicho que no nos conoce.

—¿Están ahí? —pregunté a mi madre una noche en la que, sin poder dormir, me asomé a la ventana y vi el carro azul, parqueado a pocos metros de la entrada como tantas otras noches, tantos otros carros que pernoctaban frente a nosotros provocando con su vigilia, la nuestra.

Mi madre asintió sin hablar. Sentada en la cama miraba la pared y quizás a través de ella, del tiempo en esta ciudad revuelta, donde los minutos cuentan y no se sabe a favor de quién, donde cada día empieza con mayúsculas diferentes, y la ignorancia de algunos, las certezas de otros y la incertidumbre de todos se adueñan de los relojes de los habitantes y la esperanza del país.

Regresé al cuarto y pensé que quizás sería mejor que los duendes no supieran de Carolina, me metí en la cama de Lili y la besé, tengo frío, le dije para justificar el hecho de que sólo su absoluta inocencia de todo lo que vivíamos, me parecía suficientemente protectora.

Es mañana de lunes de invierno. Santiago se repite en la cotidianidad anómala de estas últimas semanas. Huelga de camioneros, de comerciantes, de médicos, vandalismos de mediodía, esos que ya se han vuelto un espectáculo casi ordinario en el que los “lolos” rompen cristales, encienden hogueras, paran el tráfico y gritan que Chile seguirá siendo un país libre. Los carabineros responden con gases lacrimógenos y manguerazos de agua.

Los estudiantes desfilan por las calles y corean: “Evitemos la guerra civil”. Hemos sido testigos de un tiroteo con los de Patria y Libertad hace una semana. Nos hemos protegido de los gases regresando a toda prisa al cine de donde habíamos salido cinco minutos antes, la última tarde que fuimos con Bertha y Carolina a ver Fantasía.

Un día como otro cualquiera. Así son ahora las calles de esta ciudad. Pero hoy no tengo miedo, quizás porque soy pequeña, porque es de día y pienso que nada puede pasarnos entre tanta gente. Porque está mi padre al volante y hemos cerrado las ventanillas para evitar el agua, los gases, los gritos. Porque siento que nuestras cabezas están protegidas bajo el techo metálico del carro, ahora golpeado por las monedas que se lanzan desde los edificios de esta avenida llena de oficinas y comercios en respuesta a las consignas de izquierda. Porque existen los carabineros, la embajada, mis abuelos en La Habana y el libro de Dickens en la mesa de noche, con el marcador que me recuerda que David Copperfield ha conseguido escapar del internado y va en busca de su tía.

El carabinero nos detiene. Las calles cambian sentidos e itinerarios de manera instantánea, deberemos tomar otra vía. Pero no es eso lo que dice este señor. Habla de la matrícula del carro, el nombre de mi padre y la dirección de nuestra casa. Pronuncia la palabra atentado y bomba y se ofrece para escoltarnos hacia ese lugar.

Ese lugar del que salimos hace tan poco y que ya no es. La entrada a la calle está acordonada, la policía intenta alejar a los curiosos. Los vecinos se aglomeran, hablan, mueven la cabeza, se alejan. El muro del jardín está intacto. Aún soporta la verja y la puerta y las plantas de la entrada sostienen la nota falsa de vergel de una casa.

No alcanzo a ver mucho. Gentío, voces, cielo gris. Creo que aún puedo sentir olor a humo pero no sé si es real y si estoy viviendo esos minutos relámpagos en los que suceden ciertas cosas que luego, toda una vida de reflexión y recuerdos no alcanza a poner en orden.

No sé si llegué a ver la casa en ruinas, si me invento que vi los balcones de los cuartos derramados sobre el césped que bordeaba la pequeña escalera que conducía a la puerta de entrada que ahora desfallece sobre la escalera de maderos rechinantes que, ubicada al final del pasillo, ascendía al otro piso. Si existió sobre la hierba una montaña de objetos que contorneaban y habitaban nuestra vida. Si era Carolina la que me hacía señas y gritaba algo que no podía oír y que eran sus últimas palabras.

Nos alejaron de la calle y nos llevaron hasta una de las máquinas de la embajada. Yo sólo tenía la idea fija de aferrar la mano de Lili, de que tenía que cuidarla, que le debía una frase. Ella no lloraba y su mano, que no temblaba, me dio ánimos o una cierta seguridad, esa que inexplicablemente logra arribar a nosotros en medio del caos y el terror.

Santiago revuelto, como si la explosión de nuestra casa hubiera conmovido a la ciudad, que aun en tiempos de paz se removía inquieta, turbada por los temblores de tierra. Nos alejamos de allí, de nuestros padres y del escenario de estos dos últimos años de vida. Miro por la ventanilla a través de la que se suceden, como fotogramas nerviosos, las esquinas, árboles y transeúntes.

Radio Pudahuel da la noticia, esa que somos nosotros y se compone de nuestra dirección ya inexistente y de la frase “atentado terrorista”. Y que Lili escucha con los ojos abiertos, como si en vez de palabras, la voz que emana de la radio construyera imágenes, sucesión de viñetas que se tridimensionan. Escucha con sus cinco años que ahora parecen alzarse de puntillas, estirarse y alcanzar primero la extrañeza, luego el asombro y finalmente el convencimiento de que una cosa así no la harían los duendes.

Nota: En agosto de 1973, días antes del golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, estalló una bomba en la residencia del agregado comercial de la Embajada de Cuba en Santiago de Chile, donde vivían también su esposa e hijas. La mayor de las hermanas, que entonces tenía 10 años, es la autora del relato.

Hacer un comentario

Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos. Todos los campos son obligatorios.