La noche de los fantasmas (un cuento de Rogelio Riverón)

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Así que esto es el pedraplén, se dijo H.H. y suspiró. Estaba nervioso, pero trataba de convencerse de que aquél era el estado óptimo del guerrero: no estoy nervioso, sino alerta, pensó, mirando hacia adelante, donde suponía que estaba la costa; la costa real, es decir, Cuba.

Habían desembarcado un rato antes, en el pedraplén, y H.H. calculaba que hasta tierra firme debían quedar unos ocho kilómetros. El pedraplén, un descomunal brazo de rocas todavía sin asfaltar que los nuevos aires turísticos habían lanzado en pos de los cayos al norte de Caibarién, les ofrecía la ventaja de un camuflaje previo. Quien lograra desembarcar allí podía transformarse en una sombra, en un pescador virtual, un pescador de teatro, etéreo, transformista: un espectro letal que, en la noche impune, se deslizaría seguro hacia su meta. Y ellos lo habían conseguido: allí estaban.

Poco después del desembarco el grupo se escindió. De los siete que traía la lancha, cuatro se quedaron rezagados, y tres decidieron adelantarse: el Samurai, Big Truck y H.H. Avanzaron sin muchas precauciones, escoltados por el rumor del agua en los costados del pedraplén, y el aire que venía de tierra les sugería un optimismo engorroso, pero repetitivo. En un breve alto H.H. descubrió la Luna. Era un semicírculo mezquino, demasiado amarillento esa noche, que, por alguna causa, le recordaba las lunas de su niñez. Comprendió que aquella visión no compaginaba con el optimismo que traía la brisa.

—No se ve nada —dijo Big Truck.

—Nada —convino el Samurai. H.H. guardó silencio.

—¿Tienen listos los hierros? —preguntó Big Truck, por preguntar. Después suspiró. Imbécil, pensó H.H., pero respondió:

—Claro. Para que arda Cuba.

La frase había empezado a gustarle desde que se le ocurrió, en Miami, a poco de ser reclutado. Te entrenaremos para infiltrarte en la Isla, le dijeron. En unas semanas estarás listo para hacer que vuele en pedazos hasta el alma de tus parientes, le dijeron. Una fiera con cara de fiera, le dijeron. Y H.H. respondió: Arriba. Que arda Cuba.

Unos días antes de la partida H.H. notó que su hija se encerraba a leer. De un tiempo a esta parte, le comentó, no hay quien te desprenda el librito de los ojos. La muchacha sonrió. ¿Qué libro es ése?, quiso puntualizar H.H. y, como ella le mostrara la portada, leyó:

Moby Dick, Herman Melville.

—Deberías leerlo —le dijo la hija—, yo no imaginé que fuera algo tan bueno.

H.H. hizo un gesto que desestimaba el deslumbramiento de la muchacha. Por lo general, leía los periódicos y quizás alguna revista, pero no libros. Sin explicárselo bien, sin embargo, se sirvió al poco rato una copa, cogió la novela, se acomodó y se puso a leer. De forma lenta, brumosa, lo atrajo aquel fantástico duelo entre un hombre y una ballena. Le gustó el empecinamiento del capitán Ahab por matar a su inesperado rival. Leyó muchas páginas aquellos días, pero cuando por fin le hicieron saber que era la hora de zarpar, aún no había terminado con el libro.

H.H. decidió que Moby Dick lo acompañaría en el viaje a Cuba. Cuando la línea de la costa comenzó a derretirse sobre el resplandor de las aguas, abrió el libro y trató de asimilar el odio de Ahab por el pez. Después, mientras montaba su fusil y lo probaba tiro a tiro contra las nubes del crepúsculo, se soñó Ahab y se sintió importante: iba sobre el mar en busca de su enemigo y en busca de su leyenda.

—Casi se nos jode la pesquería —dijo el médico—. Era tanta el agua que caía, que tuve miedo de que no parara nunca más.

—Por eso te negabas a venir —dijo Juan Ángel, al timón—; el que casi la jodes eres tú.

Ovidio, al lado del chofer, los escuchaba. Risueño, pero en silencio. Caibarién, bajo el doble barniz de la noche y de la lluvia reciente, recobraba un poco de su pasada altivez y Ovidio pensó que le gustaba su ciudad sin alcantarillado, de pocos árboles, de soles abusivos, pero dispuesta siempre a renovarse. Razonaba como todo el que vive cerca del mar, que se sabe bendecido por esa circunstancia y difícilmente logre acostumbrarse a una existencia tierra adentro. Las calles mojadas y solas le sugirieron un ambiente ficticio, de mucha calma bajo el cielo ahora despejado de octubre, y entonces pensó que no hubiera sido mala idea quedarse en casa aquella noche, recesar en los afanes de pesca a que estaban acostumbrados él y sus amigos.

—Está rara la noche —comentó el médico—, parece una noche de película de misterio.

Ovidio miró al médico, extrañado de que hubiera manifestado una idea tan similar a lo que él mismo pensaba segundos antes.

—Acá el socio viene sin ímpetu; tú verás que todavía nos fataliza la pesquería —dijo Juan Ángel, señalándolo.

Ovidio sonrió, sin decir nada. Juan Ángel volvió a hablar:

—Nunca había visto a Ovidio tan callado.

—Verdad —lo apoyó el médico.

—Estaba pensando —explicó Ovidio.

—Pensando… —se burló Juan Ángel.

—Estás muy pensativo hoy —(el médico).

—Desde que salimos —(Juan Ángel).

—Me parece que no soy el único que hubiera preferido quedarse — (el médico).

—Ya veo —(Juan Ángel).

—No jodan más —(Ovidio).

Hicieron silencio. Juan Ángel, al timón, comenzó a reír. “Pa’quitarnos la modorra”, dijo el médico y sacó una botella. Ovidio esperó su turno y bebió un trago del ron bastardo que traía su amigo. Sin una aparente razón, o quizás porque iba rumbo al mar, recordó a su hijo y una conversación con él esa misma tarde, mientras alistaba los anzuelos y los cordeles. El muchacho le preguntó por un libro, por Moby Dick. Ovidio recordaba la novela. La recordaba bien, porque en sus mejores tiempos de lector lo había impresionado la ambigua sordidez de su trama. Pero no la conservaba. Entonces le prometió al hijo que se la conseguiría, “la pido prestada, me la robo, la vuelvo a inventar”, exageró en broma, “pero tiene razón el que te la recomendó”.

—Lo que pasa —comentó el muchacho— es que, según me han dicho, en Moby Dick los personajes son como fantasmas, que son y no son, y en ese estira y encoge pasan las cosas más increíbles.

“Fantasmas”, pensó Ovidio. “No se me hubiera ocurrido”. Y admitió que Moby Dick era en verdad un gran libro, pero él, con alma de poeta al fin y al cabo, prefería como personaje al de la ballena. “Señores”, dijo de pronto, “estoy buscando una novela de Herman Melville: Moby Dick”. Juan Ángel

entonces le echó una mirada de soslayo y dijo una palabrota. “Así que vienes todo el tiempo en silencio, como si estuvieras peleado con nosotros, y cuando abres la boca es para pedir un libro de sabe Dios qué época”.

—Es para mi hijo —aclaró Ovidio.

—Bueno, si es así… —(Juan Ángel).

—Dejen para después el librito, que ahí está la entrada del pedraplén —(el médico).

Yo cuidaba los equipos del pedraplén. En una explanada que le servía de preámbulo, hecha de tierra blanca sobre la que comenzaban a congregarse al anochecer camiones, buldózeres y todo tipo de hierros que chorreaban cansancio. También controlaba la entrada de los pescadores. Había quienes podían pasar, había quienes no, y yo chequeaba sus papeles y los mandaba a seguir o a volver para sus casas.

Aquel día llegué a las seis. Era octubre y oscurecía temprano. Como había llovido por la tarde, me dispuse a esperar a los mosquitos, que no me defraudaron. El aire venía de tierra. Era una brisa escasa que llegaba a intervalos, como si el mar tirara de ella con trabajo. Caminé entre los camiones con el fusil al hombro, fingiendo que no me importaban los mosquitos, que no me importaban las doce horas que debía permanecer en vela, sonambuleando por la explanada. Llevaba un rato de aquí para allá cuando apareció un hombre, a pie. Le pedí que se detuviera. Le pedí el papel que lo autorizaba a adentrarse en el pedraplén. Respondió de mala gana. Me hacía saber que no tenía salvoconducto, que era un hombre en busca de pescado para su familia, y no se daría la vuelta así como así. “Pues no puede seguir”, le aseguré. A pleno día hubiera visto el odio en sus ojos, pero en la noche fantasmal sólo atisbé sus movimientos secos y sus palabras con ira: “Pinga. Como si hubiera que pedir visa para entrar ahí. Eres un extremista. A tipos como tú yo los apuñalara”. Pero se fue.

Volví a caminar entre los camiones. Me subí a uno y conecté la radio. Un locutor avinagrado invitaba a la misma música de siempre y comentaba la falta de frío aquel año. Apagué la radio y bajé, porque un reflejo del lado de Caibarién me avisaba de la cercanía de un carro. Eran Juan Ángel, Ovidio y el médico. Nos conocíamos de allí mismo. Pescaban en el pedraplén con mucha frecuencia y cuando yo estaba de guardia conversábamos un poco. Dijeron que habían ido de casualidad esa noche, pues el aguacero de por la tarde los puso a dudar. “Tanto, que hay uno como en el limbo”, dijo Juan Ángel riendo, mientras miraba a Ovidio. Reí también y entonces el médico agregó: “Ovidio está hoy medio romántico. Ahora, para colmo, quiere que le saquemos un libro de debajo de la tierra”. Como no sé de libros, debí callar cuando Ovidio repuso que el libro era importante, que en realidad era su hijo quien lo quería, y el médico lo interrumpió: “No te preocupes, Ovidio, Moby Dick se encuentra fácil, ya verás como aparece”. Ovidio me miró satisfecho y le dijo a Juan Ángel: “Arranca. Dale, que allá alante hay un montón de peces impacientes por darnos la bienvenida”.

H.H. quería salir cuanto antes del pedraplén. La misión para la cual fueron contratados estaba a muchos kilómetros de allí, en las lomas del Escambray, y si lo pensaban detalladamente, no tenían muy claro cómo era posible llegar a ellas. Por lo pronto estamos ya en Cuba, dijo Big Truck. Si pudimos atravesar el mar, atravesamos lo que sea. Debemos movernos sólo de noche, explicó el Samurai. A menos que tuviéramos un carro.

—Y lo tenemos —dijo H.H.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Big Truck.

H.H., sin responder, señaló hacia atrás, donde habían comenzado a brillar los faros de lo que parecía un automóvil. Por instinto, se agazaparon a un costado de la vía y se quedaron mirando a las luces aún estáticas, mientras alistaban las armas. Por unos segundos se escuchó apenas el susurro del mar a sus espaldas y el golpe breve de una mano que pretendía matar algún mosquito. El auto demoraba en arrancar. El Samurai propuso salir a su encuentro, pero H.H. se oponía.

—Nos será fácil sorprenderlos —insistió el Samurai—. Llegamos sigilosos como lobos y les caemos encima.

Big Truck comenzó a toser. Aguántate esa tos, Big Truck, mandó H.H. Y tú, Samurai, reserva las ganas de ser héroe para cuando estés en las lomas. Y reiteró la orden: esperar. La luna seguía escuálida y la madrugada, ahora seca, no tenía más señales que su monotonía y aquellas luces a la distancia, como una provocación inmóvil. El Samurai seguía impaciente, pero no deseaba enemistarse con H.H. Big Truck parecía indeciso. En realidad, hubiera preferido obviar aquella escena de suspense y aparecer por arte de magia instalado ya en el Escambray. H.H. miraba fijamente a las luces. Iba a comentar algo cuando le pareció que se movían. Se concentró más.

—Viene —susurró.

El Samurai saltó al medio del pedraplén, pero H.H., con una maldición, lo obligó a regresar. Esperen mi orden, mandó. Los minutos que siguieron le sugirieron años a Big Truck. Comprobaba el seguro de su arma para ver si estaba retirado, se palpaba la pistola en la cintura y el cuchillo que tenía adosado a una pierna. Las luces avanzaban. Por fin se dejaron acompañar por el graznido de un motor, y un cono de claridad hizo real el salto de H.H., quien, rodilla en tierra, apuntaba al parabrisas del automóvil. Ovidio, Juan Ángel y el médico, incrédulos, vieron salir de la cuneta a Big Truck y al Samurai, que también los encañonaban.

—Sorpresa —se rió H.H.

—¿De dónde viene este Lada, de Miami? —(Big Truck).

—Saliendo, saliendo —(el Samurai).

—Con las manos en alto —(H.H.).

—O se mueren aquí mismo —(Big Truck).

Salieron. Los otros les seguían apuntando. No tenemos armas, dijo Ovidio, dejen de encañonarnos. ¡Cuidado, gritó H.H., que los mato y no pasa nada! No tenemos armas, insistía Ovidio. Eso nunca se sabe, comentó H.H. con ironía, así que callados y con las manos en alto. Ovidio fue a replicar, y entonces H.H. gritó algo y disparó. Ovidio se derrumbó a sus pies. El médico y Juan Ángel saltaron al agua y H.H. continuó disparando. El Samurai corrió a su lado y le rogó que dejara de hacerlo, mira que

los tiros pueden llamar a la gente, explicaba alarmado.

—Vamos —convino H.H. y maldijo.

Entraron al auto. H.H. se acomodó frente al timón, pero no logró que el Lada echara a andar.

—Mira a ver qué le pasa a esto, Big Truck —ordenó. Big Truck arrancó.

—Ya nos vamos pareciendo a un ejército —rió H.H.—, por lo menos andamos en carro.

Yo no escuché los tiros. Era que la brisa soplaba hacia el mar. Por eso al ver las luces pensé en mis amigos. “Qué pronto se aburrieron”, dije y salí a recibirlos. Por el ruido del motor comprendí que el Lada venía a gran velocidad.

“Estarán medio borrachos”, supuse, y como ya el carro se detenía, me acerqué. La poca luz de la luna me dejó ver que alguien me apuntaba desde el asiento al lado del chofer. Después oí los insultos, y que me rindiera. Simulé entregarles el fusil. Me lo descolgaba despacio, fingiendo que se los daría por la ventanilla, tal como me habían mandado, pero en un instante salté hacia atrás. Vi el fogonazo, escuché el sonido tajante del arma que me apuntaba y disparé también, desde el suelo, tiro a tiro, fuera del alcance de las luces del Lada. Comenzaron a gritar. Aseguraban que los había herido y se iban a entregar, pero que eran muchos, que detrás venían más, que se trataba de un desembarco. “Salgan, cojones”, respondí.

Eran tres. Dejaron los fusiles dentro del carro, como les ordené a gritos, y comenzaron a salir. Uno pretendió acercárseme y de un golpe en la sien lo dejé arrastrándose a mis pies. Fui a patearlo, pero me contuve. Resultó que había herido a dos. Los puse contra un camión, delante del Lada, de modo que las luces me mostraran lo que hacían. “¿Qué hicieron con mis amigos?”, les dije con violencia. “Nada”, aseguraron. “Les quitamos el auto y ya”. La herida de uno era un simulacro, una zanjita en la piel, pero el otro enseñaba un hueco en un brazo y gemía. “Déjeme curarme”, decía a cada rato, pero yo me negaba. “Me muero”, exclamó una vez. “¿Y bien?”, le repliqué.

Empezaba a preocuparme la posibilidad de que éstos fueran realmente la vanguardia de un grupo mayor. Si aparecían otros, yo no podría controlarlos, y me matarían. Eran apenas las dos. Tenía tanta madrugada por delante, tanto tiempo solo con aquellos tipos que me aseguraban ser parte de un ejército, que tuve miedo. Decidí cambiar mi arma, una momia de los sesenta, por una de las que traían ellos. Con cuidado me desplacé hasta el carro y tomé la nueva pieza. Ahora podía estar seguro de que cada vez que presionara el gatillo saldría una bala por la boca del fusil.

El de la herida seria amenazó con desmayarse. Los otros dos me suplicaron ayuda, “déjenos vendarlo un poco”, repetían, pero volví a negarme. “Voy a morirme aquí mismo”, lloró el herido. “Problema tuyo”, contesté.

A cada rato hacía un disparo al aire para llamar la atención de los guardafronteras, o de cualquiera en la costa, a ver si venían en mi apoyo. Me hubiera gustado curar al herido, pero era demasiado el riesgo: no me bastaba para tanto. Sentado sobre el capó del Lada vi a mis prisioneros contra el camión, de espaldas, uno desangrándose y los otros ofreciéndome a intervalos dinero, un reloj, el respeto a mi vida cuando apareciera el resto de la tropa, a cambio de que los dejara libres, y constaté que las horas se insubordinaban y no llegaba el día. “Záfense el pantalón”, les ordené.

“Uno a uno, y se lo bajan hasta los tobillos”. “Nos quiere matar”, dijeron. Era verdad. Con los pantalones en aquella posición no podrían correr mientras los fusilaba. Salté del carro listo para disparar. El herido lloró ruidosamente; los otros dos voltearon la cabeza con timidez. Volvió a llorar el herido. “Si tú estás medio muerto ya”, pensé y entonces vi otras luces acercándose desde la costa.

Eran mis compañeros. Con sólo verlos me percaté de que el tiempo comenzaba a deslizarse a un buen ritmo. Después llegaron los militares, les entregué a los presos y los vi marchar pedraplén adentro, en busca del resto del grupo. A la salida del sol me contaron que eran siete en total, que al resto lo cogieron enseguida, pero los que yo hice prisioneros habían matado a Ovidio. Pensé en mis amigos por separado y comprendí que, de poder decidir a quién salvar de la muerte, yo hubiera elegido a Ovidio. Quizás en otra ocasión no, pero sí, al menos, aquella noche.

Cuando estaba por irme a mi casa quise acercarme por última vez al Lada. Le di la vuelta con una mezcla de alivio y tristeza y descubrí, gracias a ese deseo tonto y casual, que, en la parte trasera, casi debajo de la rueda, había tirado un libro. Lo recogí. Moby Dick, leí y fue imposible que no asociara aquel título extraño con el de la novela que Ovidio quería para su hijo. Quizás los libros no sean culpables de nada, quizás sean lo único en el mundo libre de antemano de toda culpa, pero la verdad es que yo no podía llevarle al hijo de mi amigo un libro que debió pertenecer a uno de sus asesinos. “Le voy a conseguir otro ejemplar”, se me ocurrió.

“No sé de dónde, pero se lo voy a conseguir”, me dije mientras dejaba aquél tirado sobre la tierra blanca.

Nota: El 15 de octubre de 1994 un grupo de terroristas de origen cubano al servicio de la Fundación Nacional Cubano Americana, se infiltraron por las costas de Caibarién, provincia de Villa Clara, y asesinaron al ciudadano Arcilio Rodríguez García.

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