Francisco I: por el amor, la justicia y la #paz

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Por: Lisbet Penín Matos

Transcurría la segunda quincena del mes de enero de 1998. Específicamente entre los días 21 y 25, Cuba se convirtió en el destino del Papa Juan Pablo II. Este acontecimiento tuvo gran repercusión para la Iglesia católica cubana, pues por primera vez un Sumo Pontífice visitaba la mayor de las Antillas.

Pasaron 14 años hasta la llegada de otro Papa a nuestro suelo. En el mes de marzo de 2012, Benedicto XVI, al igual que su antecesor, ofreció una misa en la histórica Plaza de la Revolución a la que asistieron tanto los feligreses como los obreros y estudiantes cubanos.

Desde hace una semana, ya en el 2015, el nombre de Cuba acapara titulares de las agencias cablegráficas, sitios webs de importantes medios de prensa, televisoras y emisoras radiales de todo el mundo. Y es que del 19 al 22 del presente mes el Papa Francisco dejará su huella en esta tierra caribeña cuando ofrezca Santa Misa en las provincias de La Habana, Holguín y Santiago de Cuba.

Pero el jefe del Estado del Vaticano no solo quedará en la mente de los cubanos como el tercer papa que visita el país, pues también contribuyó en el camino que emprendieron a partir del pasado 17 de diciembre los Gobiernos de Cuba y Estados Unidos en la búsqueda del restablecimiento de las relaciones bilaterales: “Lo que pasó entre Cuba y Estados Unidos –apuntó el Papa­­- no tenía un carácter de mediación. Había el deseo en una parte y también en la otra (…) Fue sólo buena voluntad de los dos países. El mérito es de ellos que han logrado esto. Nosotros no hemos hecho casi nada. Solo pequeñas cosas”.

¡Bienvenido Papa Francisco! Así reciben los cubanos al Obispo de Roma. Carteles en las principales avenidas, en las puertas de las casas y en las iglesias hacen alusión a su recibimiento, y le auguran su llegada a un país que respeta y cumple los derechos humanos, que aboga por la paz y por la igualdad social, que prioriza la educación, la salud y la cultura de todos sus ciudadanos.

Arribará Su Santidad, de origen argentino, al continente americano para estar como él mismo dijera “cercano a la gente (…) para hacerme cercano al camino y a la historia de ustedes”. Arribará para hacerse partícipe y defensor de los movimientos sociales y de las ideas revolucionarias que se fomentan en la región y también para demostrar que la patria se construye “desde la pertenencia más chica (…) Patria es el barrio, es la buena convivencia vecinal, patria es de lo chico a lo grande. Hay que empezar a hacer patria desde lo más inmediato”.

Y fue así como se levantó ladrillo a ladrillo la nueva patria grande en América Latina. Comenzó por Cuba y posteriormente se sumaron Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, en fin, el ALBA, para luego unirse Brasil, Argentina, Uruguay, hasta que conquistada la utopía de El Libertador, quedara constituida  la CELAC el 23 de febrero de 2010. Desde esta plataforma comenzaron a proclamarse ideales renovadores en busca de alternativas que solucionen la contaminación ambiental, erradiquen la pobreza y eviten los conflictos bélicos a partir de proyectos integracionistas y de cooperación económica y social.

Poco después, fue Cuba el escenario donde se declaró América Latina y el Caribe zona de paz, en abierto desafío a una realidad global que se presenta asechada por los bombardeos y el tráfico de armas. Cuando la mayor de las Antillas ha alertado que la destrucción de la especie humana es inminente, no está siendo paranoica, es que tras más de 55 años de construcción social en las condiciones más adversas, ha aprendido que la salvación no depende de algo sobrenatural, sino de nosotros mismos.

Al igual que el Sumo Pontífice, América Latina desaprueba el papel de la industria armamentista, cuyo objetivo es producir materiales bélicos para enriquecerse. Es por esta razón que exhortó a todas las naciones a unir esfuerzos por el fin de los conflictos, al tiempo que afirmó: “la paz no es un producto industrial, es un producto artesanal que se construye cada día con nuestro trabajo, nuestra vida, amor, cercanía”.

Se hace imprescindible un llamado urgente a la paz; resulta necesario que la humanidad se sensibilice, se humanice y que se reconvierta en el centro de toda creación. Y en medio de tanta tragedia bélica y en medio del capitalismo salvaje instaurado a través de la globalización neoliberal, el Papa asevera que “esta es una crisis del hombre, que destruye al hombre y se están preocupando por los bancos y no por las familias que se mueren de hambre.”

El Gobierno cubano comparte las tres tareas encomendadas por Su Santidad durante su intervención ante la asamblea del II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Bolivia, el pasado 9 de julio: la primera va encaminada a “poner la economía al servicio de los pueblos”; la segunda a “unir nuestros pueblos en el camino de la paz y la justicia”; la tercera a “defender la madre Tierra, la casa común de todos, que está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente”.

¿Acaso existen diferencias entre las ideas proclamadas por el Papa Francisco y la sociedad edificada por la Revolución Cubana? ¿Aboga el Obispo de Roma por la supremacía del sistema capitalista, la desigualdad social, el desempleo, la pobreza, la guerra, la injerencia y la destrucción del planeta? Quien haya seguido su vida y proyección social desde su natal Argentina, sabe que las respuestas son evidentes.

Una vez más: ¡Bienvenido a Cuba, Papa Francisco! El pueblo cubano compartirá como buen anfitrión su amor, afecto y hospitalidad con la esperanza de crear la conciencia necesaria para convivir todos, sin distinción de raza, credo, cultura, idioma o proceso social, en un mundo mejor. Gracias por llevarnos en su corazón y por confiarnos este, su viaje, como un hijo más de nuestra Tierra.

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