Cuba por el buen vivir de los hermanos

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CARACAS.— Muy joven aún, la doctora Yailín Ríos Caballero parece una mujer orquesta: especialista en Medicina General Integral y en Angiología y Cirugía Vascular, se desempeña también como coordinadora técnica nacional del Programa Buen Vivir para el Diabético que las misiones cubanas de BioCubafarma y Salud sostienen a muchas manos en Venezuela, para bien de su población.

«Aseguramos —explica— la atención integral a las personas con úlcera del pie diabético. No nos limitamos al pie; hacemos el control metabólico de la diabetes y tratamos las complicaciones crónicas para lograr un equilibrio en el paciente».

El programa, que para estimular la cicatrización de la úlcera cuenta con un producto extraordinario, el Heberprot-P, atesora 11 años de implementación en Venezuela, país del mundo —Cuba incluida— donde han sido atendidos más pacientes: 213 284.

La coordinadora técnica nacional refiere la estructura cubana: 14 angiólogos y 20 promotores de salud en 69 municipios de 22 estados, con la función, más que la asistencia directa, que también la ofrecen, de asesorar y capacitar a sus colegas venezolanos en el empleo de nuestro medicamento, de modo que un día asuman toda la curación.

Los resultados son rotundos: mientras entre el 40 y el 60 por ciento de los enfermos que llegan con este padecimiento a las consultas tradicionales terminan en amputación, la gran mayoría de esos más de 213 000 que recibieron Heberprot-P sanaron sin perder miembros. Vaya un ejemplo: de los 7498 atendidos por nuestra misión este año, solo dos (¡mucho menos del uno por ciento!) sufrieron mutilaciones. El valor del tratamiento solidario es mayor porque en Venezuela la diabetes es la quinta causa de muerte y —según afirma la doctora Yailín—, luego de amputada, una persona vive apenas un promedio de cinco años.

—¿Qué se siente al salvar tantas extremidades de quienes marchan, trabajan, luchan por Venezuela?

—Tener el privilegio de conocer este país y sus habitantes y mejorarles la calidad de vida es un orgullo para mí. Sus respuestas conmueven: me dicen «que Dios la bendiga» o «Gracias, doctora», pero muchos prefieren «Gracias, Cuba; Gracias, Chávez; Gracias, Fidel».

—¿Y sus gracias, a quién las da?

—A los que me dieron la oportunidad de estar aquí, de conocer Venezuela y brindar mi poquito de conocimiento. Doy gracias a los pacientes, por confiar en los cubanos.

El placer de curar

La licenciada cubana Dayní Reinoso Farfán es otra profesional múltiple: diplomada en Heberprot-P, urgencias, emergencias médicas y terapia intensiva, ha curado sin límites durante 24 años y ahora en Venezuela salva pieles y pies en el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) capitalino Cruz Villegas.

«Llegué —cuenta Dayní— como enfermera intensivista y a raíz del déficit de personal que tenemos en el Programa Buen Vivir para el Diabético, considerando mi currículo, me trasladaron para esta consulta».

—Pese a sus 24 años de profesión, coincidirá en que esas lesiones impresionan.

—Son fuertes. No todas las personas están aptas para curar a estos pacientes. Los enfermos no siempre disponen de una silla de ruedas o un carro para moverse… y deambulan, o trabajan así, y se les dificulta el reposo. En Cuba, la mayoría de ellos estarían hospitalizados, con medicamento endovenoso, reposo y Heberprot-P aplicado.

La enfermera guarda en su propia piel un catálogo de anécdotas conmovedoras: «La paciente Eys llegó con peligro de perder casi todos sus dedos y ya tiene el pie íntegro. Hay enfermos de La Guaira que se sienten mejor con nosotros. Richard Beyford, que solo tiene 48 años, sufre una lesión en toda la pierna y fue descartado en varios hospitales, pero nosotros le dedicamos mucho tiempo y una cantidad increíble de material. Jorge llegó al cuerpo de guardia sin saber que era diabético; lo diagnosticamos y ya evoluciona bien. Esta semana hemos dado nueve altas».

—Con tantas experiencias en la enfermería, ¿qué hará Dayní cuando llegue a Cuba? ¿Se quedará o no en el programa?

—A no ser que por razones del país me muevan para otro sitio, me quedo en el programa. Te reta, si no te gusta no puedes trabajar en él, pero a mí me da placer curar. Por cierto, tengo un paciente exaduanero que me dice que si me ve en el aeropuerto para regresar a Cuba me baja del avión.

Heberprot-p, alegría y gratitud

El cristalero venezolano Francisco Gutiérrez tiene su propia historia: «Vine asustado porque otros médicos me habían dicho que me tenían que amputar la pierna completa. Mi pie estaba putrefacto, desahuciado, y desde que llegué aquí me atendió la doctora Yailín, angióloga muy profesional que me trató con la milagrosa medicina cubana, sin la cual imagínese la cantidad de gente que hubiese en Venezuela con pies amputados».

Después de su primera cita, hubo reunión en la casa: «Hablamos de que mi fe en estos médicos iba a salvarme. La forma en que te tratan, su amabilidad, su idea de que tú no le hiedes —¡a ti te hiede tu propio pie y a ellos no!—, me hizo tomarles cariño y confianza. Hoy por hoy, tengo el pie intacto y sano».

—¿Cómo avanzó, de consulta en consulta, la mejoría de su pie y la relación con ellos?

—Primero lo de la relación, porque es lo humano: vi la bondad profesional de aprender para aplicarlo a los enfermos. Me fortaleció y cada vez que me quitaban las vendas veía nuevas mejoras y me entusiasmaba más. Estaba cada vez más contento y un día me dieron el alta, ¡sin amputarme nada!

Francisco cuenta, feliz, qué pasó con su oficio de cristalero: «¡Volví! Mis compañeros me preguntaban cómo era eso, porque ellos creían que yo perdería la vida. Estoy otra vez en mi trabajo. Por eso pido que la política no interfiera en el Convenio Cuba-Venezuela. Se trata de la salud del pueblo y los mejores que tratan el pie diabético son los angiólogos cubanos. Cuba y el Heberprot-P tienen la salvación de los pacientes».

—Después de esta historia, ¿qué lugar tiene Cuba en su vida?

—He ido allá; Cuba es muy bonita, pero más bonita es la relación que hay entre las personas: los cubanos son muy atentos y amables. Yo los quiero mucho.

Con 65 años, este venezolano bonachón resume a su modo el fin de su historia clínica: «Me dejaron la pierna como la de un joven de 22», afirma antes de  inundar el CDI con una risa desenfadada y profunda.

¿Cuántas cosas pudo volver a hacer?, le provoca el periodista. «Cuando uno está en esas condiciones no puede tener “chiquichiqui” —confiesa con picardía— y yo creo que hasta eso me ayudó a sanarme rápidamente. Ahora también puedo salir de compras, ir a la playa, bailar, tomarme un buen ron. Le pregunto a un médico si puedo tomar y me dice: no tome solo, tome en compañía», agrega de buen humor.

—En ese ambiente feliz, ¿no recuerda a los cubanos?

—¡Por supuesto! Siempre recuerdas al que te hizo bien. Si una persona te devuelve tu vida, no puedes olvidarte de ella.

La Doctora Yailín Ríos Caballero agradece la oportunidad de curar en Venezuela.

Francisco Gutiérrez siente que los cubanos le devolvieron su vida.

La enfermera Dayní Reinoso quiere quedarse en este sensible programa.

Juventud Rebelde 

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