Ave Fénix (un cuento de Jesús David Curbelo)

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Para Manuel Mendive

Maferefún, Ochún Funké, dijo El Maestro, e introdujo el pincel en el denso amarillo de la paleta. Maferefún, Yemayá Yalode, dijo, y lo mojó en el azul marino. Maferefún, Changó, y el rojo acudió a nutrir la sed del lienzo. Maferefún, Ogún, e incorporó el verde del monte. Se mezclaron con el negro de Eleguá Alaroye, que ya vivía en el dibujo del pájaro que besaba los senos a las hembras danzantes, recortando sus figuras del fondo blanco que Obatalá les donara desde los orígenes del mundo. Los cuerpos fueron llenándose de un deseo anterior a la carne misma, un deseo que latía por siempre en el espíritu de El Maestro. Su mano, instrumento de Olofi para infundir y difundir la vida en aquellos seres, volvió una y otra vez de la tabla a la tela, con la precisión erótica de un orfebre que pule la piedra hasta obtener de ella el brillo del amor. De eso se trataba, de amor, de felicidad, de armonía; de borrar, en el delirio de la Creación que es la creación, cualquier atisbo de resentimiento, de odio, de miedo porque, a la postre, sólo el amor engendra melodías. Y la música, pensó El Maestro, es la expresión sublime de la existencia de los dioses.

El hombre entró en la galería Habana con la intención de comprar alguna pieza para regalarle a su mujer. Fue observando con cuidado cuanto estaba en exposición: Mariano, Portocarrero, Servando, Amelia. Serigrafías de los clásicos de la pintura cubana a unos precios realmente asequibles. Pensó en su mujer: desnuda, hermosa, y quiso algo que se la recordara siempre. Entonces descubrió las bailarinas que se besaban con el pavo real. Manuel Mendive, leyó. Me lo quedo, se dijo. Estaba seguro de que le iba a encantar a su mujer.

Efectivamente, le encantó. La cartulina estuvo en la sala varios meses, recibiendo el halago de unos y la reticencia de otros ante el escándalo de las mulatas revueltas con el ave en un baile de alta carga erótica. Como mi esposa, pensaba el hombre. Y era cierto: la sorprendió una tarde acostándose con el vecino. Después supo que no había sido el único, y estuvo a punto de enloquecer. En uno de sus ataques súbitos trató de emprenderla con la pintura. El amigo que le acompañaba se lo impidió. No seas bobo, le dijo, hay quienes te la compran a muy buen precio.

Como quien se deshace de un lastre insoportable, el hombre vendió el pavo real. Luego se sintió aliviado.

Para El Maestro, pintar pavos reales era una obsesión. Más que una obsesión, una ceremonia. El pavo real, símbolo del amor y la felicidad en la Regla de Ocha, constituía uno de los atributos de Ochún y Yemayá, las diosas danzantes del mar y los ríos, las hembras que enloquecieran de apetito a todos los machos del panteón. El ave en sí misma, por su belleza, había sido siempre asociada a las divinidades; ahí estaba, para confirmarlo, el mito iraniosufí de que Dios, al crear el espíritu del mundo, lo colocó en la imagen del pavo real y éste, al contemplarse en un espejo, conmovido por la grandeza de lo que veía, vertió las gotas de sudor de las cuales surgieron los demás seres.

Para los griegos, significaba el ave de Hera, y los lunares de su cola se identificaban con los ojos de Argos y debían custodiar a Io, la vaca de la luna. En el antiguo Egipto se le asociaba con el sol, venerado en el templo de Heliópolis.

También en la India y el Asia, diversas tradiciones incorporaban al pavo real en los motivos solares, dándole la connotación de abundancia, fecundidad e inmortalidad. Incluso aparecía, en buena parte de la iconografía cristiana, bebiendo de una copa eucarística, picoteando los frutos de la vid, o custodiando el árbol de la vida en el Paraíso. Y El Maestro, con esa sabiduría ecuménica que da el talento, pintaba sin tregua pavos reales con la certeza de estar penetrando el misterio de la existencia y dando testimonio de su alegría por estar en paz con sus ancestros.

—Cinco mil dólares, a la una; cinco mil dólares a las dos; y cinco mil dólares a las tres —gritó el subastador—. Vendido al señor el lienzo de Víctor Manuel por la suma de cinco mil dólares.

Se escuchó un murmullo de admiración entre la multitud que colmaba el Museo Cubano de Miami.

—Y ahora —volvió el rematador—, continuamos nuestra subasta de arte cubano con una pieza de Eduardo Abela, uno de los más conocidos pintores de la vanguardia. Sale por un precio inicial de quinientos dólares.

La puja fue larga, tensa. Varias personas pugnaban por apropiarse de la tela. Una oportunidad como aquélla era bastante ocasional. De hecho, era la segunda vez que se producía en años. Y eso a pesar de la fuerte protesta de algunos sectores que acusaban al museo de comerciar con obras pertenecientes a artistas que le hacían el juego a Fidel Castro y participaban de la oscura política cultural que su gobierno implantara en la Isla. En los días anteriores a la venta pública, habían circulado, por las emisoras de Miami, cartas de denuncia contra la dirección del establecimiento, y hasta un grupo de artistas emigrados se personaron a protestar y a pedir la renuncia de los miembros de la Junta Directiva que habían facilitado la presencia en la ciudad de tales obras.

El Abela fue vendido en tres mil doscientos dólares y el subastador anunció el siguiente nombre: Portocarrero. Después de otra dilatada porfía, una señora lo obtuvo por cuatro mil ochocientos. Y siguieron las propuestas: Amelia, Servando, Carmelo González. Y continuaron los dólares, por cientos y miles, resonando en el ámbito del salón.

Al Maestro lo llamaron enseguida para comunicarle la noticia. En los primeros momentos no lo quiso creer. ¿A quién podía ocurrírsele semejante atrocidad? ¿Cómo era posible que alguien con un mínimo de cordura se dedicase a cosas de tal índole? ¿Estaba seguro su interlocutor de lo que contaba? Que sí, coño, que sí; si hasta había sido filmado por la televisión. ¿Y qué cosa podía hacerse ante eso?, preguntó. ¿Una denuncia? ¿Un pleito? No, dijo la voz al otro lado del hilo; en todo caso, sentir por él una lástima tremenda. Puede ser, dijo El Maestro, pensativo.

Y luego averiguó:

¿Y no tienes más detalles? Algunos, le contestó la voz, pero a lo mejor no te gusta oírlos. No importa, respondió El Maestro, la curiosidad es el inicio del conocimiento. Hacia el final de la oferta, pasaron a las serigrafías. Fue el momento en que uno de los miembros del grupo que boicoteaba la velada alzó su ficha y gritó:

—Ciento cincuenta.

Otra voz ofreció ciento ochenta.

El conductor de la subasta retomó su sonsonete, pero no alcanzó a pasar de la segunda vez.

—Doscientos —vociferó el primer competidor.

—Doscientos, dice el caballero —recalcó el subastador.

—Doscientos cincuenta —dijo el contendiente.

—Trescientos.

—Trescientos cincuenta.

—Cuatrocientos dólares —escandalizó el primer interesado.

Un silencio sospechoso invadió la sala.

El maestro de ceremonias tornó a su provocación:

—Cuatrocientos dólares ha propuesto el señor del fondo.

Las miradas se volvieron hacia el otro adversario. El hombre mantuvo el silencio.

—Cuatrocientos dólares a la una, cuatrocientos dólares a las dos, cuatrocientos dólares a las tres —pronunció, alborozado, el subastador—. Vendido el Oshún y el pavorreal, de Manuel Mendive, por cuatrocientos dólares.

Fue la última pieza de la noche.

El nuevo dueño depositó la suma prometida y se alzó con su trofeo.

—Ahora verán ustedes para qué sirven estos muñecos de los comunistas.

Todos lo contemplaron atónitos. El hombre salió del museo y afuera, ante las cámaras de la televisión, sosteniendo la lámina por una punta, le pegó fuego por la otra con su encendedor. Nadie atinó a detenerlo. Unos se alejaron, disgustados. Otros, risueños, corearon consignas contra el gobierno de Castro. El hombre soltó la cartulina ardiente y las llamas rojas, verdes, amarillas y azules terminaron siendo un montón de cenizas sobre el pavimento.

El Maestro colgó el teléfono.

Por la ventana de su cuarto pudo contemplar el sol alzándose sobre los techos de Madrid.

Maferefún, Olorun, dijo, y saludó, también, a Olodumare y a Olofi. Luego bajó a su estudio, preparó un nuevo lienzo, dispuso los colores en la paleta, pidió la bendición de sus santos y comenzó a pintar.

FIN

Nota: Este acto fascista contra la cultura fue realizado por un miembro de la Fundación Nacional Cubano Americana el día 22 de abril de 1988.

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