19 vidas de abril (9):El capitán Carbó

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Tomado del libro “66 horas”,
de Rodolfo Romero.

Samuel[2]: La compañía ligera del Bon 116 de las Milicias y el Batallón de la Policía Nacional Revolucionaria avanzaron contra las fuerzas invasoras atrincheradas en la salida oeste de Girón.

Los compañeros milicianos, con poca experiencia en el combate, al avanzar por el flanco derecho no se percataron que estaban a la altura de una trinchera de piedras que tenían los mercenarios. Allí nos mataron a varios milicianos, en total tuvimos 32 muertos y un centenar de heridos. Las escuadras que comandaba el capitán Carbó y que avanzaron pegadas al mar, habían recibido un fuego mortífero al salir a la bifurcación del camino.

Marcelino: En aquel momento habíamos perdido cuatro tanques T-34 y un SAU-100, que es un cañón autopropulsado. Y los tanquistas, no es que estuvieran apendejados, pero es que llevaban varios días ahí, en los tanques. Imagínate tú, metido en ese espacio, y Carbó se sube en un tanque para decirles que pelearan y para arengar al resto de la tropa.

Raúl[3]: Se para en el tanque porque tenía que hacerles un llamado a esos muchachos jóvenes que estaban en el tanque para que se crecieran más todavía. Y parado sobre el tanque, con el peligro que eso tenía de que lo vieran desde el tanque del agua, es allí cuando cae.

Samuel: Carbó se encontraba unos metros detrás de mí. Le dio la orden a los compañeros y comenzó a exhortarlos con más bríos y a andar de un lado para otro de pie, arriesgándose constantemente. Unos compañeros que estaban ahí, nos contaron que le dijeron varias veces que tuviera más cuidado, que no se emocionara tanto porque podía ser herido… A los pocos minutos de cruzar el terraplén del lado del tanque hacia la uva caleta, fue herido en el hombro izquierdo, y aún continuó exhortando a los compañeros y disparando con su FAL… A los pocos minutos… le dieron un tiro en la frente. Cayó mortalmente herido. Y de verdad, sin que esto parezca un drama, no soltó el fusil. Murió de frente al enemigo y empuñando en su mano derecha el FAL.

La Habana, 2011. Lee en la revista la convocatoria para un concurso: “Género, testimonio; motivación: el aniversario 50 del Minint”. Su hermano lo embulla:     -Dale, mijo, escribe algo sobre la historia del Minint, sobre alguna fecha importante de este año; no sé, investiga, y a lo mejor hasta te ganas el premio. Reisel entonces comienza la búsqueda de un tema. Se decide por contar la historia de algún mártir de la institución. ¿Pero cuál? Por su mente se cruzan varios nombres, Adriana Corcho, Rolando Pérez Quintosa… sin embargo, no se decide por ninguno.

Un día visita el Instituto Superior del Minint y allí, en uno de los murales, relee con atención los nombres de los mártires. Por vez primera repara en un nombre que ha oído mencionar, pero cuya historia desconoce por completo: Luis Artemio Carbó Ricardo. Los meses venideros se centrarán en una búsqueda insaciable. Entre las páginas de un libro encuentra una breve biografía. En ella lee que Luis Artemio había nacido el 20 de octubre de 1937, en Sagua de Tánamo, en Holguín, que tuvo varios hermanos y que dos de ellos también fueron combatientes: Eugenio y Antidio.

“Concluyó los estudios primarios con notas de sobresaliente en la escuela Juana Baster y fue el primer expediente en el centro José de la Luz y Caballero, donde cursó el nivel superior. Estudió además el nivel elemental de violín, que fue siempre una de sus pasiones, y desarrolló un gran interés por la lectura”. Al final de aquellos datos biográficos decía que Carbó había caído combatiendo en Girón.

Con esa información y siguiendo una pista amiga, Reisel llega a la casa de Félix, un Coronel de la reserva, quien había formado parte del Batallón de la Policía que enfrentó a los mercenarios en Playa Girón. En una informal entrevista, el joven universitario descubre que Félix y Carbó eran amigos desde jóvenes.

“Yo lo conocí cuando entré en la Escuela de Comercio, en el año 1952. Él estudiaba en el curso diurno, y yo por las noches. Coincidimos en el equipo de voleibol de la escuela. Le gustaba mucho el deporte y siempre estaba estudiando. Era muy conocedor de la política, siempre decía lo que pensaba y había desarrollado una madurez revolucionaria que a mí me sorprendía”, le cuenta Félix.

Carbó había participado en varios mítines que se hacían en la escuela y en otras partes de la ciudad. También participa en el sepelio de Batista Rubio, asesinado por esbirros de la dictadura, y dicen que iba entonando las notas del himno del Movimiento. Por estas acciones detienen a Carbó y lo golpean brutalmente. No le queda otra alternativa que alzarse en la Sierra Maestra. En poco tiempo se incorpora a la compañía B “Juan Manuel Ameijeiras”, comandada por Efigenio.

Las anécdotas narradas por Félix de la etapa de la lucha en la Sierra, no son suficientes para Reisel. Busca el libro Más allá de nosotros, y también logra entrevistarse con Marcelino Sánchez, uno de los más destacados combatientes de la compañía. Entonces toma nota en su libreta de las principales anécdotas que luego darán cuerpo al testimonio.

“En una ocasión, cuando Carbó salía del Campamento de Bayate y se dirigía rumbo a La Lima junto a otros compañeros en dos jeeps, lo emboscaron un grupo de fusileros de las tropas de la tiranía, justo a la entrada del río. Los rebeldes lograron actuar rápidamente y se desplegaron por el río. A causa de la sorpresa, a Carbó se le quedó la escopeta en el jeep y cuando se vio desarmado regresó bajo las balas a buscarla. La poca decisión del enemigo permitió que la mayoría de los rebeldes se dispersara; solo mataron al chofer del primer jeep y a otro compañero. Carbó y los demás, ocultos en el río, dentro de un cayo de piragüitas, miraban desde muy cerca las botas de un soldado. Carbó le dijo a uno de sus compañeros: “¡Le voy a tirar al hijo de puta ese!”. Por suerte, el otro lo persuadió: “¡Por tu madre, Carbó, no le vayas a tirar, que los otros nos van a acribillar!”.

Entre los documentos que revisa, Reisel encuentra parte de la correspondencia que sostiene con sus padres. Este fragmento lo toma de una misiva fechada el 12 de marzo de 1958.

“Amadísimos padres:

Me resulta doloroso y triste, y siento que las ideas se agitan y desvanecen en mi mente, al tratar de explicarles el motivo de esta insoslayable misiva, a pesar a ello, trataré de enunciarme diáfana y concienzudamente (…). Por tanto asumo el deber que nos legaron nuestros antepasados y ofrendo mis fuerzas por el derecho de una Cuba libre y soberana (…) su Luis”.

Dos meses después, el día de las madres, envía este telegrama: “Aunque lejos el destino me tenga, en esta fecha yo nunca te olvido, una flor que mi pecho sostengo, amor y recuerdo será. Tu hijo, Luis”.

De la conversación que sostuvo con Félix, Reisel retoma en su cuaderno algunas notas que destacan a Carbó como parte de la artillería del Ejército Rebelde en los combates de Nicaro, -causándole grandes daños a la fragata Antonio Maceo- lmías, La Lima, Carrera Larga -donde descarrilan un tren-, Cupeyal -fue herido en un hombro-, Ermita, Puerto Boniato, Soledad, y la toma de Guantánamo (Alto Songo).

Del primero de estos combates, Reisel apuntó: “Nicaro, 23 de octubre de 1958. El teniente Ferry cuenta que la fragata Antonio Maceo se pone a tiro y le abren fuego con los fusiles y con el cañón inglés, semiautomático, de 20 milímetros, que manipula Carbó. El cañoncito efectuó sólo cuatro disparos y se encasquilló, pero fue suficiente para sembrar el pánico en la fragata y hacerle media docena de bajas”.

Las acciones de Alto Songo, durante la toma de Guantánamo, ocupan gran parte de la descripción que el joven va escribiendo: “Por orden del Comandante Raúl, para apoyar la operación Gancho[4], se envió un grupo de hombres bajo el mando del Teniente Carbó. Rápidamente se ocupó el poblado y fueron sitiados la estación de policía y el edificio del Ayuntamiento. Carbó emplazó el cañón, que tenía largo alcance, frente a la estación y con solo tres cañonazos los hizo rendirse.

“Ante la posible llegada de refuerzos provenientes de Santiago de Cuba, el Comandante Raúl envió a Carbó con el famoso cañón hacia donde venía el refuerzo, con el objetivo de aguantarlo por un tiempo y poder efectuar la retirada de Songo. Como parte de los refuerzos venían varias tanquetas que, por su blindaje y su rápida maniobrabilidad, sus dos ametralladoras y su cañón de 37 milímetros, llevaban ventaja sobre las fuerzas guerrilleras. Carbó, quien tenía los grados de teniente, abrió fuego sobre la primera tanqueta que apareció. Le dio como cinco cañonazos a la tanqueta, que se incendió y se fue por una cuneta para abajo”.

Como nota final a este periodo de la lucha en la Sierra, Reisel escribe: “Después de los combates de La Maya y Alto Songo, Carbó fue ascendido al grado de segundo teniente, por orden del Comandante Raúl Castro Ruz”.

¿Cómo llega Carbó a las arenas de Playa Girón? Con esa pregunta, Reisel regresa a casa de Marcelino. La premura de aquel primer encuentro y la petición del propio entrevistado de esperar unos días para revisar en su archivo personal, habían dejado pendiente la segunda parte de la conversación.

Después de un café vespertino, Marcelino le cuenta que el 16 de enero, cuando Carbó visita a sus padres junto a su hermano Antidio, conoce la noticia de la muerte de Eugenio, su otro hermano miembro del Ejército Rebelde, ocurrida el día siete como consecuencia de las heridas recibidas en los combates desarrollados el 31 de diciembre, entre Prestón y Mayarí. Después lo trasladan para La Habana.

La mente de Marcelino y unos cuantos papeles viejos que aún conserva, van hilvanando una red en la historia. “Cuando regresa lo ascienden al grado de Capitán y lo destinan al Departamento de Dirección de la PNR. Creo que después trabajó como Jefe de Guardia Especial de la Comandancia General de la Policía y en las jefaturas de varias unidades: la decimonovena (Guanabacoa), la novena (Zapata y C) y la séptima (Infanta y Manglar). También ocupó el cargo de Jefe de la Tropa de Choque de la Comandancia General, fue miembro de los consejos de guerra y se desempeñó como segundo Jefe del Buró de Investigaciones”.

La parte siguiente de la historia la recuperó de las notas de aquella primera conversación con Félix. “A Carbó también lo llaman para la limpia del Escambray y allí forma parte del Estado Mayor, como Jefe de Operaciones. Después del Escambray, pasa a Jefe de Protección en la Refinería Ñico López. La última vez que lo vi aquí en La Habana me presentó a una muchacha preciosa, y me dijo que se iba a casar con ella. La joven era habanera, y era realmente linda”.

Del día 18, Reisel recuerda haber leído que antes de partir, Carbó habla con los combatientes acerca de las medidas de seguridad. Les dice que el enemigo tiene hombres-rana y grupos de comando y que había que tener mucho cuidado. Ya en las inmediaciones de Girón, debe marchar al frente de la Compañía Ligera de Combate del Bon de Milicias 116.

Llega el momento del combate y la cosa se hace mucho más difícil para el joven investigador, porque 50 años después los protagonistas que aún viven tienen diversas versiones y ninguno de sus dos entrevistados estaba al lado de Carbó en el momento de su muerte.

Todos coinciden en que en ningún momento dejó de arengar a los combatientes, que aún herido en un hombro seguía combatiendo, que el disparo mortal lo recibió en la frente y que nunca soltó su fusil FAL. Algunos dicen que estaba encima de uno de los tanques, otros que avanzaba pegado a la costa… “La historia es caprichosa y hay esencias innegables”, se dice Reisel y escribe en uno de los márgenes de su libreta, sabiendo que esa línea no aparecerá en el testimonio final: “Carbó tenía tremendos cojones”.

Para terminar el borrador agrega que Luis Artemio recibió póstumamente el grado de comandante. Ahora, frente a la cuartilla en blanco, que en breves minutos se llenará con los matices de la historia investigada, Reisel duda un segundo. Es una vieja costumbre: antes de empezar a escribir tiene que escoger un título que lo motive. Eso siempre trae sus complicaciones. Piensa en uno, en dos, en tres variantes, pero ninguna lo convence. No quiere usar adjetivos grandilocuentes, la historia no los necesita. No quiere tampoco poner grandes epítetos. Va a escribir de un hombre, de un cubano que hizo hazañas increíbles y que fue un digno hijo de Cuba. Por eso, y para dejar que sean los lectores quienes lo llenen de adjetivos, coloca en el centro de la hoja: El capitán Carbó. Solo entonces empieza a escribir.

Arístides[5]: Carbó cae entre “Vilacito” y yo. Entonces, al poco rato, estalla un mortero y hay un polvero del carajo, y digo: Comandante, Comandante, Vilacito está herido, le han arrancado una pierna, dije, porque yo lo veía echando sangre y entonces me dijo que tratara de sacarlo. Imagínate. Yo miraba la candela que había entre los tanques, pero bueno, la orden del jefe es que había que sacarlo, entonces me paré rápidamente, me lo tiré a cuestas y salí corriendo por entre los tanques. Cogí mi fusil y seguí hasta atrás, y cuando estaba llegando sentí otro morterazo que me levantó en peso. Entonces me toco: Bah! No hay problema. Pero entonces cuando voy a caminar… tremendo ardor en la pierna. Veo la sangre y digo: ¡Coño, me la han arranca’o!, pero decido que no puedo quedarme allí. Entonces me cruzo el fusil y sigo por toda la orilla, a rastras, hasta que unos compañeros me cogen, me cargan, y me llevan hasta el puesto médico.

Continuará…

[2] General de División Samuel Rodiles Plana, en entrevista para la multimedia Girón (2006) y entrevista para el Sistema Informativo de la Televisión Cubana (2011).

[3] Raúl Díaz Noa. Fragmento del testimonio en el documental “De los humildes”, 2011.

[4] La operación Gancho se realizaría principalmente en las zonas de las columnas 6, 9 y 17. El golpe principal se daría contra la ciudad de Alto Songo, cabecera municipal, y se atacarían simultáneamente los cuarteles de La Araña, Marcané, Baltony, Ermita, Cuneira y Soledad. También se hostigarían las ciudades de San Luis y La Maya”.

[5] Teniente Coronel (R) Arístides Albear Savón, en entrevista para el Sistema Informativo  de la Televisión Cubana (2011).

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