19 vidas de abril (8): Trató de agarrarlo, de socorrerlo…

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Tomado del libro “66 horas”,
de Rodolfo Romero.

Eusebio Cañer y Tomás Palmero se hacen amigos en la Novena Unidad, en La Habana. Eusebio es ocho años más joven que Palmero pero el tiempo compartido los vuelve hermanos. Ahora están en medio del combate, la “curvita endemoniada” apenas los deja avanzar. Ellos son de la cuarta compañía y avanzan tanto como los primeros. Palmero va delante con su fusil en la mano. La ráfaga calibre 50 lo atraviesa por el estómago. Eusebio que está detrás escucha el grito corajudo de su amigo herido de muerte. Rápidamente lo sujeta por la espalda, no quiere que caiga al piso, trata de agarrarlo, de socorrerlo pero…

14 de agosto de 1939. Santa Isabel de las Lajas. Nace Eusebio Anastasio Cañer Enríquez. Hijo de campesinos, Ángela y Leocadio, Eusebio estudia hasta tercer grado en la escuelita de su barrio, pero tiene que abandonar los estudios para dedicarse a las labores agrícolas en el central San Agustín.

Mientras trabaja en el central, se vincula a las actividades del Movimiento “26 de julio” y por el rigor con que desempeña sus acciones tiene que pasar a la vida clandestina.

Después de enero de 1959 se incorpora a las Milicias Nacionales Revolucionarias. Al producirse el ataque mercenario a Playa Girón, es uno de los que se presenta en la Motorizada para incorporarse al Batallón de la Policía. Allí se reencuentra con su amigo Palmero.

Unas horas después, sobre la arena de la playa, se funden en un eterno abrazo. Cuando se lanza a socorrer a su amigo, mientras lo sujeta por la cintura para que no caiga al suelo, las mismas balas enemigas acaban con su corta vida; fiel a la Patria y a su amigo.

Todavía el reloj no anunciaba el mediodía de aquel 19 de abril.

Félix: Recuerdo que un miliciano huyendo del fuego enemigo se pegó demasiado al agua y fue arrastrado por las olas. El hombre se empezó a ahogar y otro compañero suyo de la Ligera del 116, resguardó su fusil en la orilla y se lanzó al agua para salvarlo. En ese momento no importó la lluvia de balas, fueron cosas heroicas que uno a veces las cuenta así, pero que había que estar allí para comprender la magnitud de tanta valentía.

Gine: Ellos tuvieron todo el día anterior y la madrugada para atrincherarse. En aquella curvita fue el momento más violento. Recuerdo que los mercenarios quemaron de un morterazo el tanque que iba por la cuneta izquierda. La lluvia de balas no cesaba, era un infierno, yo iba detrás del tanque que iba por el centro de la carretera y que en algún momento dejó de avanzar. Yo me quedé allí, atrincherado, detrás del tanque sin poder salir.

Félix: Siete leguas iba al frente de la cuarta escuadra. Así le decíamos al capitán Roberto Benítez; un guajiro de la Sierra que había luchado junto a Raúl en el Segundo Frente. Le decíamos así, igual que al caballo de Pancho Villa, porque durante los entrenamientos caminaba con un paso tremendo. En algún momento del combate lo hirieron y le ordenó al que fue en su ayuda: Deje, yo me curo solo, siga disparando. Benítez siempre fue un guajiro fuerte de verdad.

Continuará…

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