19 vidas de abril (6): El hijo de Maximina

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Tomado del libro “66 horas”,
de Rodolfo Romero.

Félix: Cuando llegaron los tanques, reforzamos el armamento. Nosotros llevábamos un fusil FAL con 180 tiros y allí nos dieron un pico, una pala y una caja con 100 tiros más. Avanzamos detrás de los tanques, eran cuatro o cinco.

Marcelino: Nuestra tropa se dividió a ambos lados de la carretera. Delante iba la Ligera del 116, al frente de ella y por el lado de la costa iba el capitán Carbó, y por el otro, pegado al mangle, iba Sandino.

Gine: Mi compañía se incorporó delante, en la cuneta de la izquierda. Entonces vimos unos paracaídas que caían en Girón. La gente apuró el paso: Vamos a cogerlos, a cogerlos. Entonces los morterazos aumentaron.  Marchamos detrás de los tanques. El capitán Carbó iba a la derecha,  a la orilla de la playa y comienzó a gritar: Arriba, a incorporarse, detrás de los tanques, vamos, a cogerlos… Ya estábamos casi frente a los mercenarios.

Félix: Eran alrededor de las diez de la mañana cuando llegamos a la curvita en la que el enemigo nos hizo fuego de una manera fortísima. Inmediatamente, yo con mi escuadra me tiré al suelo, puse mi fusil en ráfaga e hice fuego… solo salieron dos disparos, ahí mismo pensé que me había puesto nervioso, entonces quité el depósito, puse otro, tiré y nada.

-Oye, qué te pasa- me gritó uno.

-Que esto se me trabó.

-Gradúa el cilindro de gases.

Efectivamente, estaba como a siete y medio, y lo puse como a tres y medio. Apreté el gatillo y me salió una ráfaga que me devolvió el alma al cuerpo.

En ese momento escuché la orden del comandante Efigenio que nos gritaba para que cambiáramos de posición, porque con todo aquello del fusil, mi escuadra y yo habíamos quedado en medio de dos fuegos. La balacera era tremenda y cuando estaba cambiando de posición la onda expansiva de una granada me zafó la tira de la mochila que cayó a unos centímetros de mí y fue aplastada por un tanque nuestro que iba retrocediendo incendiado. Indiqué a toda mi escuadra que cambiara de posición. Dioscórides me dijo que él se quedaba allí. Yo cambié y cuando miré de nuevo hacia él, vi que lo habían abierto por el estómago. Estaba muerto.

José[1]: Dioscórides era granadero. Le explotó un obús de mortero y entonces quedó abierto completo, no se le veía la cara ni nada. Digo: “Coño, quién será”. Lo veo vestido de verdeolivo y pienso: “este es policía también”. Saco el carné del bolsillo y cuando veo el carné, óigame, yo me eché a llorar compadre, a mí no me da pena decirlo.

Juan Dioscórides Prieto Delgado. Así es inscrito el 25 de noviembre de 1940 en su pueblo natal de Jovellanos, provincia de Matanzas. Escribir la vida de los héroes es difícil. A veces se entrelazan investigaciones, biografías y recreaciones literarias. Las siguientes líneas son fragmentos de una crónica de la Teniente Coronel Odalys Amaro titulada “El hijo de Maximina”.

«El 20 de abril de 1961 fue uno de los días más largos de la existencia de Maximina Delgado Cuesta. Humilde, negra, mujer, revolucionaria, se repetía a sí misma que solo había motivos de júbilo tras la victoria alcanzada sobre el enemigo imperialista; pero Maximina era madre y las madres siempre saben.

«En la espera recordaba la boda con Crisóstomo y el nacimiento de Juan. Se veía a si misma viuda, cargando con las modestas pertenencias y sus hijos para mudarse para La Habana, la gran capital que le ofrecía mayores posibilidades para ganarse la vida en labores domésticas y donde tenía algunas amistades y recomendaciones.

«Desde su llegada a la humilde vivienda de Espada 470 apto 3 entre San José y San Rafael, ella empezó a trabajar y Juan pudo alcanzar el 6to grado. Aún le parecía estarlo viendo cuando a los 13 años le dijo que iba a comenzar de aprendiz de mecánico en un garaje ubicado en San José entre Espada y Hospital. Antes que ella replicara expuso sonriente las ventajas: Son solo $2,00 semanales, pero es un buen oficio y la gente del garaje son personas decentes.

«La visión de un anuncio del cine del barrio le recuerda cómo le gustan el cine y el deporte, y cómo trataba siempre de ahorrar algo para darse ese gusto, sobre todo cuando, para lograr otras opciones o una segunda posibilidad de trabajo, comenzó a estudiar mecanografía y secundaria, y lo orgulloso que se puso al alcanzar el octavo grado.

«Lo ve sentado a la mesa, contándole que había ingresado al Ejército de Batista como parte de los ingenieros de la Compañía B de construcciones. También se inquieta cuando lo trasladan a la provincia de Oriente y se entera por telegramas de que su hijo estaba participando en operaciones en la Sierra Maestra.

«Recuerda el silencio de finales del mes de octubre de 1958, roto apenas con algún que otro misterioso recado de que “estoy con los rebeldes” y la certeza de lo apenas escuchado, cuando oficialmente le habían certificado su condición de “desertor”.

«No fue hasta después del 8 de enero de 1959 que supo lo demás; recuerda el día en que por fin el hijo llegó sucio y hambriento con unas pocas horas de descanso a la casa, la alegría de la familia y, en la madrugada la voz cansada y soñolienta de Juan contándole: “Cuando los rebeldes atacaron el cuartel de Charco Redondo, mi compañía, que dirigía el teniente Rodolfo Villaniel, fue enviada a ese mismo lugar, estuvimos haciendo operaciones como hasta el 10 de noviembre, ese día supuestamente salimos a realizar un patrullaje y nos pasamos, con el Teniente al frente, al lado del Ejército Rebelde. De ahí fuimos para la Sierra Maestra, hicimos escala en un lugar conocido por Pico Verde, en Pinolito de Victoriano y luego fuimos recibidos por Fidel y Celia, ¡¿te imaginas vieja, por el propio Fidel y por Celia?! Nos explicaron muchas cosas y nos dijeron que desde ese momento pertenecíamos a la Columna No.1 “José Martí”, y que estaríamos en el campamento de La Estrella en Bueycito. Cuando se fue Batista, que la “cosa” se puso fea y bajamos para Santiago, nos dijeron que íbamos a acompañar a Fidel por todo el país en la Caravana de la Libertad, por eso me viste al pasar por el Malecón cuando llegamos el día 8 y, ahora vieja, ya me ratificaron como soldado del Ejército Rebelde, voy a estar en Ciudad Libertad como instructor de infantería”.

«Semanas después le había dicho, muy orgulloso, que había sido seleccionado para integrar la compañía de la policía militar, bajo el mando del teniente Luis Molina, encargado de la Seguridad del Estado Mayor del Ejército Rebelde.

«Le viene al recuerdo cuando entró en la Policía Nacional Revolucionaria. Eso de la policía algunas vecinas no lo vieron bien,  pero ella sabía que esta era diferente y que su hijo hacía lo correcto, además estaba cerca de casa, en la Octava Unidad.

«¿A qué viene tanto recordar?, se reprocha mientras cuela un poco de café. Es entonces que el conocido color del uniforme, entrevisto apenas por la puerta entreabierta, le hace suspirar aliviada. Pero frente a ella no está Juan, son dos o ¿quizás tres? compañeros, policías igual que él, jóvenes y cansados como él, escoltados por las vecinas más cercanas sin necesidad de decir lo que ya Maximina sabe».

Continuará…


[1] José A. Guerreo Gutiérrez. Fragmento del testimonio en el documental “De los humildes”, 2011.

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