19 vidas de abril (3): Uno de los hermanos Sánchez

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Tomado del libro “66 horas”,
de Rodolfo Romero.

Marcelino: Al frente del Batallón iba el comandante Samuel Rodiles, destacado combatiente del Segundo Frente, quien se había desempeñado como Segundo Jefe en los días del Escambray.

Félix: En Girón integraron la Plana Mayor de Rodiles los capitanes Carbó, Marcelino, Sandino y Marcos Girón. Era un batallón muy combativo, la mayoría con la experiencia adquirida en el Segundo Frente, casi todos miembros del Ejército Rebelde y otros miembros de la Policía que se habían entrenado fuertemente en la lucha contra bandidos.

Entre estos últimos estaba Julián Raymundo Sánchez Gómez. La historia de Julián y de sus hermanos se inicia en Yaguaramas, Aguada de Pasajeros, actual provincia de Cienfuegos. Después de la muerte del padre, Pedro Sánchez Lima, la familia se traslada a la capital. María Gómez Granados y sus hijos tratan de abrirse camino en la nueva ciudad y Julián comienza a trabajar como dependiente en “El Dragón de Oro”, una fonda de chinos situada en la calle Vives.

Cuando el Movimiento “26 de Julio” empieza a tomar fuerza en La Habana los hermanos Sánchez Gómez están entre los primeros en incorporarse. Julián y su hermano Antonio tienen que pasar a la más completa clandestinidad en determinados momentos.

Antonio llega a convertirse en coordinador del Movimiento en Marianao. En 1958, es detenido por el BRAC y es interrogado por el esbirro Mariano Faget. Julián también cae preso, es interrogado, golpeado y, afortunadamente, es puesto en libertad. Los hermanos demuestran que son capaces de resistir a las torturas sin pronunciar una sola palabra.

Lamentablemente, no todos los miembros del Movimiento son como ellos. En octubre de ese mismo año, a solo unos meses del triunfo revolucionario, el traidor Ariel Lima entrega a más de 100 compañeros en la capital -a muchos de los cuales torturó y asesinó personalmente-. Entre ellos estaba Antonio.

Se produce entonces el tiroteo a la Decimoquinta Estación de policías en Marianao. El sanguinario esbirro Pilar García ordena asesinar a 4 detenidos por cada esbirro muerto o herido. Antonio, que ya había sido brutalmente torturado, aparece entre los primeros seleccionados para completar la cifra de 91 víctimas. Su cadáver aparece con 30 balazos en el cementerio de La Lisa.

La muerte de Antonio golpea fuertemente a la familia. Sin embargo, Julián y Máximo, otro de los Sánchez, siguen en pie de lucha. Quizás como acto de honor a la memoria del hermano, son los primeros que entran pistola en mano para ocupar la Tercera Estación, el 1ro de enero de 1959, donde capturan a los asesinos de Antonio.

Un mes después, en febrero, Julián ingresa en la recién creada PNR, precisamente en la Tercera Unidad, como vigilante número 789. Por ese entonces vive junto a la madre en casa de su hermana Irene, ubicada en Águila No. 836 entre Gloria y Corrales. En los meses más cercanos a abril del ´61, vive en Infanta No. 1507 apto. 6 entre Estévez y Santa Rosa.

Al constituirse el Batallón de la Policía para enfrentar el bandidismo en Las Villas y Matanzas, Julián integra sus filas y permanece por más de cuarenta días en operaciones. El 15 de marzo de 1961 cumple 31 años. Una semana antes de la agresión mercenaria recibe pase y visita a su familia… por última vez.

Viene en uno de los camiones desde la Loma del Esperón y hace una escala en Patrulla. Al día siguiente Julián avanza hacia el enemigo. Pese al increíble huracán de fuego que cae sobre el Batallón, apenas se cubre en el combate: “Si hay que morir, moriremos”. Víctima de un morterazo, su cuerpo queda totalmente abierto a unos metros de la playa.

Félix: Pasamos por el central Australia y continuamos rumbo a Pálpite, en dirección a Playa Larga. En ese momento nos cruzamos con unas cuantas ambulancias. Por la magnitud de los vendajes se veía que eran heridas muy serías. Nosotros íbamos cantando: “Somos socialistas, pa´lante y pa´lante, vamos pa´ la playa, a acabar con los yanquis” y pasaron las ambulancias y automáticamente dejamos de cantar. A mi lado iba Juan Dioscórides, nos miramos y dijimos: Ahora es que hay que gritar: “Somos socialistas…” y entonces reanudamos el canto.

Gine: Llegamos a la entrada de Playa Larga y encontramos un tanque nuestro destruido a la derecha, un camión y varias guaguas incendiadas. Después supimos que fueron bombardeadas con napalm por la aviación enemiga. El comandante Rodiles nos dio la orden que avanzáramos con los camiones por la carretera que iba hacia Playa Girón. Catorce kilómetros después, debíamos encontrarnos con el capitán Carbó.

Humberto[1]: Yo iba en una de las guaguas Leyland. Después que fuimos bombardeados y las guaguas destruidas, me arrastré hasta el monte como pude. Allí me quité las ropas, me había quedado en camiseta y calzoncillos. Me sentía el cuerpo muy mal y pensé en morir allí: nunca pensé volver a estar vivo. Me quité las botas, me escondí detrás de un palo con el fusil, esperando al enemigo mientras tuviera algo de vida… yo sabía que en la situación en que estaba, quemado en la forma que estaba, sabía que era difícil salvarse… además a cada rato me volvía a encender… a cada rato le daba el aire a la sustancia esa que tenía todavía en el cuerpo y se volvía a encender. El aire batía un poquito y lo húmedo del calzoncillo, la sustancia esa, se prendía. Me apagaba con la mano, le daba manotazos a la candela y se volvía a prender. En la pierna, en el brazo, y yo apagándome. Con las manos. No había otro medio para apagarse (…) Me quemé toda la cara. El pelo no se quemó por la boina, parece. Con el fusil y las manos me había tapado los ojos. Toda la cara quemada, los brazos, las piernas, la espalda: el 63 por ciento del cuerpo quemado.

Continuará…


[1] Humberto Valdés, miliciano, en testimonio publicado en el libro Girón en la memoria, de Víctor Casaus.

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