19 vidas de abril (14): Con la mano quemada en “El Encanto”

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Tomado del libro “66 horas”,
de Rodolfo Romero.

Félix: A las doce o a la una de la tarde, el capitán Fernández le indicó a nuestro jefe que la aviación iba a tirarle al enemigo.

Gine: Había un “pisicorre” en los límites cercanos al enemigo. Ese sería el punto de referencia para la aviación, nadie debía avanzar más allá de ese punto. Alrededor de las tres empezó el bombardeo.

El 13 de abril la capital se estremece cuando escucha la noticia de que han quemado “El Encanto”. Rodolfo recién recibió el alta del hospital, donde se recuperaba de una pequeña dolencia, y ahora está de reposo en casa. El sonido de los carros de bomberos y de la policía, lo hacen salir y tomar rumbo a la famosa tienda. Ignorando las advertencias y prohibiciones de sus familiares, Rodolfo llega al lugar del siniestro. Ayudando a los bomberos y a otros  policías, sufre quemaduras en la mano izquierda.

Es 19 de abril y una camioneta “suicida” se acerca bajo las balas mercenarias y recoge a un combatiente que ha sido atravesado por una bala de calibre 50. El chofer pisa el acelerador como nunca antes lo ha hecho: tiene que llegar al hospital de Jagüey Grande antes que gane la muerte. Cuando el dolor aumenta, Rodolfo, herido de muerte, siente el apretón de manos del sanitario que lo acompaña, entonces recuerda.

Pasan por su mente imágenes de su infancia en Alto Songo, las condiciones humildes en que lo criaron sus padres Julio y Magdalena, la escuela pública de San Benito en la que alcanzó el sexto grado y la primera vez que se le ocurrió ser miembro del Movimiento “26 de julio”.

Con solo quince años, Rodolfo es un decidido y arriesgado combatiente clandestino, que además practica deportes como la pelota, el boxeo y la natación. Se alza y se une a las tropas del Ejército Rebelde, por ello el 26 de agosto de 1958 se suma a la Compañía A de la Columna 17 “Abel Santamaría”, en el Segundo Frente. Ahora siente las balas, los gritos y el humo de los combates de Alto Songo y de La Maya.

Después del triunfo de la Revolución, Rudy, como le dicen los más allegados, ingresa en la infantería de la Marina y, tiempo después pasa a la PNR. Ahora recuerda cuando colocó en su informe la chapilla con el número 2598, aquella mañana en la Cuarta Unidad.

En enero de 1961 lo seleccionan para pasar un curso de capacitación en la Academia de la Policía. Después presta servicios en la Comandancia, bajo las órdenes del Comandante Efigenio Ameijeiras.

Rodolfo va encima de la camioneta… el dolor se hace cada vez más intenso. Entre sus recuerdos aparece la imagen de Teresa, la mujer de quien se había separado apenas un mes antes y que en unos meses tendrá un hijo suyo.

Muchos lo persuaden para que no vaya al combate. La quemadura en la mano es el más obvio de los impedimentos. Pero Rodolfo insiste. El 10 de diciembre de 1961 hubiera cumplido 20 años. Por mucho que el chofer acelera Rudy no llega con vida al hospital. Lo entierran en el mismo Jagüey Grande y unos meses más tarde, su madre Magdalena traslada sus restos hasta Alto Songo, en Santiago de Cuba. Otra madre que entierra a su hijo, otra niña que nace sin padre, otra vida que se funde en el abrazo con la patria.

Continuará…

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