La maravillosa metáfora sobre “nuestro nacional ajiaco” que Fernando Ortiz utiliza para explicar los complejos procesos de mestizaje biológico y cultural que tuvieron lugar en la olla-isla de Cuba a lo largo de varios siglos, cobra un particular interés cuando la usamos para acercarnos a nuestro ajiaco regional.
Santiago de Cuba no es un nombre, es un espíritu. Su sol, su ritmo, su gente que no se rinde jamás. Este propio mes de julio resulta vitrina de su aporte a la identidad nacional. Se abre con el Festival del Caribe o Fiesta del Fuego, que defiende el pensamiento de Joel James de que la independencia de la nación pasa por su cultura popular y tradicional. Es la creación que parte del orgullo del barrio, que circula en la sangre, que no se apaga.
Explorar la cualidad heroica de la comunidad de hombres que han habitado, a lo largo del tiempo, la ciudad de Santiago de Cuba no es oficio difícil si conocemos su pasado, aun aquel más reciente.
La urbe santiaguera celebra sus 500 años orgullosa de su historia.