El uso de la violencia, ya sea en los ataques con drones, ya sea en el encarcelamiento y la tortura en prisiones como Guantánamo, podríamos decir que ha devenido parte de la cultura estadounidense post 11 de septiembre de 2001. En nombre de la lucha contra el terrorismo, EE.UU. ataca sistemáticamente con drones, o aviones no tripulados, a Pakistán, Yemen y Somalia; y también ha usado drones en las invasiones militares de Afganistán, Irak y Libia.
Descubrir el lado más oscuro de todas las artimañas, trapos sucios, fabricación de falsos pretextos para iniciar guerras y operaciones encubiertas, acoso sexual, filtración de documentos y otros malos manejos del Pentágono, ha sido uno de los más preciados anhelos de periodistas honestos, tanto de EE.UU. como del mundo. Un lugar cimero en este empeño lo ha logrado Seymour Hersh.
Las facultades de Derecho de las universidades de Stanford y de Nueva York acaban de dar a conocer un estudio sobre las consecuencias del accionar de los aviones no tripulados (ANT), drones en inglés, que surcan los cielos de Pakistán y lanzan misiles contra supuestos talibán y la población civil (//livingunderdrones.org, septiembre 2012). La investigación duró nueve meses, se realizó en parte sobre el terreno y da cuenta de los llamados “daños colaterales”, es decir, el número de civiles muertos por esas agresiones. Pero no sólo.