Globalización equitativa vs el Apocalipsis según Trump

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Por Francisco Arias Fernández

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Mientras en La Habana el secretario general de la Organización de Naciones Unidas,  Antonio Guterres, convocaba a los líderes mundiales a “seguir creando, seguir trabajando, seguir luchando por una globalización equitativa que no deje a nadie atrás” y asumir unidos los actuales desafíos para la humanidad, el Presidente de EE.UU., Donald Trump continúa apostando a la guerra, retirándose del acuerdo nuclear con Irán, atizando la destrucción de Siria y generando un nuevo baño de sangre israelí contra el pueblo palestino con la apertura de su embajada en Jerusalén.

Esas posiciones extremistas llenan de dudas y escepticismo los previsibles resultados del anunciado encuentro con el mandatario de la República Popular de Corea (12.6.2018 en Singapur), acontecimiento que utiliza el norteamericano como ropaje internacional de supuesta buena voluntad y paraguas contra los escándalos internos, mientras ensaya un zarpazo militar contra el citado país, con más de 100 aeronaves cazas y bombarderos estadounidenses y sudcoreanos, gesto nada cordial ni pacífico, altamente provocador contra Pyongyang, que siembra más desconfianza y tensión en la Península, después de expectativas efímeras.

Las cuestionadas decisiones del magnate presidente han estado secundadas por las amenazas e insultos de altos funcionarios de su gobierno, cual jinetes del Apocalipsis, abogan por políticas y sanciones que solo conducen a la muerte, el hambre y la confrontación contra Venezuela, Nicaragua y Cuba, mientras prosigue la cruzada internacional anti-rusa, la guerra económica contra China, el diluvio de sanciones en todas direcciones que lo enfrenta, incluso a sus aliados europeos, y no cesan las bombas terroristas en Afganistán e Iraq.

Sumamente paradójico y preocupante resulta que cuando el mundo celebraba el aniversario 73 de la victoria sobre el fascismo alemán, que exterminó a más de 60 millones de seres humanos en nombre de viejos objetivos imperiales, y la comunidad internacional sigue invirtiendo enormes esfuerzos por paliar los graves desafíos globales, regionales y por imponer la paz en el planeta, en Washington la prioridad es la estrategia de seguridad nacional de “Estados Unidos primero”, no importa el precio de las armas ni cuántos más haya que matar en cualquier oscuro rincón del planeta con misiles inteligentes, bombas nucleares o el servilismo de gobiernos y ejércitos mercenarios.

Mientras Rusia recuerda a los más de 28 millones de muertos en el antiguo territorio de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial; y el mundo rinde homenaje a las víctimas de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, EE.UU. lanza amenazas de repetir el crimen en suelo asiático y entorpece la vía del diálogo y la cooperación en función de la desnuclearización.

Cuando  el planeta recuerda a sus muertos en lugares simbólicos y monumentos; en el museo del aire y del espacio, a pocos kilómetros de Washington se exhibe como una pieza valiosa de la historia de EE.UU. el avión que lanzó las bombas atómicas, junto a aeronaves espías (silenciosas para los radares), cohetes inteligentes, bombarderos, cazas y otros protagonistas luctuosos de las guerras y agresiones contra Afganistán, Iraq, Libia y muchas otras naciones, “frutos” de la revolución industrial en diferentes momentos, pero una vergüenza permanente para la humanidad. ¿Qué mensaje nos deja el culto a esas armas?

La ideal cuarta revolución industrial

Las palabras del secretario general de la ONU en la capital cubana, al profundizar en las actuales amenazas, desafíos y metas de la comunidad internacional, ponen de manifiesto los caminos contrapuestos de quienes apuestan por la globalización equitativa y los partidarios del hegemonismo, la desigualdad, el egoísmo y el exterminio de la especie humana en nombre del mercado salvaje.

Guterres reveló que “por más de una generación, los ingresos del 1% más rico del mundo han crecido a un ritmo dos veces mayor que los del 50% más pobre”. Afirmó que “nos guste o no, el aumento de la desigualdad se ha convertido en el rostro de la globalización, y ha generado descontento, intolerancia e inestabilidad social, sobre todo en los más jóvenes”.

“Las personas se preguntan con razón: qué mundo es este donde un puñado de hombres, (porque los más ricos del mundo son hombres, en la extrema riqueza la desigualdad de género también existe), acumula la misma cantidad de riquezas que la mitad más pobre de la humanidad”, sostuvo.

Alertó Guterres que: “Al mismo tiempo, la forma en que vivimos y trabajamos se va transformando por efecto de la tecnología, desde la bio-ingeniería hasta la inteligencia artificial, y mucho más… pero debemos aprovechar el potencial de la cuarta revolución industrial y protegernos al mismo tiempo de los riesgos que plantea. Este va a ser probablemente el reto más difícil que vamos a tener en las dos próximas décadas, hacer de la cuarta revolución industrial un lugar origen de bienestar y de progreso y no un riesgo que puede tener consecuencias muy negativas para la vida de nuestras sociedades y economías”.

Añadió que “en un mundo más complejo y multipolar, debemos redefinir el concepto de desarrollo, sobre todo en las regiones de transición, y países de progreso mediano, como los de América Latina y el Caribe (…) Necesitamos una economía mundial que beneficie a todos y cree oportunidades para todos”.

¿Y cómo es desde EE.UU?

Desde EE.UU., por el contrario, se promueven las políticas supremacistas, proteccionistas, racistas, antiinmigrantes  de la administración Trump; el estímulo a los conflictos bélicos y las tensiones en lugar del diálogo y la cooperación; su catálogo de sanciones, las listas negras para castigar a empresas y empresarios del mundo entero; la guerra económica para destruir gobiernos y hacer rendir por hambre; presupuestos militares y de inteligencia récord; operaciones encubiertas, proyectos subversivos, métodos de guerra no convencional, con el protagonismo de la USAID, la NED y sus subcontratistas, y carrera armamentista en desenfreno a costa de la cuarta revolución industrial y a favor del complejo militar industrial; la proliferación de bases militares y de ejercicios bélicos por doquier; la promoción de torturadores y halcones a puestos clave de la Casa Blanca; el desprecio por el medio ambiente y los instrumentos internacionales para preservarlo; un gigante paraíso fiscal, donde se lava dinero de todos los continentes y de los más diversos ilícitos transnacionales.

Los caminos apocalípticos que promueve Washington no tienen nada que ver con la máxima prioridad que presta la comunidad internacional a la erradicación de la pobreza, al empoderamiento de la mujer, la inclusión productiva de los jóvenes, la reducción del riesgo climático, la creación de puestos de trabajo decentes o la movilización de inversiones no contaminantes en favor del crecimiento económico.

Ofrecer dignidad y más oportunidades a todos en un planeta sano no es la lógica de Trump, quien a pesar de sus millones utiliza el dólar como arma de guerra para el chantaje y la presión a fin de doblegar a aliados, adversarios y enemigos.

Además, en lugar de promover la integración regional, contribuir a aprovechar las oportunidades y a enfrentar los desafíos transnacionales, la Casa Blanca atiza los conflictos en Latinoamérica y el Caribe, en detrimento de su desarrollo sostenible y del propósito de mantenerla como una zona de paz. Miami, la principal arteria de conexión económica, comercial y financiera con la región, constituye un lavadero de dinero que se contrapone a la intención de la ONU de lograr un mayor compromiso por parte de la comunidad internacional de combatir la evasión de impuestos, el blanqueo de dinero y las corrientes financieras ilícitas.

Tampoco se toma en serio el cambio climático, sus culpables ni consecuencias. “Ese es un asunto de la ONU no de los ricos, un pretexto propagandístico de China en la competencia comercial”, han justificado distintos voceros estadounidenses, que tuvo su momento más elocuente aquel otro retiro irracional de Trump, cuando se apartó del pacto universal de París en esa materia.

El desentendido de Washington resulta letal cuando -según la ONU- los efectos del cambio climático siguen extendiéndose por todo el mundo y “es necesario adoptar medidas colectivas para apartarnos de ese camino que nos lleva al suicidio”.  En el 2017 el costo económico total de los desastres relacionados por el clima alcanzó la cifra récord de 320 mil millones de dólares. La temperatura y el nivel de acidez de los océanos son mayores que en cualquier otro momento de la historia escrita y el vínculo entre el cambio climático y la devastación causada por el clima es evidente.

Tales realidades y desafíos instaron al secretario general de la ONU a convocar una cumbre mundial sobre el clima en septiembre de 2019 en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, donde se reunirán dirigentes de todos los ámbitos para cumplir los compromisos de París y para elaborar planes para el desarrollo sostenible más ambiciosos.

No hay dudas de que “la desigualdad se ha convertido en el rostro de la globalización”, lo que sigue siendo fuente de  descontento, intolerancia e inestabilidad  social, atizada por la política hegemónica e imperial de Estados Unidos, que al decir de algunos de sus históricos aliados europeos “ya no resulta confiable” por ser una potencia que incumple su palabra; en América Latina y el Caribe insultan las reiteradas muestras de desprecio en Washington por los habitantes de esta parte del mundo; el Medio Oriente resulta un avispero que arde entre guerras y crímenes, donde la Casa Blanca tiene siempre las manos llenas de sangre.

Cuba, que ha sido ejemplo para el mundo en los últimos 59 años, en la lucha por la igualdad y la equidad,  denunció el pasado 16 de mayo ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra, Suiza, una de las armas predilectas de la actual administración estadounidense, para hacer rendir por hambre a gobiernos y pueblos.

El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla, fue directo y claro al denunciar en la presentación del informe de Cuba al tercer ciclo del examen periódico universal del citado Consejo que “El recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos contra Cuba y su aplicación extraterritorial provoca privaciones y continúa siendo el principal obstáculo para el desarrollo económico y social del país. Esta injusta política, rechazada por la comunidad internacional, viola los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional, y representa una flagrante, masiva y sistemática violación de los derechos humanos de todo nuestro pueblo, a la par que califica como acto de genocidio, a la luz de la Convención para la Prevención y Sanción del delito de genocidio de 1948”.

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1 Comentario

Ernesto Vera ,Holguín dijo:

Que magnífico idea fuera que este tipo de análisis tan profundo y convincebnte se publicara en la prensa escrita porque no todos los cubanos tienen todavía acceso a inrternet. Es una pena que este comentario se quede únicamente en la prensa digital.

23 mayo 2018 | 06:54 am