Yo siempre estaré volviendo

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De no ser por los zapatos que ahora calza, Hipólito Torres Guerra sigue siendo en la apariencia, a sus 88 años, el mismo Polo de la guerra en la Sierra: pura voluntad y vigor de escalador empedernido.

Ni el tiempo ni los cuidados tiernos de su nieto médico –«que es el culpable de que los pies se me hayan puesto finos por unas “cutaras” cómodas que me trajo de Venezuela»– han podido separarlo un ápice de ese título que lo precede, como a un héroe su gloria.

El Capitán Descalzo –porque siempre anduvo con los pies desnudos– fija los ojos en los picos de la Maestra, al volver a Buey Arriba, vísperas del nuevo ascenso que realizará a La Mesa, «mi finca del alma»; un intrincadísimo paraje que descubrió a punta de machete, buscando un palmo de tierra fértil que él mismo bautizó e hizo parir. Allí también, a la par de los retoños verdes, reprodujo lo suyos, de carne y hueso, en una familia grande.

Hoy regresa por enésima vez hasta el lugar que hace 60 años exactos el Che decidió tomar por Comandancia, posterior al campamento de El Hombrito, ya demasiado vulnerable a la aviación enemiga.

«El Che volvió a mi finca porque ya me conocía, de cuando le di refugio unos días después (35) del combate de El Uvero, a cargo de unos heridos, y luego al salir de El Hombrito, y lo hirieron en un pie cerca de Altos de Conrado, cuando venía a instalar el nuevo campamento cerca de mis tierras.

«Miró una loma que le pareció excelente y me preguntó cómo se llamaba el lugar de mi conuco. “La Mesa”, contesté, porque cuando llegué encontré una piedra inmensa rodeada de cuatro palos que parecía eso, una mesa. Entonces volvió a mirar pa’ la loma y dijo que no había mesa sin pata, aunque fuera bocarriba, y decidió llamar así, Pata de la Mesa, a la montaña donde puso la Comandancia de la Columna 4».

El pasaje aconteció el 8 de diciembre de 1957. «Y fue con todo: hospital, hojalatería, escuelita, la imprenta de El Cubano Libre, una armería… Yo le busqué el lugar seguro para la armería, bajando el río, protegida por unas piedras grandes. También hice el hospital por orden suya».

Desde ese día, el joven Polo se convirtió en el corazón de toda gestión logística. Fue como si en la humildad viviente que era aquel campesino descalzo –«porque no me hallaba bien en zapatos ni cuando ya pude tenerlos»– el Che depositara toda la confianza, que en sus manos nada saldría nunca mal.

Polo era el práctico por excelencia del jefe guerrillero en los siete meses que el argentino permaneció en Pata de la Mesa, y entre ambos hubo una relación de verdadera e íntima amistad; al punto de mediar el Che en las discusiones matrimoniales con Juanita, la inseparable mujer del campesino.

«Dormía en mi bohío muchas veces y nunca aceptó que le diéramos la cama. “Quédese ahí con los muchachos y Juanita. Usted sabe que lo mío es esto”, y agarraba los bastos y la montura, que era siempre su almohada».

Aun bajo techo en un lugar sin ventanas, para la entrevista, Polo parece que mira a la Sierra, como si los mejores retratos de su vida colgaran de los picos.

Repasa los hitos personales, de cuando el Che le encargó dirigir el primer grupo de «descamisados»; una previa de fuego, de resistencia, para escoger los combatientes que quedarían en la tropa, y él le regalaba las botas suyas a alguno de ellos. Claro, nadie nunca se atrevió a flaquear por no tener zapatos. ¿Cómo decírselo al Capitán Descalzo?

Siente un orgullo colosal por saber que desde su querido recodo de la Sierra el Che sumó victoria tras victoria y creció en su nombre épico, que en la punta de vanguardia de la tropa brilló el Camilo legendario, que allí nombraron Comandante a Raúl, a Almeida, a Ramiro, y que incluso había planes de hacerla Comandancia General, si la guerra se extendía tras la invasión.

Allí había quedado Polo, por si acaso, como garantía de la vitalidad del lugar. Tal vez habría que volver.

Las tareas de la Revolución lo forzaron a bajar a la ciudad, o más bien cerca, en una finca al borde de Manzanillo, porque jamás dejó de ser el campesino.

Con tal fidelidad, siguió siendo también el Capitán Descalzo que regresó todos los almanaques a La Mesa, como hace todavía, a pesar de que ahora va en zapatos, de que pasaron ya 60 años de nombrarla Comandancia, y de que cuenta 88 en sus espaldas: «Yo siempre estaré volviendo».

Granma

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