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Por Rolando Pérez Betancourt 

A cien años del nacimiento de Santiago Álvarez (8 de marzo de 1919), hombre y artista siguen perdurables al paso del tiempo. Foto: Cortesía del autor

A cien años del nacimiento de Santiago Álvarez (8 de marzo de 1919), hombre y artista siguen perdurables al paso del tiempo. Foto: Cortesía del autor

Sin ser periodista de formación ni tener el cine como oficio, Santiago Álvarez pronto encontró  el camino hacia la obra perdurable.

Dos factores fueron fundamentales en ese crecimiento comenzado cuando él ya tenía 40 años de edad: la sensibilidad y el talento. Después vendrían la pasión, el trabajo sin horarios, la vocación revolucionaria, que le hicieron dirigir clásicos del documental y cimas del mejor periodismo, concretadas en el Noticiero Icaic Latinoamericano.

Lo conocí en 1967, junto a Iván Nápoles,  encaramados en el techo de una embarcación durante el Campeonato Mundial de Caza submarina celebrado en Cayo Ávalos. Como sucedería muchas veces, director y camarógrafo discutían sin ponerse de acuerdo (en pocas ocasiones un director de cine y su camarógrafo predilecto han sido tan disparejos. Viéndolos trabajar parecía como si no se entendieran. Santiago, un puro nervio inmerso en el trance creativo; Iván, la calma exterior, la búsqueda por dentro. Luego, el resultado de la obra vendría  a demostrar que los dos habían nacido para complementarse gracias al arte).

En Santiago convivían el periodista y el poeta. ¿Cuál primero, cuál después?

Una posible respuesta pudiera encontrarse en la imaginación y en el poder asociativo que lo caracterizaban y Hanoi, martes 13 es una prueba de ello. En 1966 lo sorprende un bombardeo estadounidense a esa ciudad y no se limita a captar el genocidio  del  hecho noticioso, del cual es un testigo excepcional. Quiere más, mucho más, y arma un documental que hoy está considerado entre los
clásicos mundiales del género, entre otros aspectos porque hace gala de un montaje asociativo que habrá de caracterizarlo a lo largo de su carrera. Combina  en esa obra a  Martí y los niños, Martí y su texto sobre los anamitas,  hace una denuncia in situ al genocidio  yanqui,  recurre a  imágenes de archivo y logra que la  figura del presidente Lyndon Baines Johnson emerja,  cual máximo representante de una arrogancia imperialista que no vacila en sembrar desolación y muerte a su paso por una tierra en la que,  moralmente, no tienen nada que ir a buscar.

El documental corta el  aliento, pero también deja  una sensación nada panfletaria de que Vietnam vencerá. Y ello en los momentos más duros de la contienda.

Santiago hizo de la invasión de Estados Unidos a Vietnam (15 viajes allá) su propia guerra. Quienes lo conocieron saben que el tiempo era su obsesión. Llegaba, se encerraba en el Icaic y en unos pocos días el  material estaba listo.  La urgencia periodística marcó no pocas veces  al artista responsabilizado con dar a conocer al mundo lo que en ese mismo minuto estaba sucediendo. En esa inmediatez indispensable, el periodista sí se le impuso al poeta, sin que el poeta dejara de aparecer.

Un día le pregunté si no temía repetirse artísticamente con aquella obsesión suya por la  guerra de Vietnam. Ya había dado a conocer la magistral 79 Primaveras (1969), sobre la vida de Ho Chi Minh, y otros materiales más, y entre jaranas me invitó  a un pase especial de Abril de Vietnam en el año del gato (1975), recién finalizado.

El filme transcurría plácidamente (cito de memoria más de 40 años después) cuando de pronto, entre una muchedumbre que camina por el medio de una calle, aparece la imagen de un hombre de pueblo que, imperturbable,  avanza con una  bicicleta. ¿Y qué carga sobre ella sin que la gente que lo rodea se asombre? Parte del fuselaje de un avión de combate estadounidense derribado sobre aquella misma tierra.

Una imagen cinematográfica que por esos misterios de la mente y la retina me acompaña siempre que pienso en Santiago y en su capacidad para detectar lo extraordinario. En este caso, una asociación magistral entre la tecnología imperial al servicio de la muerte y  la serenidad de un hombre sin miedo.

Granma 

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