Villeguita: un joven que lo dio todo por la Revolución

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Por Israel Hernández Álvarez

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Muchos de quienes conocieron al joven Enrique Villegas Martínez dentro y fuera del ámbito estudiantil, lo recordaron siempre por sus cualidades de líder y de patriota en las décadas del 40 y 50 del pasado siglo.
Para sus amigos, familiares y compañeros de luchas, era rebelde por naturaleza, capaz de darlo todo por la causa de la Revolución; sin embargo, para la soldadesca batistiana significaba un revoltoso que le daba dolores de cabeza.
Según han contado algunos de los que lo conocieron, siempre disfrutaba las jugarretas que hacía al ejército y a la policía del régimen en Sancti Spíritus, su ciudad natal, en la cual desarrolló la mayor parte de su vida revolucionaria.
“Un día, recordó Josefa (Fina) Repetti Arteaga, una vecina allegada, le prendió candela al aserrío de la esquina. Entró corriendo a mi casa y dijo que no me preocupara.
“Nos sentamos en la puerta de entrada y vimos a la gente que corría hacia el lugar, y él haciéndose el desentendido, preguntaba qué había sucedido. En eso llegaron los guardias y los bomberos; irónicamente gritó: ‘¡Viva Batista!’. Se burlaba de los esbirros en su cara sin temor a nada.
“A veces me daban miedo las cosas que hacía y sonriente decía: ‘No seas cobarde vieja, tú verás que no pasa nada’.
Rolando Castro Cortés, su condiscípulo en el Instituto de Segunda Enseñanza, evocó anécdotas que demuestran la valentía de quien fuera el coordinador del Directorio Revolucionario13 de Marzo en territorio espirituano.
“En una ocasión varios alumnos tomamos el centro estudiantil, se nos hizo el consejo disciplinario y nos separaron del Instituto. Él protestó audazmente, porque nunca se quedaba callado.
“No sentía miedo. Después de participar en cualquier acción contra la dictadura iba para la casa y se quedaba como si nada hubiera sucedido. A veces, a la luz de la bombilla que prendía a la entrada del hogar, se ponía a leer obras martianas y allí venían a detenerlo.
“Con sangre fría les expresaba a sus captores que lo esperaran un momento para guardar el libro. Rápidamente regresaba y les decía: Bueno, ya podemos irnos.
“Cierto día se le ocurrió poner en la azotea del Instituto un palo negro como si fuera una ametralladora apuntando hacia abajo y aquello fue del c… ,puso a correr a la policía”.
En un desfile martiano quiso poner la ofrenda floral ante el busto del Héroe Nacional que estaba en el parque central espirituano. La policía trató de impedir el acto; pero Enrique indicó formar dos grupos. El primero, se desviaría por una calle para distraer a los carros patrulleros y el otro, donde marchaba él, llegaría por otra avenida paralela hasta el lugar de destino.
Cuando los agentes vieron desviarse a los manifestantes, corrieron con el objetivo de detenerlos, momento que aprovechó Villeguita para burlar la vigilancia y realizar el homenaje al Apóstol.
A mediados de los años 50 de la pasada centuria, Fulgencio Batista visitó el centro docente local y coincidió con Luis Zalazar Callicó, revolucionario habanero que iba a contactar con el destacado líder del movimiento insurreccional.
Uno de los guardaespaldas del tirano al reconocer a Zalazar Callicó trató de detenerlo, pero Villegas se percató y con rapidez le pidió a varias alumnas simular un tropezón con los guardias mientras jugaban en el patio de la escuela. Eso facilitó que ambos jóvenes escaparan por una de las ventanas del edificio.
Así, jugando malas pasadas a representantes del régimen, transcurría la vida del rebelde joven, quien fue detenido en varias oportunidades y en una de ellas guardó prisión durante nueve meses en Santa Clara.
El acoso le resultaba insoportable y no tuvo más alternativa que alzarse en una zona del grupo montañoso de Guamuhaya, lo cual llevó a cabo el 25 de diciembre de 1957.
Al mes de vida guerrillera, el ya capitán Villegas, mientras cumplía la misión de trasladar 12 mil balas y medicinas en las cercanías del poblado de Güinía de Miranda, cayó en desigual combate frente a las fuerzas de la tiranía. Póstumamente fue ascendido al grado de Comandante.
Según un testigo batistiano, el bravo guerrillero, aún con vida, balbuceó el nombre de Mayra, su pequeña y querida hija, cuando el esbirro lo remató en el suelo. Villeguita se convertía así, aquel 25 de enero de 1958, en el primer mártir del Escambray en la última etapa insurreccional cubana.

ACN

 

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