Una cultura fundacional y #rebelde siempre

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Reinaldo Cedeño Pineda *

Santiago de Cuba no es un nombre, es un espíritu. Su sol, su ritmo, su gente que no se rinde jamás. Este propio mes de julio resulta vitrina de su aporte a la identidad nacional. Se abre con el Festival del Caribe o Fiesta del Fuego, que defiende el pensamiento de Joel James de que la independencia de la nación pasa por su cultura popular y tradicional. Es la creación que parte del orgullo del barrio, que circula en la sangre, que no se apaga.

En esa propia filosofía, sobrevienen los festejos del carnaval. La ciudad abre sus brazos, sue­na la corneta china, arrastra tras de sí a visitantes y lugareños. Trocha arriba y Martí abajo. Pre­cisamente en tiempos de carnaval, un 26 de julio de 1953, se asaltaron los muros del Mon­cada. Ese día, la rebeldía, la cultura y el aliento popular se fundieron para siempre en la ciudad.

En tierra santiaguera nació en el siglo die­ciséis, el mestizo Miguel Velázquez, primer maes­tro y músico notable de la Isla. La ciudad atesora desde 1610 el Santo Ecce Homo, óleo sobre madera, envuelto en mil leyendas y considerada la obra pictórica más antigua en Cuba. Por su parte, Tadeo Chirino (1717-1791), se inscribe como pionero de las artes plásticas.

La creación del Seminario San Basilio Mag­no (1722), la So­ciedad Económica de Ami­gos del País (1787) y la imprenta con Matías Al­queza (1792) marcan la centuria del dieciocho; mientras Esteban Salas (1725-1803) convierte la capilla de música de la Catedral santiaguera en “un verdadero conservatorio”.

El poeta Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805) y el periodista y erudito Manuel María Pérez y Ramírez (1772-1852) dejan su huella en las letras;―la historiadora Olga Por­tuondo aportó recientemente dos volúmenes que exploran la huella de estas figuras. Desde el destierro, José María Heredia (1803-1839) ha­ce flotar en sus versos una patria que habría que arrancar todavía al coloniaje español.

Un puente entre siglos traza Emilio Bacardí Moreau (1844-1922), una personalidad impresionante. Sufrió prisión por su apoyo a la lucha independentista y fue alcalde santiaguero en los albores del veinte. Desarrolló una intensa labor social y literaria. El primer museo público de Cuba, obra de sus desvelos, atesora objetos de la historia patria y una pinacoteca que incluye, entre otras, piezas de José Joaquín Tejada. “El pintor nuevo de Cuba”, así le llamó José Martí.

Para encontrarte, Santiago, habrá que ba­jar por la larga escalinata del Cabildo Teatral Santiago con una tropa de soñadores. Teatro de relaciones que busca a su público en la calle. Habrá que asomarse a las raíces del Conjunto Folclórico de Oriente, el eros desbordado de Teatro de la Danza del Caribe, los suaves movimientos de la Tumba Francesa La Caridad de Oriente, Obra Maestra del Pa­trimonio Oral e Inmaterial de la Hu­ma­nidad.

Habrá que abrir las páginas de la novela Bertillón 166, de José Soler Puig, para habitar una ciudad indoblegable y clandestina. Aso­marse a la lírica de Luisa Pérez de Zambrana, José Manuel Poveda, César López, Jesús Cos Causse y Teresa Melo. O, al amarillo, los azules profundos, las callejas pintadas por An­tonio Ferrer Ca­bello, Miguel Ángel Botalín, Aguilera Vicente, Loreto Ho­rruitiner, todos vinculados a la Academia José Joaquín Tejada.

Santiago de Cuba es la voz de Luis Car­bonell. La estatua ecuestre de Antonio Maceo en la Plaza de la Revolución, obra de Alberto Lescay. Los magos de la dramaturgia radial: Félix B. Caignet, Antonio Lloga y Marcia Cas­tellanos. Y la estirpe de fundadores de la Uni­versidad de Oriente (1947) y el Grupo Galería (1953); de Tele Rebelde (1968), la Editorial Oriente (1971) y los Estudios Siboney de la Egrem (1980), instituciones capitales para la cul­tura en suelo oriental.

Santiago de Cuba es música por antonomasia. Cuna del bolero, ventana abierta a las guitarras. Artesa donde el son halló aliento antes de expandirse por el mundo. Ciudad donde vieron la luz Pepe Sánchez, Sindo Ga­ray,

Mi­guel Matamoros, Ñico Saquito, Com­pay Se­gundo, Electo Rosell (Chepín), Ricardo Leyva y Enrique Bonne.

“Gente arrabalera, de gui­tarra vieja para amanecer”, como diría William Vivanco.

Es reservorio y renuevo perpetuo del pentagrama. De Alberto Villalón a José Aquiles, de Augusto Blanca a Eduardo Sosa, de Salvador Adams a Eliades Ochoa. Es Harold Gra­matges y el largo magisterio de Dulce María Serret. Los boleros interpretados por Olga Guillot, Pacho Alonso, Ibrahím Ferrer y Fernando Álvarez. Rodulfo Vaillant y su innegable defensa de la música popular.

Es Celeste Mendoza. La Lupe, ciclónica e irreverente. La voz de terciopelo de José Ar­mando Garzón. Electo Silva y su joya, el Or­feón Santiago. Los festivales de coros. El baile al compás de Chepín-Chovén, Los Karachi, Son 14, Sur Caribe o el Septeto Santiaguero. Y, por supuesto, la calle Enramadas, bautizada como “novia de nuestra ciudad” por Pedro Gómez.

No os asombréis de nada. Subo y bajo las calles empinadas, canto con ellos. Pero, San­tiago de Cuba no es un nombre, es un espíritu. Su sol, su ritmo, su gente que no se rinde jamás.

*(Escritor y periodista, vicepresidente de la Uneac en Santiago).

Tomado de Granma

http://www.granma.cu/cultura/2015-07-23/gracias-santiago

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