Una cultura de la Resistencia

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Por Graziella Pogolotti*

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Mucho falta por investigar acerca de la historia y la cultura durante medio siglo de República neocolonial. Sabido es que la expansión  del latifundio azucarero a la región oriental del país profundizó la deformación estructural de la economía cubana.

En Problemas de la nueva Cuba, estudio elaborado por especialistas norteamericanos en 1934, después de las jornadas revolucionarias que siguieron el derrocamiento de Machado, se advertía el peligro potencial de estallidos sociales derivados de ese panorama.

Un análisis realizado por encargo del presidente Carlos Prío Socarrás, casi  en vísperas del golpe perpetrado por Fulgencio Batista, revelaba que la crisis latente se había agudizado.

El concepto de cultura incluye la creación artístico-literaria. Abarca, además, el extenso e impalpable territorio de la espiritualidad humana, con las tradiciones, costumbres, valores y una memoria transmitida por las vías formales implementadas por el sistema de educación y aquella otra que se construye a través de la comunicación oral y constituye nutriente esencial de los sueños y de las expectativas de vida.

Para los cubanos, el siglo XX comenzó bajo el signo de una dolorosa contradicción. Pudo izarse la bandera al cabo de una larga lucha contra el dominio de España. Pero la imposición de la Enmienda Platt proyectaba una sombra ominosa sobre el futuro  de la nación.

De hecho, se estaba implantando una nueva forma de dependencia que se definirá más tarde con el nombre de neocolonialismo. Fue una etapa de desencanto, acentuada por el auge de la corruptela y el descrédito de la política.Por esos motivos, entre tantos monumentos erigidos  en homenaje a José Martí me conmueve de manera particular el que se encuentra en el habanero Parque Central, nacido por iniciativa de una espontánea cuestación popular.

La palabra viva del Apóstol  había estado tan solo al alcance de los cubanos de la emigración. Patria no pudo lograr una circulación masiva. Y, sin embargo, el poder convocante del Maestro rebasó las fronteras impuestas por las circunstancias.

El organizador de la Guerra necesaria sembró el sueño de un proyecto de república soberana cimentada en el principio de justicia y  en el rescate de la dignidad plena de los seres humanos.

En ese contexto,  más allá de la Isla, las décadas  iniciales del siglo XX abrían pasos a señales de cambios revolucionarios. La Primera Guerra Mundial desembocó en el triunfo de los bolcheviques en Rusia.

En nuestra vecindad geográfica, la Revolución Mexicana cargaba expectativas en el imaginario popular y despertaba apasionado interés entre los intelectuales.

El reclamo de una Reforma agraria radical concernía también a Cuba y a buena parte de la América Latina. Las imágenes de Pancho Villa y Emiliano Zapata encarnaban al héroe popular de la época.

Mientras tanto, el peruano José Carlos Mariátegui se valía de las herramientas proporcionadas por el marxismo para ajustarlas al contexto específico de nuestras tierras.

Apenas iniciada la tercera década del siglo, se manifestaron señales de cambios significativos en el panorama social cubano.

Los trabajadores, las mujeres, los estudiantes, se organizaron en torno a programas que rebasaban los intereses gremiales para proyectarse hacia un horizonte político más ancho.

Los escritores y artistas tejieron redes que, desde una diversidad de perspectivas, procuraban conquistar espacios de visibilidad y tomar la palabra para abordar problemas concernientes  al destino de la nación.

La historia registra la repercusión de la Protesta de los Trece encabezada por Rubén Martínez Villena y el papel desempeñado por el Grupo Minorista.

No se ha tenido en cuenta, sin embargo, la participación activa en el ejercicio del periodismo, la proliferación de manifiestos solidarios con América Latina y el replanteo de la visión de la cultura nacional mediante la revalorización de las fuentes vivas de origen africano.

Machado advirtió la amenaza latente en la convergencia de sectores sociales de distinta procedencia.

Para sembrar terror, involucró a obreros, estudiantes, a la Universidad José Martí y a escritores vinculados al Minorismo, en la llamada causa comunista de 1927. Poco pudo lograr.

Para mantenerse en el poder, el tirano apeló a crímenes horrendos. Algunas víctimas fueron lanzadas al vientre de los tiburones.

Su derrocamiento fue una victoria popular en un proceso de progresiva radicalización. Intervino entonces la mediación implementada por el imperio. Había que encontrar otro hombre fuerte.

El coronel Batista gobernó tras la pantalla de presidentes sucesivos. Sin embargo, en el fragor de la lucha maduró el germen de una nueva cultura.

En el arte y la literatura aparecieron personalidades relevantes. Con sus obras cristalizó una dimensión más profunda de nuestra identidad, a través de un diálogo creativo entre lo local y lo universal.

Similar dimensión adquirió el debate en el plano del pensamiento. Ese legado intelectual contribuyó a formar a la generación que asomaba a la vida en los 50 del pasado siglo.

En medio de la batalla cultural que caracteriza la contemporaneidad, ahondar en el estudio de la República neocolonial, desentrañar la complejidad de aquel proceso y  encontrar las claves de una cultura de resistencia, resulta tarea de primordial importancia.

*Destacada intelectual cubana

JR

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