Un reloj, un discurso, mi abuelo y 55 años del MININT

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Por Manuel Alejandro Reyes

Al mundo se viene a encontrar el sentido de la vida; y servir para nobles causas tiene un sentido exclusivo cuando adquiere una dimensión superior en la conciencia y en el alma de los hombres y las mujeres. Hoy voy hablar del Ministerio del Interior de la República de Cuba (MININT), una Institución que se ha formado en las bases de una generación comprometida como parte del pueblo, durante 55 años.

El mes de junio tiene una singular significación para mí. Fue el período donde al graduarme de Periodismo, me dieron el grado de Teniente y me obsequiaron un reloj que decía en la parte de afuera del broche, en formato grabado de manera rústica: Título de Oro 2010. Increíblemente, al cabo de los años, todavía lo conservo y se mantiene con la hora justa como peculiar artefacto del tiempo que conjuga pasado, presente y futuro.

Pero en lo personal, lo más significativo era estar vestido de verde olivo y tener ese día de junio, la responsabilidad de leer unas palabras en representación de todos los jóvenes cadetes recién graduados, que por cierto, al igual que el reloj, todavía las conservo. Titulé aquel discurso, “Apología de un cadete a sus homólogos”; en sus inicios decía:

¡Hermanos de lucha!

Como la cúspide de un pecho se agiganta, así vemos esta etapa de nuestra juventud aquietarse en la experiencia, y continuamos…Se impone la fuerza, el ciclo, la necesidad del ser humano: ser útil.

Valen los años pasados cuando los años presentes aseguran lo que podemos seguir haciendo. En nuestro caso, son la continuidad y la razón aliadas de la estirpe al hacernos valer. Si un día fuimos parte de la gran obra revolucionaria, hoy tenemos que hacer la obra consecuentemente para que otros formen parte. Se trata del legado a la hora de cantar el himno e izar la bandera y sentir la misma sangre, la misma idea que se hizo Revolución.

Y más adelante sentenciaba:

A partir de ahora, nuestra misión será el orgullo de asumir una vida decorosa, con sentido de voluntad en la abnegación elemental del trabajo.

En muchos lugares del mundo, servir –me refiero a preservar la Seguridad del Estado y el Orden Interior de un país- tiene un alto valor material. Pero en el caso de Cuba el motivo es diferente, pues la dignidad no se compra ni se vende. El miembro del MININT no pretende ser un soldado invencible de videos juegos, marketing de un sistema imperialista. Sólo se adhiere a una obra de muchos convertida en Revolución; y en ello, no basta la vida ni se está conforme con uno mismo, porque nunca es suficiente, cuando se trata de salvaguardar la Patria y mantener la tranquilidad ciudadana con grandes sacrificios, sobre la base del amor y la pasión.

Mi abuelo es un hombre de campo, de esos que viven lejos de toda urbanidad, y que cuando uno va a su casa le sirven medio vaso de café y te brinda todo y más de lo que tiene. Él fue un colaborador del Ejército Rebelde antes de 1959 y luego se mantuvo junto a las filas del MININT como auxiliar de la Policía Nacional Revolucionaria.

Increíblemente, a la edad de 72 años vino por primera vez a La Habana en una visita familiar. Una vez en tierra capitalina, no hizo más que pedirme que lo llevara a la Plaza de la Revolución, donde se encontraba entre tantos edificios majestuosos, aquel que tiene al Che sobre relieve, ese que había visto tantas veces por el televisor. Cuando llegamos, el viejo solo atinó a decir con expresión de asombrado: ¡qué grande!, mientras miraba hacia todos los lados como un extranjero que no le alcanza la mirada porque sobra en el espacio.

Justo en el momento que nos íbamos caminando me dijo: quién iba a pensar que un nieto mío iba a seguir mis pasos. Y yo pensé, eso también es el MININT: continuidad.

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