Un hombre de una estirpe destinada a desaparecer

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Por Elena Milián Salaberri

acuatico

A Aracelio Miranda Rivera no lo desvela la certeza de pertenecer a una casta única en el mundo, con el estigma de desvanecerse al pasar el tiempo. Por auténtico es feliz en su creencia surgida en Viñales, en 1936, cuando Antonia (Antoñica) Izquierdo, en medio de la desesperación de ver a un hijo enfermo y sin recursos para atenderlo, recibió una revelación de la Virgen María: el agua de los manantiales la sanaría. Así fue; nació entonces la secta de los Acuáticos.

En Machuca, enclave del corazón de la tierra sancristobalense, en la Sierra del Rosario, todos lo conocen. Ha vivido allí la mayor parte de sus 74 años, desde que sus padres, junto a los 11 hijos, se asentaron en 1955 en el recóndito paraje de fértiles suelos, surcados por el río Maní Maní y sus arroyos afluentes Mentidero, Las Lágrimas y Camarones, entre otros.

Conserva una fina hidalguía, aunque por opción acorde a los preceptos de Antoñica, su criollísima vivienda en medio de una arboleda y al susurro de un pequeño surtidor, no puede ser más sencilla: el impecable piso de barro comprimido, las paredes de tabla pintadas de azul y blanco y los muebles imprescindibles, pese a saberle a talabartería y ser un emblemático carpintero.

Hacía la siesta cuando periodistas de la televisión y el periódico llamamos a su puerta, acompañados por el lugareño Eladio Vázquez: salió con presteza; no hubo reticencias ni mala cara, mientras en las pequeñas habitaciones se disipaba la voz de su esposa y madre de sus siete hijos, Vicenta Cejas Izquierdo, descendiente de la fundadora de la secta, aquella mujer dueña de una filosofía de vida pactada con la naturaleza.

“¿Quieren saber qué nos distingue? Nosotros no formamos una religión, pues nos consideramos católicos, celebramos la Navidad y la Semana Santa; somos una creencia; no nos inscribimos en censos, no firmamos ni portamos documentos, no consumimos medicamentos ni visitamos médicos, no vamos a la escuela. En cambio, somos muy libres. A nadie se expulsa por no cumplir cabalmente los preceptos originales.

“ Cuando estamos enfermos nos curamos, por supuesto, con agua fría del manantial- esa misma con la cual nos bañamos a diario-, bien temprano en la mañana la recogemos, y la dejamos correr por todo el cuerpo; a continuación del día nos colocamos compresas mojadas o repetimos el baño, según sea de serio el malestar.

“Así he rebasado dos neumonías. Sé que ha sido esa enfermedad por el dolor fuerte en los pulmones y la falta de aire. El agua es bendita como dijo Antoñica. Incluso conservamos un envase con un poco de agua consagrada con el ritual que ella dejó dicho y que consiste en rezarle la oración del Padre Nuestro”.

Aracelio no se hizo de rogar y nos llevó al pequeño manantial que rige sus vidas, un simple riachuelo…! Tan simple y tan poderoso! De regreso en la casa, nos mostró un sencillo altar con el Sagrado Corazón de Jesús, flores y dos Biblias: una se la regaló su madre, la otra, Caridad Diego, la jefa de la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central, esta edición con letras ampliadas para facilitarle la lectura, pues Aracelio ya no ve bien, pero no irá al médico ni siquiera por los espejuelos.

Confiesa que existen muchos mitos adjudicados a la creencia. “Las mujeres de nuestra secta no van por sus pies a parir al hospital; sin embargo, cuando el médico y los vecinos vienen, ellas sin dar un paso se dejan cargar y no agredimos a nadie para evitarlo. Antes, parían en la casa asistidas por una comadrona como se hacía siempre en los campos.

“Nos enseñamos unos a otros a leer, escribir, las operaciones matemáticas y los oficios. Labrar la tierra ya nos viene por herencia, trabajamos los campos con placer de recibir el fruto de la tierra. Fue precisamente uno de nosotros, el difunto Leopoldo, quien primero cultivó piñas en estos suelos; hoy es un cultivo fundamental.

“Agradecemos la electricidad, pero solo tengo refrigerador, pues aunque muchos de los nuestros tienen otros equipos, yo sigo fiel la recomendación de no tener radio ni televisor.

“Pero…, los tiempos cambian y no dudo que en el futuro ya esta fe en las aguas sea cosa del ayer”. Lo dijo sin perder la chispa en sus ojos, mientras quizás repasaba la historia de Antoñica, llevada por la fuerza por los políticos de la seudorrépublica al hospital de Mazorra. Ella le hacía competencia a los médicos y sus seguidores no votaban ni firmaban, precisamente porque una vez fueron engañados: sin saber leer, les hicieron rubricar unos documentos que eran la expulsión de sus tierras.

Hoy los llamados “acuáticos” socializan más, incluso algunos mandan a sus hijos a la escuela; este curso seis de los estudiantes de los dos centros de enseñanza del nivel primario establecidos en la zona, son hijos de familias con esa credo.

Hablamos poco tiempo y el recuerdo de Aracelio me quitó el sueño, aun después del difícil viaje por las entrañas del lomerío. Me resulta asombroso ver lo simple que es ser feliz y comprobar la existencia de personas aferradas al pasado, pero con la pasión sabia  de preservar los elementos naturales, porque en Machuca los terrenos son muy productivos, los cerdos pacen sin cercas ni barreras…y de las 325 personas radicadas en la sitiería, 165 son “acuáticas”.

Seguramente cuando el sueño se negaba a mis ojos ya Aracelio y Vicenta dormían plácidamente, al murmullo del manantial que desde el patio los acaricia con la antigua promesa de mantenerlos a salvo.

 

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