Un brindis #familiar

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Dilbert Reyes Rodríguez

En la casa grande no hay que llevar el mismo apellido para sentarse a la mesa.

Hay una razón sanguínea, genética, que supera en nosotros el vicio secular del linaje y nos atrae, los unos hacia los otros, con un chiflido indiscreto que invita a compartir en mangas de camisa el pretexto de un trago, de algo asado, de la espera festiva de la medianoche.

En la casa grande todos son una familia.

Hace tiempo que es así, poco más de cinco décadas, desde el día de diciembre para enero en que empezamos a caminar solos, haciéndonos el camino con los pies llagados de tantas cicatrices de un pasado en el cual —dicen los padres y abuelos— ni siquiera nos reconocíamos.

Fue el día en que ella se sentó a la punta de la mesa, cuentan, y los llamó a todos por su nombre, para que alzaran la vista sobre la dignidad y los derechos puestos de pronto encima del mantel.

Llegó pidiendo, por primera vez, la opinión de cada uno, una propuesta colegiada y colectiva para reconstruirnos el futuro familiar, donde todos tendrían que trabajar para ayudar al sostén de la casona. No entendió de títulos ni honores, de privilegios ni herencias, repartiendo por igual ganancias y carencias.

Desde entonces, todos los años se sienta a la mesa, y en la casa grande no falta un brindis a su nombre, porque siempre algún motivo ofrece para brindar.

Su vida no ha sido fácil, nada fácil, y hubo diciembres en que no supo si celebrar o llorar, como el año que envió orgullosa a sus hijos más chiquitos a enseñar a las montañas cómo firmar con el nombre; mientras al sur una playa casi se le desangró defendiendo la casa con balas y cañones.

Lloró con nosotros muchas veces el saldo de la dignidad incorruptible, de la obstinada vocación de darle a los demás de lo poco que teníamos, al precio exclusivo de la gratitud y de unas cuantas muertes de hijos valerosos que regresaron de otro continente, vueltos héroes.

Siempre tuvo sus guerras, y siempre las ganó con cartas de altruismo, aun cuando en casa compartíamos lo escaso con el cinturón ajustado hasta el último ojal, en la tensión de la supervivencia cotidiana de un periodo largo, al cual sobrevivimos sin vender un solo principio, ni cambiarlo por nada.

Hoy, en la familia, hay sentados un músico eminente y un cantante de orquesta que brindan por sus éxitos, un atleta campeón que este año colgó al pecho la medalla de la gloria y levanta la copa, un científico que encontró la fórmula, una maestra agasajada por sus alumnos ya graduados, un campesino que sacó lo que esperaba de la tierra, un obrero feliz porque cobró el justo precio del sudor, y ella que se estremece en la punta de la mesa, callada en la emoción, porque es cómplice de tanto regocijo.

En la casa grande hubo una fiesta anoche con brindis singulares, porque este año, de pronto, se nos dieron telúricas sorpresas. Hubo que hacer cinco lugares en la mesa para esos que nos faltaban hacía rato, reclamados por el mundo en todos los idiomas. Se brindó por el beso enamorado que hizo temblar cimientos, por el abrazo del hijo con la madre, del bebé por venir a los brazos de sus padres reunidos para siempre.

También en la casa grande se brindó por la esperanza de un final anunciado para la saña de un vecino obstinado, que puso a dos pueblos cercanos a convivir de espaldas. Ojalá sean más los lugares que haya que hacer en la mesa el año venidero.

Anoche fue grande el brindis, tan grande como la casa, y la muchacha de la punta de la mesa fue la única que amaneció sin dormir.

Está de aniversario. Hoy mismo brindan por ella en otras casas lejanas. Algunos por la cortesía diplomática del saludo en ocasión de su cumpleaños; pero otros, la mayoría, porque la reconocen en las vidas que  salva, más allá de los mares, de un virus mortal en expansión; por las luces del conocimiento que regala mientras clama ¡tú sí puedes!; por las lecciones de tenacidad y resistencia.

Con ojos trasnochados, pero felices, mira a lo lejos y se mira por dentro. Repasa uno por uno sus pendientes y los ordena en prioridades, para cuando los otros despierten, resolverlos con el concurso unánime: “Pro­duc­ti­vidad, eficiencia, civismo, participación, or­den, satisfacción, espíritu social… ¡qué va!, hay demasiadas palabras que necesitan rápido a la vida real, en todas sus acepciones”, dice y se despereza.

Sentada en un taburete recostado a la palma del patio, demora en acariciar el velo fino del humo que exhalan los carbones prendidos, todavía con olor a grasa salpicada.

Sobre la Sierra se asoma el sol de enero, el primer sol de un almanaque nuevo que ella saluda, ya de pie, para empezar a caminar erguida, llena de bellas certidumbres, las mismas de aquella fecha en que nació a la vida, 56 años atrás.

A su paso los hijos se despiertan y la siguen unidos. Esta muchacha nunca marchará sola. Se llama Cuba… Cuba en Revolución.

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