Un año sin Fidel

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Por Mercedes Rodríguez García

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No puedo saberlo, no se ha dicho, quizá por mantener intacta su privacidad lo ignoramos todo. Pero debió ser como vivió y luchó, defendió y acusó, habló y escribió. ¡Qué susto!

Como el de aquí mismo, en Santa Clara cuando resbaló y cayó de bruces contra el piso, y al levantarse, soportando el dolor de la fractura, se negó a usar una camilla. Él, humano rebelde, apenado por el mal rato, no estaba triste: «Como ustedes ven, puedo hablar aunque me enyesen, y puedo continuar mi trabajo», dijo.

Fidel, foto de Livorio Noval.
(Foto: Livorio Noval)

Por eso, no sería yo noble pensándolo yacente, y sí leal imaginándolo conspicuo violador de todas las reglas del morir establecidas. En fin  —pícaro estratega—, partió sin previo aviso, y por enésima vez se rio del enemigo.

No era fácil ganarle ni le gustaba perder. Solo un nativo de Jamaica llamado Gilberto Suárez compartió guantes con él. Tenía entonces 17 años. El ruedo para lidias de gallos de Birán sirvió de ring. Tiró él: una, dos, tres veces. Pero el jamaiquino, grande de cuerpo y larguísimo de extremidades, logró pegarle un gancho en el estómago que lo dejó casi noqueado. Medio siglo después se encontrarían. Él contento y justo le levantó el brazo. Por los años 80 del pasado siglo yo conocí a Suárez. «Si llego a saber lo que él sería, ni un dedo le hubiera levantado», comentó.

¿Partir definitivamente? Lo debió haber previsto, nada se le escapaba. Entonces poco importa la forma. No viene al caso. Desde el mismo momento que nació, ya era semilla. Y fue monte intrincado y espuma desbordada, consecuente guardián de sus ideas, hayan estado o no equivocadas. Convertir las derrotas en victorias fue su costumbre.

A un año prefiero recordarlo en lo infinito, de pie, en medio una estrella —la de su gorra, la de sus hombros—, con la indeleble diestra levantada y el gesto índice señalizador dispuesto. No destino fijo. Ni música ni frases ni fotogramas sepias. Evocarlo allí donde, cómo y cuando haga falta ha de ser siempre oportuno. A su estilo. No de visita programada; mejor, aparecido, siempre garboso, no enfermo, jamás tendido ni en restos convertido. Y aunque dentro de una piedra asientan sus veteranas cenizas, lo he de imaginar llamándonos: recio, olímpico, lozano, invicto.

Lo vi de cerca por primera vez un Día de Reyes Magos, cuando de la mano de mamá y mi hermano corrimos calle Colón arriba hasta el Parque Vidal, en Santa Clara, sin saberlo personaje célebre, ni héroe, ni patriota: barbudos les llamaban. Para mí, un extraño y nada evangélico Melchor, sin camellos ni alforjas ni juguetes.

Después se me perdió en el tiempo y aparecía en la radio, en la televisión, en el cine; cuando el «Flora», con los brigadistas, en el SAU-100 de Girón, con los artilleros —las cuatro bocas al aire y el mundo al borde de un holocausto mundial—; con los deportistas del Cerro Pelado; cuando la carta de despedida del Che, la Zafra de Diez Millones —que no pudieron ser—, el crimen de Barbados, los sucesos de la Embajada de Perú, los desórdenes sociales del malecón habanero.

Hugo Chávez, Fidel Castro Ruz y Evo Morales.
Hugo Chávez, Fidel Castro Ruz y Evo Morales. (Foto: Tomada de Internet)

Siempre él —dijeran lo que dijeran— en las Naciones Unidas; con los rusos, con los chinos, con los africanos, eternamente contra el imperialismo, junto a Chávez, con Evo, con Correa, con Mandela. Él, incansable, moviendo todas las fichas por el regreso de los Cinco —¡Volverán! Y volvieron—, y los pudo recibir y abrazar, tranquilo, en su casa. Él, en los desfiles, campañas, jornadas, condecoraciones, epidemias, accidentes, temblores, huracanes.

Él con los periodistas, artistas, escritores, trovadores, científicos, médicos, enfermeras, constructores, militares, estudiantes, pequeñines, minusválidos, pioneros, empresarios, senadores, políticos, filósofos, celebridades.  Él, amante de la pesca, la natación, los helados y los mariscos. Él, lector incansable, amante del detalle y las estadísticas, orador infatigable, impetuoso e inspirador; interlocutor curioso, inquisitivo; jefe previsor, astuto, burlador de los escoltas y del sueño, amante de la noche y la naturaleza; padre furtivo, esposo reservado, abuelo cartesiano, tío generoso.

Él, caballero gallardo, quijote de los desposeídos.

Alguien dijo que vino del futuro. Y hacia el futuro cruza. ¿Cómo un astro? ¿Junto a Camilo y Guevara, Abel y tantos otros que antes fueron para que fuéramos nosotros luego? No admitirlo sería necedad. Solo los necios ignoran el camino y no reconocen lo que honra, enaltece, dignifica y agiganta lo cotidiano pequeño. Y no es glorificarlo, sino reconocer, defender y perfeccionar la obra salida de sus manos —dos veces sobre mí posadas—: largas, delgadas, sedosas, de uñas perfiladas.

 

Fidel en el litoral habanero, foto de Pablo Caballero Cuza.
(Foto: Pablo Caballero Cuza)

Un año sin él físicamente no ha tenido ni más ni menos días, ni el sol ha dejado de salir ni la luna de brillar —como se dice—,  y el mundo ha seguido tan enrevesado o más de lo que él predijo; ni Cuba ha dejado de ser Cuba, ni peligroso el enemigo de antaño, que no es solo el del Norte revuelto y brutal, sino el otro que, disfrazado, mimético y mutante, desanima y desordena adentro.

Se le extraña por aquella energía, poder de convencimiento y movilización que irradiaba a su paso, en cualquier lugar, desde cualquier podio. Y lo cuento para aquellos que no habían nacido o eran muy pequeñitos cuando los apagones, las bicicletas burras, los aseos sin jabón, las hamburguesas por carné de identidad y el dólar a 150 pesos en los años 90, cuando muchos decidieron —bajo el influjo de la política de Washington— abandonar la Isla en primitivas balsas, y sucedíanse los secuestros de lanchas, actos violentos y asesinatos de custodios.

Porque ningún film o noticiario es capaz de captar lo trágico de entonces; porque es difícil imaginárselo tan vigoroso y raudo cuando las marchas y tribunas por la devolución del niño Elián González, extendida al nuevo siglo, porque resulta imposible descontextualizar las circunstancias del Jefe andando entre su pueblo, explicando aquí y allá por qué había que resistir.

¡Y resistimos!, contra todos los pronósticos, sin glasnost ni perestroika; a pesar de la avalancha de propaganda agorera, talante Muro de Berlín, efecto dominó, desmoronamiento, desaparición de la URSS, y  para desilusión de quienes, eufóricos y embriagados bailaron, acá y allá, antes o después, el «algo tiene que pasar» de Gloria Stefan y el «ahí viene llegando» de Willy Chirino.

Estrella de la bandera cubana y boina de Fidel.
(Foto: Roberto Chile)

Porque conocía «el complejo y casi inaccesible arte de organizar y dirigir una revolución», el valor decisivo de la unidad, sabía «imprescindible el esfuerzo inteligente de todos», esencialmente el de la juventud, sin la cual no tendría razón de ser la propia Revolución. Desconfiado él mismo, dudó siempre de la palabra descalzada del ejemplo,  «de las sendas aparentemente fáciles de la apologética, o la autoflagelación como antítesis». Siempre llamó a la verdad, a lo auténtico, «a ser tan prudentes en el éxito como firmes en la adversidad».

En febrero de 2008 él tenía 82 años. Requerido de la movilidad y entrega total que ya sus condiciones físicas no le permitían ofrecer, consideró deber elemental no aferrarse a «cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes, sino aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir». Fue sabio.

Y lo explicó sin dramatismo. Anunció sus Reflexiones. En ellas debemos reencontrarlo si alguna vez perdiéramos la brújula o se difuminara el camino. Ni asuntos mínimos ni coyunturales le quedaron al margen. «Será un arma más del arsenal con la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso», expresó.

Lo escuchamos por última vez cuando todos sabíamos nos hablaría, cuando no podía fallar. Abril 19 de 2016, al cierre del VII Congreso del Partido. Fue su discurso más breve. Pronto cumpliría 90 años. «Tal vez sea de las últimas veces que hable en esta sala», alertó.

«A todos nos llegará nuestro turno, pero quedarán las ideas de los comunistas cubanos como prueba de que en este planeta, si se trabaja con fervor y dignidad, se pueden producir los bienes materiales y culturales que los seres humanos necesitan, y debemos luchar sin tregua para obtenerlos. A nuestros hermanos de América Latina y del mundo debemos trasmitirles que el pueblo cubano vencerá».

Fidel haciendo saludo militar.
(Foto: Tomada de Internet)

Ha pasado un año. El mundo sigue peligrosamente loco: Trump juega con él, Internet lo envuelve, Facebook lo reta, Twitter lo escandaliza, los grandes medios y agencias se lo tragan, los extremistas lo explotan, los políticos lo traicionan, los multimillonarios lo desmenuzan, los cataclismos lo devastan, y el sol —por supuesto—sigue saliendo; y la luna, brillando. Y Cuba donde mismo: fiel y testaruda, digna y soberana, solidaria y humana, tratando de emerger contra los cercos, los muros, los asedios.

Sin él, que a los ojos de los más fue justo en su integridad; sin él, que en polvo convertido habita dentro del monolítico mármol del cementerio Santa Ifigenia; sin él, soldado de las ideas, líder incondicional, político consecuente y revolucionario inexorable, habremos de amar más que nunca la verdad que nos recomendó y dejó, continuar las acciones que trascendieron a la historia con su presencia.

Un año. Tan breve e intenso como su nombre ha transcurrido.

No hay despedida, Fidel, ni tiempo para el descanso. Vigílanos.

Vanguardia

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2 Comentarios

Odalys Oliva Enríquez. dijo:

Fidel es nuestra guía, vida y ejemplo, vivirá por siempre porque nunca dejaremos morir sus ideas.

4 diciembre 2017 | 09:04 am
Funcionaria dijo:

Un año ya transcurre y parece que es mentira, no te has ido, vives en el corazón de Cuba, tus recuerdos y enseñanza son faros del futuro, gracias te doy mi Comandante, Gracias por haber existido. Y aunque la muerte haya querido separarte de tu pueblos, tus hijos; los agradecidos te gritamos desde el alma Comandante en Jefe Ordene

5 diciembre 2017 | 10:01 am