Traigo un manojo de anécdotas

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Por Eduardo Yasells

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El coronel (r) Eduardo Yasells Ferrer llegó a desempeñarse como director del órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Foto: Archivo de la Casa Editorial Verde Olivo.

Dos corresponsales de Verde Olivo reportaron los combates de Playa Larga y Girón. Uno de ellos falleció después. El otro, activo aún en la profesión, rememora lo ocurrido y puede decir, cincuenta años después.

El 16 de abril de 1961, luego de que el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz proclamara el carácter socialista de la Revolución Cubana en el sepelio de las víctimas del bombardeo a la base Aérea de Ciudad Libertad, los periodistas de Verde Olivo continuamos realizando labor reporteril y encuestas en puntos de concentración de milicianos, en centros de trabajo o estudio y en las calles. La resolución de la mayoría fue: defender hasta las últimas consecuencias a la Patria y el rumbo al socialismo.

Cerca de las siete de la mañana del siguiente día, todo el personal
de la revista fue informado de la invasión por la Ciénaga de Zapata
y quiso ir al escenario de guerra, pero habíamos sido designados Sergio Canales Selpa, Argelio Mirabal Santiesteban y yo, como fotorreportero, chofer y redactor reportero, por ese orden.

¿Qué decir ya no dicho? Pero es bueno recordar para nuevos
lectores.

Con un salvoconducto del Comandante en Jefe, pudimos pasar en un yipi a la caravana que avanzaba de La Habana a Jagüey Grande con armas de infantería y artillería, entre los vítores del pueblo agolpado a los lados de la Vía Blanca y de forma multitudinaria en las ciudades matanceras atravesadas por la Carretera Central.

Jagüey Grande era, además de paso obligado de las tropas hacia el
central Australia y Playa Larga, retaguardia inmediata en esa dirección del frente. La población civil organizada por los Comites de Defensa de la Revolución , ayudaba en el suministro de alimentos y la asistencia a los heridos y evacuados de la ciénaga, también mantenía la vigilancia en prevención de cualquier actividad contrarrevolucionaria.

En la vieja casona de la administración del central Australia, donde se había situado la jefatura de Operaciones, vi al Comandante en Jefe aquella mañana del 17 de abril, montado como en un relámpago. Mediaban minutos entre atenciones y acciones suyas: caminar a grandes pasos por el espacioso corredor con el teléfono de campaña por el cual recibía información y transmitía órdenes precisas a todo el frente y el país; hablar con los evacuados:

–¡Fidel, los aviones están matando a nuestras mujeres y niños!

–gritó un anciano.

–¡Ahora viene el desquite, compañero! –respondió con firmeza el líder, insuflándole seguridad al viejo. Así se cumplió con el torrente de hombres y fuego que solo cesó con la victoria en las arenas de Playa Girón. Orientó recibir a las tropas e indicar a sus respectivos jefes las misiones combativas y salió hacia La Habana para comprobar que los movimientos de buques enemigos frente al occidente y el oriente del país perseguían desviar la atención. La invasión era únicamente por la Ciénaga de Zapata y en esa dirección condujo la ofensiva revolucionaria.

Teníamos que enviar lo reportado hasta ese momento. Argelio regresó a la capital con los rollos fotográficos tirados y las primeras líneas mías. Canales se las agenció y consiguió otro yipi en Jagüey.

La línea oriental del frente estaba marcada por la carretera del central Covadonga a San Blas y Playa Girón, en tanto la occidental (que cubríamos como corresponsales de Verde Olivo), comprendía los terraplenes desde el central Australia a Playa Larga, con unos treinta kilómetros de longitud, y de esta a Playa Girón, en cuyo entronque y pequeña explanada los mercenarios se habían hecho fuertes al situar ametralladoras calibre 50 y cañones, incluidos los de sus tanques, que les permitían batir de flanco a nuestras tropas, las cuales avanzaban a lo largo de esa única vía asfaltada sobre la ciénaga occidental. Partimos del central Australia, llegamos a media tarde a la Laguna del Tesoro y el centro turístico de Guamá, donde la artillería antiaérea era manejada por los bisoños combatientes de la base Granma, muchos de ellos adolescentes. Combatían, al igual que los tripulantes de menos de seis aviones de la Fuerza Aérea Revolucionaria puestos de alta de “Patria o Muerte”, la aviación pirata que cercenaba tantas vidas del pueblo trabajador.

Luego nos trasladamos al poblado de Pálpite y Soplillar, liberados al mediodía por dos batallones matanceros y el de la Escuela Nacional de Responsables de Milicias, tras aniquilar a los paracaidistas dispersos en la zona.

Pálpite mostraba el horrendo rostro de la aviación enemiga: bohíos incendiados, enseres domésticos calcinados, restos de lo que fue habitación, una cama de hierro retorcida y una máquina de coser.

Desde aquí vimos el duelo aéreo de un Sea Fury nuestro con dos B-26, en el cual el chorro de la FAR, con más capacidad de maniobra y valor de su tripulante, batió a uno de los bombarderos, que se alejó humeante para caer en el mar, y puso al otro en fuga.

El ataque a Playa Larga empezó esa tarde. Presenciamos el iniciado por las baterías de morteros, bajo la dirección del entonces capitán José Ramón Fernández. Caían las sombras de la noche mientras desde suelo abierto entre la maleza no dejaron de disparar sus obuses sobre aquella posición.

Otras armas y hombres de la misma estirpe arremetieron sin cesar contra los invasores, que huyeron rumbo a Playa Girón al amanecer del 18.

Como corresponsal de guerra, tuve una imagen del derrumbe moral de los mercenarios que decían haber sido “embarcados” cuando fueron presentados abatidos y cabizbajos a la prensa en las cabañas del centro turístico en construcción de Playa Girón.

Mucho más temprano, me la dio un paracaidista hecho prisionero en la mañana del 17. Aún con la esperanza de intervención directa de sus amos, rechazaba a los periodistas –no nos miraba de frente y en gesto despectivo escupía–; pero pronto se fue derritiendo como un soldado de plomo hasta no ser más que eso.

Reportamos el derribo de un B-26 por las cuatro bocas, cuando se disponía a atacar al central Australia. El cadáver del piloto Leo Francis Berliss, de Boston, permaneció congelado en Cuba hasta entregarlo a sus familiares, varios años después.

Fue un privilegio presenciar en la tarde del 20 de abril el disparo de
Fidel al buque Houston, frente a la caleta de Buenaventura. Las fotos tomadas al Comandante cuando se lanzaba por el lado derecho del SAU-100, son de Sergio Canales Selpa y Tirso Martínez.

Este último, del diario Revolución, captó el cañón completo, no así Canales, en cuya instantánea sale cortado el tubo. Lo comprobé después con su autor y se publicó en la edición de Verde Olivo siguiente a la batalla de Girón.

¿Riesgos corridos por ambos corresponsales? Estuvimos expuesto a mayores peligros el 17, durante el paso rasante de un B-26 vomitando su calibre 50 que pudimos sortear gracias a las maniobras de Canales frente al timón, para salir de la carretera impactada por los proyectiles. Esa misma tarde, mi compañero de aventura avanzó unos cuatro kilómetros de Pálpite a Playa Larga sin percatarse del peligro y nos dispararon con ametralladora, dio un corte en el borde de la vía e hizo rodar el yipi sobre un estrecho pedregal, giró y emprendió la marcha veloz de regreso.

Nos habíamos alejado no sé cuántos metros, cuando explotó un obús de cañón y cierto fragmento de metralla perforó nuestra goma de repuesto. Canales supo después de boca del hombre que disparó, que el objetivo se le había escapado del punto de mira por unos centímetros.

Canales, el Bebo, como le llamaban algunos compañeros, era un reportero de agudo olfato y hombre de naturaleza temeraria; disfrutaba las misiones de riesgos en puntos calientes y las cumplió en Girón, Vietnam y Angola. Mantuvo su audacia, valentía y fidelidad sin límites a nuestra Revolución, hasta que siendo aún joven falleció en los años 80, tras sufrir un derrame cerebral.

Cuba Defensa

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