Tocar el ojo de un ciclón

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Por Yahily Hernández Porto

JARONÚ, Esmeralda, Camagüey.— «Por creerme que esto sería como otros huracanes, por poco no hago el cuento», dice aún conmocionada Haydée María Montero, una anciana que anda muy triste por estos días.

La casita de esta abuela, quien reside en calle tercera, número 4, en el pintoresco poblado de Jaronú, del municipio de Esmeralda, fue arrancada desde los cimientos.

«Aquello era una cosa negra y ruidosa, y con vendavales que a mis 87 años nunca había visto, ¡y mira que he cogido ciclones! No podíamos ver lo que pasaba afuera, pero los golpetazos de las tejas del central Brasil en todas las casas de por aquí nos decían, en medio de la oscuridad, que Irma estaba acabando con todo».

Durante más de cinco horas el huracán estuvo bufando con su ojo a tan solo 30 kilómetros de Jaronú, un pintoresco batey que fuera declarado Monumento Nacional en enero de 2011.

El parque central del batey fue muy maltratado por Irma. Foto: Yahily Hernández Porto

Esta joya arquitectónica, ahora severamente impactada por el ciclón, se estableció en esta norteña geografía desde 1918 y su fundación oficial ocurrió en 1921, cuando se efectuó la primera zafra en el antiguo central.

El amasijo de árboles y casas derribadas en el que se ha convertido hace imposible ahora admirar el conjunto que conforman el central y el batey Jaronú, con su excelente planificación urbana y la relevancia de los espacios públicos y de la expresión arquitectónica, como reconocía el acta que lo declaró patrimonio del país.

En el central Brasil hizo estragos. Foto: Yahily Hernández Porto

Es que el ojo del huracán tocó tierra cubana precisamente en Cayo Romano. Toda esta geografía norteña, muy especialmente este poblado, tuvo que soportar vientos sostenidos por encima de los 240 kilómetros por hora, pues sobre esta región el fenómeno volvió a ascender a la categoría cinco en la escala Saffir-Simpson. Las olas subieron los ocho metros de altura en la cercana playa de Jigüey y en los cayos Romano y Cruz.

«El muy condena’o paró su paso frente a los cayos. Eso nos hizo mucho daño», lamenta el anciano Emiliano Guillermo Torriente, quien vive en Las 82, distante unos dos kilómetros de la entrada de Jaronú.

Otras de las historias que para los pelos de punta es la que cuenta el camionero Julio Cordero Trujillo, de 61 años de edad, vecino del reparto La Vigía, en Camagüey.

«Trabajo en una brigada del Micons que se adelantó a la llegada del ciclón. Lo esperamos aquí, para luego de su paso incorporarnos, de inmediato, a la recuperación. Mientras Irma pasaba por la costa norte nos dejó un sabor bien amargo, porque no solo vimos cómo arrastró a más de 50 metros una carreta de hierro llena de tejas, sino que hizo temblar las paredes y las camas donde nos resguardábamos. Fueron momentos de mucho temor, y quien hoy me diga que no sintió miedo, le digo que es un mentiroso», reconoce.

Emiliano Guillermo Torriente nunca había visto un huracán tan fuerte y destructivo como Irma. Foto: Yahily Hernández Porto

Mientras la luz lo permita

En este poblado muchas son las historias que conmueven, pero actitudes como las de René Heredia Ravera, operador de cargador del Micons, es una de las más estremecedoras.

A este esmeraldeño Irma le arrancó, ante sus ojos, todo el portal de su casa, sin embargo, no ha dejado de participar en la intensa recogida de escombros que se despliega en el lugar.

Como René, ocho de sus compañeros están en igual situación de afectaciones en sus viviendas, y tampoco renuncian al trabajo.

Camilo Pancho Piñeiro, por ejemplo, es un camionero al que «la Reina de las tempestades», como algunos bautizaron a Irma, dejó sin casa. Sin embargo, actualmente este obrero pasa las noches en la cabina de su camión y durante el día continúa en las labores de limpieza de su Jaronú.

Otras de las brigadas que desde el lunes pasado no descansa es la perteneciente a la Unidad Constructora Militar. Sus 30 hombres se dedican a trucidar los gigantescos árboles dispersos por el poblado que impiden el movimiento y la más acelerada recuperación.

Sin parar la motosierra, Alexis Membribe de la Torre, el jefe de brigada —a quien duele especialmente el derribo de los legendarios pinos que adornaban el parque central del batey—, nos aseguró que en Jaronú, como en Esmeralda, cientos de hombres, organizados en brigadas integrales, trabajan en todos los frentes para ir saneándolos, mientras la luz del día lo permite».

Lo que ocurre ahora a 30 kilómetros de donde pasó el ojo de Irma es lo que describe Eduardo Cruz Rivero, un vecino de 80 años de edad: «un nuevo ciclón, el del trabajo y el deseo de volver a la normalidad».

El otro oleaje

Foto: Yahily Hernández Porto

Al cierre de esta información fuerzas conjuntas de los ministerios del Interior, y la Construcción, de la Unión de Construcciones Militares y de otras instituciones camagüeyanas y territorios vecinos trabajaban en el restablecimiento de Jaronú.

Se conoció que 240 hombres del Minint y otros 40 del Micons, así como una veintena perteneciente a comunales se sumaban a las labores de la recuperación.

Alcibíades Santana Ramón, quien se encuentra al frente de la brigada del Micons, informó que desde el domingo pasado laboran 18 camiones de volteo, cuatro cargadores, dos bulldozer, e igual cifra de equipos multipropósitos, una grúa, seis alzadoras e igual cantidad de motosierras.

Especificó que se habían recogido unos 11 500 metros cúbicos de escombros y desechos.

Juventud Rebelde

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