#Rusia, ¿el diablo?

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Por EDUARDO MONTES DE OCA

Rusia es el diablo. O algo muy parecido, con su colita, sus cuernitos y su vaho de azufre en el rictus alargado de una boca hecha de carcajadas retumbantes… ¡Solavaya! Eso lo proclaman los grandes medios y otros nuncios, que no reparan, no quieren reparar, en hechos como los planteados por el canciller Serguei Lavrov: los nexos con Occidente pasan primero por un necesario “reseteo” de las relaciones internacionales y por el apego irrestricto de los Estados a las normas de la ONU.

Sí, de nada vale que el enorme país afirme y reafirme que sigue abierto al desarrollo de la cooperación, sobre bases de igualdad y mutuo beneficio, con respeto a los intereses de cada parte. Que lo crea un incauto, un ingenuo de pacotilla, se dicen los zahoríes de medio orbe –o de más-. ¿Acaso no acaba de crear una serie de submarinos San Petersburgo (B-558), Proyecto 677 (clase Lada), los cuales, como anunció Alexander Buzakov, director ejecutivo del astillero naval Admiralty, cuentan con tecnologías de sigilo con las que incluso superan a sus predecesores (Kilo), también prácticamente invisibles a los sonares?

¿Para que los quiere, con su rendimiento y su potencia iguales que los de los nucleares, y capaces de permanecer bajo el agua hasta 25 días, una gran ventaja a la hora de realizar operaciones de espionaje o exploraciones, al tiempo que están capacitados para lanzar misiles de crucero, tanto sumergidos como cuando emergen?

¿Por qué en los últimos años el Kremlin ha empezado a llevar a cabo grandes procesos de modernización, que atañen al 70 por ciento de sus equipos, el uso y la integración de robots de combate, el aumento de la potencia de su Armada? ¿Cómo es eso –proclamado a tambor batiente- de que la nación desafiará a EE.UU. con nuevas tecnologías que contrarrestarían eventuales estaciones en el espacio, así como artilugios de lucha electrónica que repelerían embestidas lanzadas desde cualquier complejo de defensa antiaérea?

Y para mayor encono de unos cuantos, ahora analistas alternativos tales Thierry Meyssan (Red Voltaire) se salen con el sonsonete de que el Ejército de los “semibárbaros” esos muestra su superioridad en materia convencional. Así de concluyente: “La intervención militar de Moscú en Siria no solo ha modificado la situación militar en el terreno y sembrado el pánico entre los yihadistas. También ha mostrado al resto del mundo, en medio de una situación de guerra real, las capacidades actuales de las fuerzas armadas rusas. Para sorpresa general, los militares rusos disponen de un sistema de interferencia capaz de dejar a la OTAN sorda y ciega. Aunque dispone de un presupuesto militar muy superior, Estados Unidos acaba de perder su supremacía militar”.

En sí, ¿qué está pasando?

Que de tontos, ni un cabello. Habría que pecar de miopes a ultranza para no distinguir el cerco estadounidense alrededor del gigante euroasiático, como aseveran especialistas entre los que consultamos a Michael Jabara Carley, también de la Red Voltaire, quien para mientes en que “La guerra en Ucrania sigue su curso y no se avizora solución. Pero más que una guerra civil ucraniana es una guerra de agresión contra Rusia, una guerra en la que Estados Unidos utiliza a sus satélites europeos y anglosajones. Las razones de Washington para seguir adelante con esta política extremadamente peligrosa pueden parecer poco claras. Para explicarlas hay que recordar los orígenes de este conflicto”.

Nuestra fuente los trae a colación. “En 1990 se prometía a la Unión Soviética que la OTAN no trataría de extenderse hacia el este, aprovechándose del vacío que dejaba la URSS al retirarse del este de Europa. Hoy en día, Estados Unidos niega haber aceptado ese arreglo, pero el peso de las pruebas sugiere que –en efecto– Washington rompió las promesas que había hecho al entonces líder soviético Mijaíl Gorbatchev”.

En 1991 se concreta el derrumbe de la URSS y las repúblicas integrantes se separan. En EE.UU., los triunfalistas cantaban victoria al referirse a la guerra fría, mientras la economía rival se hundía a pedazos, gracias a los llamados “liberales”, que acataban los consejos favorables a las políticas “de choque” y las privatizaciones, en realidad un saqueo de los recursos naturales. “El Gobierno de la Federación Rusa cayó en manos de Boris Yeltsin, quien hizo el papel de bufón en la corte del entonces presidente Bill Clinton. Yeltsin invitó a sus amigos a enriquecerse, en detrimento del pueblo ruso. Los socios de Yeltsin se paseaban por Moscú en limusinas escoltadas por guardaespaldas enfundados en trajes de lujo que apenas disimulaban las pistolas que portaban”.

Entre 1999 y 2009,  doce territorios de Europa oriental se tornan miembros de la OTAN, entre ellos varias regiones de la antigua Yugoslavia, destruida por Washington y la Alianza, que utilizaron como pretexto la llamada “responsabilidad de proteger”. Al bloque belicista y la Unión Europea no les importó que la última cambiara privilegios por beligerancia, porque antaño los negocios con Moscú marchaban viento en popa. Y este último había devenido el principal proveedor de gas natural. La situación económica mejoraba visiblemente bajo la presidencia de Vladimir Putin.

Más. “En 2003, Estados Unidos y varios de sus satélites de la OTAN atacaron Irak, en lo que fue una flagrante guerra de agresión, sembrando en ese país la destrucción y perpetrando verdaderos baños de sangre… que, por cierto, prosiguen actualmente. En Europa, mientras tanto, la OTAN continuaba su expansión hacia el este. Alarmado, Putin finalmente calificó la política de Estados Unidos y la Alianza Atlántica de democracia de los bombardeos tendiente a imponer la ‘democracia’ por la fuerza en otros Estados. La fuerza era de verdad… pero la democracia era falsa”.

Recordemos que, en 2008, Georgia emprendió una ofensiva en aras de conquistar Osetia del Sur, la cual provocó una intervención rusa y el descalabro del enemigo. “Tampoco duró mucho la ‘revolución de color’ ucraniana. En 2010, Viktor Yanukovich fue electo presidente de Ucrania. Pero el Gobierno de Estados Unidos intensificó sus actividades alrededor de las fronteras rusas, hasta el momento del golpe de Estado contra el presidente Yanukovich, en febrero de 2014. Pareció, por un momento, que Estados Unidos había logrado cerrar el cerco alrededor de Rusia”.

No es secreto que en el presente pululan en la república otrora soviética consejeros militares de Estados Unidos, Canadá y Polonia, “y quién sabe de qué otros países más”. Para mayor inri, “el ministro ‘ucraniano’ de Finanzas es un ciudadano estadounidense; el gobernador de Odesa, Mijaíl Saakashvili, es un prófugo reclamado por la justicia de Georgia; el embajador de Estados Unidos en Kiev se comporta como un procónsul. Y el encargado de aplicar las órdenes de Estados Unidos es el actual ‘presidente’ Petro Porochenko, alias ‘el rey del chocolate’. Se sabe que el equipamiento militar que envían Estados Unidos y otros países occidentales llega a cambio de un ucraniano granero vacío de recursos”.

Occidente no perdonó (no perdona) que no todos recibieran a la junta fascista con la sal y el pan. En lugares la resistencia fue inmediata y encontró el apoyo del pueblo hermano. “Se organizó un referéndum y Crimea se reintegró a Rusia. Occidente acusó a Putin de agresor, pasando por alto que fueron Estados Unidos y sus satélites quienes precipitaron la crisis con su respaldo a los golpistas de Kiev. Es la historia del cazador cazado. Por cierto, ya es muy viejo el truco del agresor que acusa a su víctima de haberle agredido… para justificar su futura agresión”.

Por mucho que evitemos la prolijidad, habrá que evocar al menos un fragmento de esta historia, para algunos sainete. “En junio de 2014, el vuelo MH17 de la Malaysia Airlines se estrelló en la región del Donbass. Sin presentar ni la sombra de una prueba, Estados Unidos y la Unión Europea de inmediato atribuyeron la responsabilidad a Putin y las milicias del Donbass. La prensa occidental recurrió a un lenguaje ultrajante, a la propaganda negra y al lavado de cerebro en contra de la Federación Rusa y de Vladimir Putin. Hasta el sol de hoy, Washington y la junta de Kiev siguen ocultando elementos probatorios fundamentales sobre la catástrofe del vuelo MH17, y si lo hacen es porque están tratando de esconder el hecho que fue la junta fascista quien derribó el avión de pasajeros”.

La propaganda demonizadora funcionó tan de perillas que estallaron sanciones económicas contra la Federación Rusa, que observa alarmada cómo, mientras tanto, la OTAN toca sus fronteras.

Ucrania continúa siendo el campo de batalla donde Estados Unidos trata de cerrar el lazo. “Washington atribuye a Rusia la responsabilidad de la guerra y la acusa de ser el agresor. Espera que el Gobierno ruso acepte la existencia en Kiev de un régimen fascista y bajo tutela estadounidense que constituye una amenaza permanente para la seguridad rusa. Washington acusa a Rusia de no respetar el protocolo de Minsk, cuando en realidad es la junta de Kiev, bajo la dirección de Estados Unidos, quien nunca ha respetado esos acuerdos. Estados Unidos y Europa cierran sistemáticamente los ojos para no ver a los fascistas en Kiev, a pesar de que es difícil no percibir su presencia. Como en la novela de George Orwell 1984, la realidad es lo contrario de lo que se dice”.

A manera de resumen de una Alianza explayada, leamos a Manlio Danucci, quien, en la Red Voltaire, rememora: En 1999, la OTAN absorbe los tres primeros miembros del desaparecido Pacto de Varsovia: Polonia, la República Checa y Hungría. En 2004, a otros siete: Estonia, Letonia, Lituania, Bulgaria, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia. En el presente, a pesar de la vigorosa oposición interna, duramente reprimida, se trata de ayuntar a Montenegro, que “precedería” a otros aspirantes, como Macedonia, Bosnia-Herzegovina, Georgia, Ucrania y más, que ven con júbilo una puerta entreabierta.

La clave

Observadores como Michel Collon se preguntan –e implícitamente dan respuesta a la hinchazón de la Organización del Tratado del Atlántico Norte- “cuál fue la clave para que Estados Unidos lograra mantenerse como única superpotencia global. La única solución es controlar Eurasia, afirma el estratega estadounidense Brzezinski en su libro El Gran Ajedrez (1997).

“Eurasia (Europa + Asia) sigue siendo el ajedrez sobre el cual se desarrolla el combate por la supremacía global. (…) La manera con la que los Estados Unidos ‘gestionan’ Eurasia es de una importancia crucial. El continente más grande del planeta es también un eje geopolítico. Cualquier potencia que lo controle, controla también dos de las tres zonas más desarrolladas y más productivas. El 75 por ciento de la población mundial, la mayor parte de las riquezas físicas, ya sea bajo la forma de empresas o de yacimientos de materias primas, algo como el 60 por ciento del total mundial”.

Ya fuesen demócratas o republicanos, los halcones norteamericanos barruntaban que desde hacía mucho la batalla decisiva iba a desplegarse en Asia. Había que hacer todo lo posible para dividir y aislar ese continente. Brzezinski apuntaba a Beijing como peligro principal: China podría ser el pilar de una coalición antihegemónica con Rusia e Irán.

De la misma manera, añade el comentarista Collon, el exministro estadounidense de Asuntos Exteriores Henry Kissinger justificaba así los bombardeos contra Afganistán en 2001: “Existen tendencias, apoyadas por China y Japón, para crear una zona de libre comercio en Asia. Un bloque asiático hostil integrando las naciones más pobladas del mundo, con recursos importantes y algunos de los países industriales más importantes, sería incompatible con el interés nacional norteamericano. Por estas razones, Estados Unidos debe mantener una presencia en Asia…”.

Por lo tanto, no se erige en sorpresa alguna divisar a la administración de Obama desplazar el centro de gravedad de su política internacional hacia Asia –y Rusia como elemento-. “El politólogo Mohamed Hassan ha analizado uno de los terrenos de este enfrentamiento: ‘China tiene una necesidad vital de recursos energéticos. Washington busca controlar estos recursos para impedir que lleguen a China’”. Y a la Federación, lógicamente.

“La batalla para controlar las rutas del océano Índico y las rutas terrestres del continente asiático es decisiva: Washington quiere tener la posibilidad de bloquear el acceso de China al petróleo de Medio Oriente, al gas de Asia Central, a los minerales y recursos agrícolas de África. El océano Índico es la clave. Pero hoy en día, en 2015, esta eventualidad que daba pesadillas a los estrategas americanos está realizándose. E incluso de forma vertiginosa. Con un sólido eje Pekín–Moscú–Teherán, Asia formaría esa gran potencia económica muy atractiva para Japón, la India, y hasta para Europa. Los Estados Unidos serían excluidos del principal corazón económico y comercial del mundo”.

Hacia 1997, Brzezinski presionaba para que se debilitase a Moscú lo antes posible. “Si Rusia rompe con el Oeste y construye una entidad dinámica, capaz de iniciativas propias ; si (…) forja una alianza con China, entonces resultará terriblemente debilitada la posición norteamericana en Europa”. Y esto, señores, es una declaración de principios… y de intenciones.

Como aclara Michel Collon, “Traducción en lenguaje imperialista claro: una Rusia incapaz de iniciativas propias sería una colonia. De hecho, Brzezinski quería dividirla en tres : ‘Una Rusia europea, una república de Siberia y una república extremo-oriental’”.  Lo cual significa permitir a las multinacionales gringas controlar a su antojo el petróleo, el gas y los minerales.

“Washington aplicó pues el plan Brzezinski con la mayor energía : 1. Infiltrar la economía rusa. 2. Controlar su política. 3. Cercar y neutralizar su Ejército. Una auténtica guerra no declarada: infiltraciones en las compañías rusas, apoyo a los secesionistas terroristas del Cáucaso, cambios de régimen en Cáucaso y en Asia central, costeo de mil 500 ONG anti-Kremlin, diabolización mediática de Putin, multiplicación de bases en el Este de Europa (pese a las promesas hechas en el momento de la caída del Muro), ‘escudos antimisiles’ para impedir cualquier réplica rusa a un ataque, golpe de Estado de la CIA en Ucrania entre otras cosas para expulsar a la armada rusa del mar Negro…”.

Empero, el plan se frustró. Moscú cerró filas con Beijing y creó, en 2001, la Organización para la Cooperación de Shanghái. Otros socios: las repúblicas de Asia Central ricas en petróleo y gas, que de ese modo escaparon de la codicia y de las bases militares norteamericanas. Maniobras conjuntas ruso-chinas, que ya han tenido lugar desde 2005, la coordinación frente a los movimientos terroristas manipulados por la CIA…

Así, se le escapan a Washington Asia toda y la Federación particularmente. El polo Beijing-Moscú, que tanto temían Brzezinski y Kissinger pronto se fue ampliando con los otros Brics (Brasil, India, Sudáfrica), y representa por fin una alternativa para los países más pequeños del Sur, asfixiados por Occidente.

“Ya no queda duda: dado que los Estados Unidos se niegan a aceptar un mundo multipolar, multiplican las guerras e intentan socavar la economía rusa, el interés de Moscú es evidente: darle la espalda al dólar y aliarse al yuan, darle la espalda a Wall Street y mirar hacia las bolsas de Hong Kong y Shanghái, vender gas ya no solamente a Europa sino también a China. Y proveer a los chinos con el sistema de defensa aérea S-400 y dentro de poco S-500, que les permitirán hacer frente a las amenazas que representan los misiles norteamericanos”.

Visto los hechos, nos declaramos “pesimistas”. A la postre, ¿se avendrán la OTAN y sus adláteres a la coexistencia sin una diatriba siquiera contra Rusia? Qué va. Si Rusia es el diablo, o algo parecido, con su cola, sus cuernos y el azufre brotando de una boca hecha de carcajadas esperpénticas, retumbantes. Al menos, lo piensan y lo gritan a voz en cuello los grandes medios y otros heraldos del Sistema. Aunque el canciller Serguei Lavrov jure y perjure que sí, que están abiertos a la cooperación, igualitaria, mutuamente beneficiosa. A todas luces, Occidente tiene complejo de incauto, y se esmera, vaya que se esmera, en quitarse el sambenito, arremetiendo contra Rusia. El diablo.

Tomado de Revista Bohemia

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