Paradigmas revolucionarios de los juristas cubanos (Parte III)

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Por Miguel Angel García Alzugaray

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Como es sabido, el Maestro, el 30 de junio de 1874, después de realizar el correspondiente ejercicio en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, España, obtuvo el grado de Licenciado en Derecho Civil y Canónico.

Martí se interesó, por las ciencias, las artes, las letras, la filosofía y el derecho. Este último tenía forzosamente que atraerle, porque fue revolucionario en la más alta y pura acepción del vocablo: empezó realizando revoluciones de ideas, para terminar en revolucionario de acción, hasta sacrificar su propia preciosa vida en aras de sus ideales de redención y libertad.

A ciencia cierta, la vida activa de Martí en el ejercicio de su profesión como jurista es brevísima, apenas cubre el tiempo que trascurre desde septiembre de 1878 hasta septiembre de 1879, un año, y lo sería en San Cristóbal de La Habana.

Solicita autorización para ejercer de abogado pero se le deniega por no poseer la documentación necesaria y trabaja como pasante en el Bufete de Don Nicolás Azcarate, luego con el Licenciado Miguel F. Viondi, también como pasante. Al no legalizar su titulo por enfrentar problemas de índole económica, no ha de jurar fidelidad a España; en su breve estancia en La Habana, une, a su trabajo de pasante, la de ser elegido Vicepresidente, del Club Central Revolucionario de La Habana, el 18 de enero de 1879.

Se puede decir que desde su adolescencia Martí fue un cespedista consuetudinario. Lo siguió durante su atormentada prisión en las canteras de San Lázaro, lo continuó en su destierro político en España y luego en Estados Unidos. Continuó el paradigmático destino de aquellos hombres sublimes que dieron sus vidas por la libertad y soberanía de su Isla tal como la soñó y murió el Padre de la Patria, al caer en combates desiguales y trágicos: uno en San Lorenzo, el otro en Dos Ríos.

En el precitado ensayo sobre Céspedes y Agramonte acotará:

“Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a una tigre su último cachorro”.

Desde que Martí arribó a Nueva York en 1880 pensó en poner su elocuente oratoria a exaltar la fecha del 10 de octubre, para un llamado a la unidad inquebrantable de los cubanos, tanto los de la emigración como los de la Isla. El 24 de enero de 1880 en su discurso conocido como Lectura Patriótica, en Steck Hall, utilizó frases que hoy se hacen actuales y célebres, tales como: “Esta no es sólo la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión”.

En sus discursos, en su epistolario, en sus artículos periodísticos, en múltiples escrito, se inclinó preferentemente a lo jurídico, estudiando temas que abarcan desde diferentes ramas del Derecho hasta la Filosofía del Derecho.

En verdad asombra, y conmueve hasta lo más íntimo, la magnitud de su producción, la serenidad de sus juicios, la firmeza de sus opiniones y de sus propósitos, la clara visión del futuro, que le perdiera adelantarse al pensamiento de sus contemporáneos y legando la maravilla de su obra genial.

Su obra resulta grande y notable por haber sido realizada en tan pocos años. Obra de dedicación constante, decidida, apasionada. Escribió y habló mucho. Escribió en periódicos y revistas de diferentes países, y publicó folletos e hizo gala de sus ideales en nutrido epistolario. Y pronunció múltiples discursos, elocuentes, de estilo magnífico, sugestivo, apropiados para levantar el ánimo caído de la emigración y para unir a todos los cubanos en el ideal de la libertad.

Fue clave su visión de organizar la lucha siguiendo postulados cívicos y republicanos, pero sin obstaculizar el desarrollo de las operaciones militares. En las Bases del Partido Revolucionario Cubano definía que la contienda sería de “espíritu y métodos republicanos” y así contribuir a un triunfo rápido y a dar “la mayor fuerza y eficacia a las instituciones que de ella se funden, y deben ir en germen en ella”. Igualmente en el Manifiesto de Montecristi señalaba: “Desde sus raíces se ha de constituir la Patria con formas viables, y de sí propias nacidas, de un modo que un gobierno sin realidad ni sanción no lo conduzcan a las parcialidades o a la tiranía”.

Quiso crear una República ideal, estable y digna. Pensó fundarla sobre las bases más firmes, y la mayor firmeza y seguridad plena que creyó encontrar, fue en el necesario aporte de hombre de “virtud y de honor para gobernantes y gobernados.”

Su ideal de República fue algo extraordinario; su visión fue genial y sintió y presintió, como ninguno, las necesidades cubanas, y los acontecimientos tanto nacionales como continentales que influirían notablemente en el futuro de Cuba; y concibió las formas y el modo para salvarnos de peligros amenazadores, siendo para ello entre otras sus bases:

  1.  La Constitución, “la Ley primera de la República, será el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. Ese es el mejor, el más eficiente modo de elevar a los hombres e igualarlos.
  2.  Se organiza la República, teniendo como base “con todos y para el bien de todos”.
  3.  Surgirá “al amor de la libertad y a la facilidad para el trabajo, La justicia será la base de la República, base firme, por que “sólo se salva y perdura lo justo”. Habrá que “poner la justicia tan altas como las palmas”.
  4.  La virtud será guía de gobernantes, que gobernará conforme a las leyes. “Obediencia es el gobierno”.
  5.  La honradez caracterizará al mandatario público, el cual no tomará, ni para sí ni para los suyos, lo que es patrimonio nacional, y que sólo recibe en concepto de depósito y custodia.
  6. Se actuará, se resolverán los problemas políticos y sociales, enfrentándolo valientemente, porque “aplazar no es resolver”.

En esa línea de pensamiento, el Maestro postuló, con meridiana claridad, los principios morales que deben presidir también la actuación del abogado ante los Tribunales:

“Ni las palabras del defensor son eficaces, por hermosas que sean — expresó—, cuando no nacen claramente de los hechos. Antes en ese caso la elocuencia daña que beneficia. La insinceridad, aun cuando sea para salvar a un infeliz, ofende y predispone el ánimo de los jueces”.

En nuestra Batalla de Ideas en defensa de la Revolución, el Derecho, claro y popular que propugnó Martí, tiene el espacio idóneo para continuar la labor preventiva, pero también de imposición de las normas contra la corrupción, las drogas y toda manifestación de indisciplina social.

No importa que José Martí no haya producido una obra jurídica fundamental y completa. Su pensamiento es múltiple. Es como la luz cuando no tiene en sí un obstáculo que lo impida alumbrar. Irradia claridad en todas direcciones.

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