Paradigmas revolucionarios de los juristas cubanos (Parte I)

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Por Miguel Angel García Alzugaray

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“El que no sabe honrar a los grandes no es digno de descender de ellos”. José Martí

Al investigar las raíces del surgimiento y desarrollo de la nacionalidad cubana y el pensamiento revolucionario que primero, animó la lucha contra el colonialismo español, y luego la definitiva emancipación de nuestra patria, se observa que en los cimientos de este largo proceso figura una pléyade de insignes juristas, quienes desde principios del siglo XIX contribuyeron, cada uno en concordancia con las circunstancias históricas en que vivieron, a que Cuba sea hoy un país libre y soberano.

Baste mencionar que figuras de la talla de José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Domingo del Monte y Aponte, Antonio Bachiller y Morales, Joaquín de Agüero y Agüero, por sólo mencionar algunos, enaltecieron la profesión con su brillante desempeño, soñaron y lucharon, algunas veces dieron su sangre o sufrieron cárcel y destierro por la independencia de Cuba. Rafael María de Mendive, el maestro y guía espiritual del Apóstol, además de destacado literato y pedagogo, también era graduado de Derecho. Tanto él como los tres primeros, fueron discípulos del Presbítero Félix Varela, que aunque filósofo 1821, inauguró en el Seminario de San Carlos, lo que resultó ser la primera Cátedra de Derecho de América Latina.

Cuando se estudia la trayectoria de estas personalidades, nos percatamos que están unidas por un hilo conductor: la práctica cotidiana de la virtud, la honestidad, el humanismo, la observancia de la ética y la moral como piedras angulares de sus acciones y sus ideales.

Estos sagrados principios quedaron plasmados en la vida, las ideas y la obra de cuatro paradigmas fundamentales a seguir por un jurista revolucionario cubano. Nos referimos a Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, Ignacio Agramonte y Loynaz, José Martí Pérez y Fidel Castro Ruz, cuyas principales facetas trataremos de exponer, a través de las breves semblanzas como humilde homenaje a su vida y obra.

Carlos Manuel de Céspedes, El Padre de la Patria

El 22 de marzo de 1838 obtuvo el grado de Bachiller en Derecho Civil en la Real y Pontificia Universidad de La Habana. Es significativo que Céspedes culminó los estudios mediante la modalidad «a claustro pleno», es decir, acortó la duración del bachillerato y se sometió al rigor de un gran número de prestigiosos examinadores. Sin embargo, con ese título, que representaba el grado menor del Derecho en la época, no podía ejercerse la abogacía en Cuba. Era menester obtener la licenciatura y, mejor aún, la borla doctoral, las cuales se convirtieron en sus próximas metas docentes.

En 1840 viajó a Barcelona y se matriculó en la Universidad de Cervera. La estancia del joven estudiante en la agitada y turbulenta Cataluña fue decisiva para su futura vida política. Mientras cursaba los estudios se involucró en las luchas partidarias españolas y se impregnó del indomable sentimiento de los catalanes resistidos contra la dependencia de Castilla.

Concluidos sus estudios de Derecho y con el título de Abogado del Reino, como se le decía entonces, Céspedes recorre diversos países europeos, Turquía y algunas regiones del imperio de los zares rusos.

Luego de su regreso a Bayamo en 1844, el bayamés abrió un bufete y escribió poemas y un folleto en el que hace la defensa de Cuba. Hizo la traducción al español de algunos cantos de La Eneida que nunca publicó y escribió también la comedia Las dos Dianas. Secretamente inició sus planes independentistas. En su ciudad natal fue director de la Sociedad Filarmónica y de su Sección de Declamación. En 1849 fue síndico del Ayuntamiento de Bayamo.

Céspedes, dedicado a su labor como abogado, aumentaba su clientela por el prestigio adquirido en el profundo conocimiento de su profesión, su vasta cultura, su afabilidad y cortesía en el trato con las gentes. Colaboró en La Prensa (La Habana), El Redactor (Santiago de Cuba) y La Antorcha (Manzanillo), donde ocupó, además, el cargo de redactor.

Céspedes fue algo más que el Hombre de la decisión, única faceta suya que nos describen algunos historiadores. Es también el Hombre de pensamiento, quien le aportó desde su mismo nacimiento un carácter de Revolución social al movimiento independentista. Con el Héroe de La Demajagua estamos en presencia de un independentismo de nuevo tipo, que persigue la separación política de España mediante la vía armada, con la abolición de la esclavitud como su otra bandera de lucha.

En el Manifiesto del 10 de Octubre junto a la declaración de independencia se anunciaba el carácter antiesclavista de la insurrección y se abogaba por el sufragio universal, lo que igualaba en la futura república a antiguos amos y esclavos.

En el Ejército Libertador aplicó una política democrática de ascensos basada en los méritos personales. Muchos afrodescendientes y combatientes de origen humilde llegaron alcanzar altos grados. Hijos de aristócratas vieron como cosa natural el mando de un Maceo, un Moncada, un Crombet.

Su bandera, que por primera vez enarboló ese día, cosida por la joven lugareña Candelaria Acosta, le acompañaría hasta la Asamblea Constituyente de Guáimaro. Allí, por acuerdo de todos pasaría a ser un tesoro de la nación y sería colocada por siempre dondequiera que se reuniera y bajo cualquier circunstancia, una asamblea cubana. Para no agraviar esa precedencia acordarían asociarla a la del triángulo equilátero y la estrella solitaria que con idénticos colores: rojo, azul y blanco, habían diseñado los precursores y se convirtió luego en la bandera de Cuba.

Siempre confió en el esfuerzo propio de los cubanos para obtener la independencia. Expresó hasta la reiteración: “Al lanzarse Cuba a la arena de la lucha, ..Jamás pensó que el extranjero le enviase soldados ni buques de guerra para conquistar su nacionalidad”.

Su combate contra el colonialismo fue hasta las últimas consecuencias. Cuando no pudo defender su querido Bayamo de las tropas españolas, prefirió verlo convertido en cenizas antes que entregarlo al enemigo.

“Nuestro lema invariable es y será siempre Independencia o Muerte”, había pregonado en La Demajagua y reiterado en su célebre carta al político norteamericano Charles Sumner. Actitud que mantendría hasta sus últimos instantes en San Lorenzo.

Sobre Carlos Manuel de Céspedes, José Martí resaltó su ímpetu, su arrebato, su purificación, su autoridad desafiante, su fuerza. La grandeza en Céspedes, la destaca Martí en estas palabras: “como ha sido el primero en obrar, se ve como con derechos propios y personales, como con derechos de padre, sobre su obra […]”

Enfrentado por las circunstancias al sacrificio de su amado hijo Oscar, capturado por el enemigo y ante el ofrecimiento de su vida a cambio de sus ideas, Céspedes responderá: «Oscar no es mi único hijo; soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución». Y así nace el Padre de la Patria.

El eco de la voz de Carlos Manuel de Céspedes y su ideario, resonaría en la viril actitud de Maceo en Baraguá, en la de Martí cuando expresó: “Solo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad”, en el Patria o Muerte de Fidel con el que mantenemos hoy vivo su ejemplo de jurista revolucionario y nos proclamamos sus discípulos.

 

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