Operación Tributo: Días de intenso dolor

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Por Pastor Guzmán

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Iraida Antonia García Borroto sintió que un pedazo de su espíritu se desprendía de ella cuando en 1982 su hijo Alfredo Tomás Calzada García partía hacia Angola para cumplir misión internacionalista, apenas celebrados los 17 años.

En ese sobresalto vivieron Iraida, su esposo y sus otros tres vástagos, durante más de un año hasta aquel día terrible que se les grabó con dolor y llanto en lo más profundo del ser.

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“El día más triste de mi vida fue el 10 de agosto de 1983, cuando nos llegó esa noticia. Era domingo y yo estaba en mi casa. Tocaron a la puerta, y abro, y a través de la reja de malla veo al compañero Urquiza —coronel Ángel Moreno Urquiza, ya jubilado— y a Vizcaíno, de atención a combatientes en el municipio de La Sierpe, y detrás de ellos un grupo de vecinos.

“No hizo falta más para saber de qué se trataba. No quisiera recordar aquellos momentos terribles. Allí sentí una sensación muy difícil de explicar, creo que no hay palabras que describan el dolor que sufrí”.

En 1989, cuando la Operación Tributo, Iraida y los suyos estuvieron entre los familiares de mártires seleccionados por cada provincia para ir a La Habana a recibir los restos y participar con ellos en la ceremonia de homenaje nacional que presidió Fidel en El Cacahual el 7 de diciembre de ese año, junto a las tumbas gloriosas de Antonio Maceo y Panchito Gómez Toro.

Cuando llegamos a Sancti Spíritus seguimos para La Sierpe, donde nos estaban esperando las autoridades del municipio y pueblo en general. Allí a la ceremonia de despedida efectuada junto al nuevo panteón erigido para los caídos por la defensa, acudieron infinidad de personas, prácticamente los habitantes de todo el municipio y, por supuesto, la gente de Natividad, porque nacimos allí y todos nos conocían, y porque los cubanos, en los momentos relevantes, respondemos siempre.

“Aquello fue en extremo emocionante, pero como madre le digo que fue terrible, porque volvimos a vivir los días de intenso dolor y luto de agosto del 83, pasados seis años de aquel triste suceso”.

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ORFANDAD QUE LACERA

Aunque los hermanos Alexander y Adelfa Díaz Manrique conocieron la orfandad con 18 y 15 años de edad, respectivamente, y a pesar de que su padre, Ciro Díaz, hacia años que no vivía con ellos, sintieron que no estaban preparados para la noticia de su muerte. Quizá solo un suceso traumático como ese da la verdadera dimensión del cariño filial en ciertas circunstancias.

“Yo cuando él cae en Angola —expresa Alexander— hacía poco que había comenzado el Servicio Militar. Recuerdo que estaba en una maniobra en la previa y me avisaron que tenía que llegar al Regimiento, que querían conversar conmigo. Fui al mando superior y allí me explicaron lo que le había ocurrido a mi padre en Angola.

“En ese momento yo era muy joven y aquel golpe fue muy duro y me pareció que era mentira. Ya me habían alertado para ir de misión internacionalista, pero al constatar que mi padre ya estaba allá cumpliendo una, no pude ir debido a disposición superior”.

Adelfa, con solo 15 primaveras en el momento de la caída de su padre en Angola, recibió la noticia una noche cuando llegó un tío paterno acompañando a un oficial de las FAR para dar cuenta del fallecimiento de Ciro.

“Yo era una jovencita y al ver aquello ahí, que pusieron en la casa la foto de él con flores y un crespón de luto… Él había mandado a decir en su última carta que ya estaba al venir y que podía ocurrir que llegara incluso antes de la carta. ‘Tengo un pie aquí y otro en Cuba’, escribió, y nosotros lo estábamos esperando de un momento a otro; sin embargo, lo que llegó fue la noticia de su muerte. Ya usted podrá imaginar”.

“Cuando la Operación Tributo, nos avisaron para estar en la escuela primaria Serafín Sánchez de la cabecera provincial espirituana, temprano en la mañana del 6 de diciembre de 1989. Fue tanta la emoción que no recuerdo como llegamos allí y nos reunimos ante ataúdes y osarios, como si mi padre hubiese acabado de morir”, resume Adelfa.

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“Por mi parte le puedo decir que nos sentimos orgullosos de mi padre —tercia Alexander—y cuando nos avisan de la Operación Tributo y que iban a repatriar sus restos, sentimos gran satisfacción, porque tendríamos un lugar a donde ir a rendirle homenaje, y eso significaba una tranquilidad muy grande para toda la familia”.

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