Operación Ajax

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Jorge Wejebe Cobo

El 19 de agosto de 1953, el General iraní Fazlollah Zahedi se dirigió en un tanque a una estación de radio para anunciar que asumía el gobierno, desalojando del poder al Primer Ministro del país Mohammed Mosaddegh, quien había nacionalizado las riquezas petroleras en manos de compañías inglesas.

La asonada militar restauró todo el poder del Sha Reza Pahlevi –quien ante la popularidad y prestigio del derrocado Primer Ministro, se había visto obligado a aceptar su nombramiento en 1951– en correspondencia con los preceptos de una supuesta monarquía parlamentaria que aportaba al régimen una imagen de modernidad y liberalismo.

Tal acontecimiento fue reflejado por la prensa occidental como la salida deseable a una crisis provocada por la mala administración del gobierno derrocado. Mosaddegh fue juzgado por una corte marcial y acusado de traidor, pero solamente cumplió tres años de cárcel y fue sometido a reclusión domiciliaria hasta que falleció en 1967.

Los altos directivos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, y del Servicio de Inteligencia Especial Británico (SIS), tenían sobradas razones para festejar la culminación de la llamada Operación Ajax, la cual contempló un programa de sobornos, reclutamiento de políticos, líderes religiosos, militares, comerciantes y diversas acciones encubiertas que desestabilizaron al gobierno progresista y apoyaron al Sha, incondicional aliado de Estados Unidos e Inglaterra.

Esta exitosa experiencia conformó una matriz de actuación para varias generaciones de estrategas, espías, diplomáticos y militares estadounidenses que, en lo adelante, la aplicarían contra gobiernos considerados indeseables a los intereses norteamericanos y de sus aliados en el mundo.

Los académicos espías

El historiador cubano Eliades Acosta es autor de una documentada investigación sobre las guerras culturales de la CIA contra gobiernos progresistas (1), en la que revela el papel de un «círculo de ilustrados literatos  en la concepción y dirección de la Operación Ajax, un aspecto poco estudiado en el golpe de Estado en Irán.

También en el año 2006, el periodista James Risen, del periódico The New York Times, trató la participación de su país e Inglaterra en la conspiración contra Mosaddegh, en una serie de artículos titulada Secretos de la Historia: La CIA en Irán, basados principalmente en un informe desclasificado, elaborado en 1954 por Donald Wilber, uno de los jefes de la Operación Ajax, en el que describe detalladamente su organización y desarrollo.

Donald Wilber era historiador y arqueólogo, graduado de la Universidad Princenton, especializado en Oriente Medio, y fue a quien se le adjudicó el reclutamiento del Ayatollah Kashani, una de las figuras políticas influyentes en el gobierno de Mosaddegh.

Sería su contraparte el Barón Christopher Montague Woodhouse, jefe de la estación de la inteligencia inglesa en Irán y miembro de la Real Academia de Literatura de su país y autor de una historia sobre Grecia.

El grupo lo completaban Kermit Roosevelt, nieto del Presidente Theodore Roosevelt, graduado en la Universidad de Harvard, y John H. Leavitt, jefe de la Sección Irán de la CIA y editor de libros de ensayos.

La conjunción de esfuerzos de ambos servicios estuvo dirigida, en primer orden, a comprar a directores de periódicos y periodistas que habían atacado al gobierno, para cumplir así los patrones de propaganda que acusaban a Mosaddegh de servir a los intereses de la Unión Soviética y del comunismo y de traicionar la fe islámica. Al mismo tiempo, presentaban al Sha como salvador de la patria.

Para estos fines, la es- la estación de la CIA en Teherán utilizó un millón de dólares, según el informe de Wilber. Además, contaron con la complicidad de los tres hermanos Rashidiab, ricos comerciantes dedicados al tráfico de armas y con gran influencia entre los mercaderes de Teherán, a quienes utilizaron masivamente para organizar huelgas, tomar las calles y paralizar la vida de la ciudad pidiendo la dimisión del gobierno, a la vez que pandillas de delincuentes imponían el desorden y el asesinato político en el país.

Así crearon la situación propicia para la actuación de los militares complotados que, deseosos de justificar las grandes sumas que también les entregó la CIA, se dirigían abiertamente a la embajada norteamericana solicitando orientaciones para comenzar el golpe.

Como alternativa a estas acciones, el Pentágono acumuló un arsenal de armas, municiones y explosivos junto a todo tipo de avituallamiento, en la Base de la Fuerza Aérea norteamericana en Wheelus Field Trípoli, ubicada en Libia, suficiente para armar y sostener a una fuerza militar de 10 000 hombres durante 6 meses, con el fin de asegurar el éxito de la operación ante cualquier eventualidad en el curso de las acciones.

El golpe de Estado en Irán, que provocó más de 200 muertos, consolidó el dominio de Estados Unidos e Inglaterra sobre las mayores reservas de hidrocarburo del mundo, e implicó una importante victoria en la guerra fría ya que el país persa compartía una extensa frontera con la Unión Soviética, y se convirtió en los sucesivos 25 años en una formidable plaza de armas que completaba el cerco de bases militares que atenazaba a los soviéticos en sus límites europeos.

A partir de la década del 70, la CIA estableció un ultramoderno sistema de intercepción electrónica que controlaba toda la zona del Golfo y buena parte de las comunicaciones soviéticas en su parte asiática, y garantizó bases navales y aéreas para las fuerzas norteamericanas y de la Organización del Atlántico Norte (OTAN).

Sin embargo, el derrocamiento en 1979 del régimen del Sha Reza Pahlevi –a pesar de contar con uno de los ejércitos más poderosos del mundo– y la expulsión de los norteamericanos de Irán, no tuvieron que ver con la lógica de la guerra fría ni con la intervención del gobierno soviético y de sus servicios de inteligencia. Por el contrario, fue una revolución islámica y antimperialista dirigida por el líder religioso Ayatollah Ruhollah Khomeini, exiliado en Francia, la que puso fin a una milenaria monarquía y a la subordinación de Irán a los intereses de Estados Unidos e Inglaterra.

A la luz de la perspectiva histórica los “ilustres  académicos espías ingleses y norteamericanos”, solo tuvieron un éxito temporal al intentar retrotraer la historia a las prácticas colonial del siglo XIX , cuando depusieron a un gobierno que lejos de estar interesado en una radical revolución social, intentaba modernizar las practicas capitalistas y obtener por su petróleo un precio más o menos justo, tal como es habitual hoy, y no regalarlo a las compañías inglesas que lo extraían y sacaban del país sin prácticamente ningún control aduanero de las autoridades iraníes lo cual era inadmisible para el sentimiento nacionalista del país.

Pero no es justo ser demasiado severo con los planificadores y ejecutores del golpe de estado, ellos cumplían con la política al uso de Inglaterra y los Estados Unidos, de promover por golpes militares y acciones desestabilizadoras, a gobierno dóciles a esas potencias en casi todo el mundo.

1 Imperialismo del siglo XXI. Las guerras culturales. Eliades Acosta Matos. Casa Editora Abril.2009.

Tomado de Cuba es surtidor

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