Óleo de barco… (un cuento de Eduardo Eras León )

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La imagen inmortaliza uno de los actos terroristas promovidos por la CIA contra el pueblo cubano.

Hacia el mediodía, los talleres de la fábrica eran un aletear de gente y una marea de calor, y nosotros, acabados de almorzar, buscábamos rincones de sombra, minúsculos espacios bendecidos por la brisa, para descansar los escasos minutos del receso. Yo salí del comedor en estado de absoluta plenitud, y subí los escalones en dirección al taller de fundición. Apenas me asomé a la entrada, el sonido de los pisones en el área de moldeo me entumeció los oídos. “Uno nunca se acostumbra a este ruido infernal”, pensé. Crucé apresuradamente el área evitando la zona de vertido. Unos minutos antes habían terminado una colada y las cajas de moldeo todavía echaban humo y contaminaban aún más aquella atmósfera irrespirable. El calor era agobiante y yo quería llegar cuanto antes al taller de acabado. Había descubierto allí un espacio donde el sol y el silencio merodeaban sin estorbarse, y la brisa corría a través de un enorme boquete en el fibrocemento de una de las paredes. Era un extraño oasis en medio de aquella resaca de ruidos, polvo y calor.

Entonces lo vi.

Estaba de espaldas, el casco del fundidor en una mano, mirando abstraído el horno. Era un negro alto, muy delgado, y su silueta, recortada en la claridad de la puerta trasera del taller, me pareció conocida. Algo dentro de mí echó a andar y comenzó a moverse hacia atrás. Pero él no dio tiempo.

De repente se volvió y quedó mirándome fijamente, primero muy serio, el rostro contraído; después, sus facciones se fueron aflojando y una amplia sonrisa lo convirtió en el rostro de un niño inconfundible que empezó a atravesar los pliegues de mi memoria:

—Yo te conozco —dijo—. ¿De dónde…? ¿De dónde? De… De… A ver… de…

—Yo también a ti… ¿De las fuerzas armadas…? ¿Artillería…?

—No… no, de más atrás. —Y cerró los ojos.

— ¿Universidad…?

—No… no, más atrás, más…

—¿De la escuela…? Sí, de la escuela… —dije ahora más seguro.

—¡114! —dijimos ambos a la vez—. ¡Del Palacio de los Gritos! —agregué riéndome—. Tú eres… tú eres… ¡Faustino! ¡Tino!

—Y tú… ¡Raulito, el Jabao! —Se acercó, y me tocó el pelo rebelde como lo hacía antes. Y nos abrazamos como los niños del recuerdo.

—¡Faustino, cará! ¿Te das cuenta? Hace como veinte años de eso, compadre. Veinte años, ¡y míranos!

—¡Dónde nos vinimos a encontrar!

Él se colocó el casco y le echó una ojeada al horno. Levantó la puerta y miró unos segundos el movimiento acompasado de los electrodos en el centro de la recámara. Movió afirmativamente la cabeza y luego cerró la puerta con brusquedad.

—Oye, Tino, ¿tú eres el fundidor del turno?

—Ajá… Hace unos meses que estoy acá.

—Pero qué extraño, compadre, yo no te había visto…

—Es que he faltado bastante. He estado enfermo, todavía lo estoy… los nervios.

Se sentó lentamente en el banquito del fundidor y sacó —no sé de dónde— una banquetica que colocó a su lado.

—Ven, Jabao, vamos a conversar un ratico. ¡Coño, pero qué alegría me da verte!

Se quitó el casco y con un pañuelo muy sucio se secó el sudor de la cara y el cuello. Se había hecho un extraño silencio en todo el taller de fundición, como si estuviera durmiendo una siesta.

—¡Así que fundidor, cará! —le dije—. ¿Eso fue lo que estudiaste? ¿Eres técnico medio?

—No, soy ingeniero metalúrgico.

—¿Cómo ingeniero metalúrgico? ¿Tú ingeniero? No te creo, negro, si tú eras ciego a las matemáticas…

—Ah, ya ves, ahí tengo mi título y todo. Del Instituto Superior Metalúrgico de Kiev…

—¿En la Unión Soviética? ¿Tú…? No, qué va… Bueno, me tienes que contar —le dije, y lo miré con curiosidad.

—No, mi socio, es demasiado largo, y además…

—No, no, pero espérate, espérate. Si tú eres ingeniero, ¿qué haces aquí de fundidor? Tú tendrías que estar en… Oye, ¿pero tú eres ingeniero de verdad?

—Claro que sí.

—¿Seguro…?

Yo me había levantado y lo miraba con toda la incredulidad del mundo.

Todavía lo recordaba en los días de la Primaria: un negrito alto y delgado como una varilla, enredado a puñetazos constantemente y que un día, cuando el abusador del aula quiso pegarme, sin yo pedírselo, se convirtió de repente en mi defensor, y ya lo fue después para siempre. Mi gran amigo de la niñez, siempre dispuesto a la pelea, el más torpe de todos en los estudios.

—¡Coño, ¿tú me conoces como mentiroso?!

—No, claro que no, perdóname. Pero es que…

Quedamos callados unos minutos. Los ruidos del taller regresaban tímidamente, y el horno era una mancha rojiza en una densa nube de vapor. Él se dirigió al horno y otra vez abrió la puertecita. Miró absorto unos segundos.

Antes de cerrarla, echó unos pedacitos de metal y unas llamitas azules brillaron allá adentro. De pronto recordé:

—Faustino, ¿y Lucio?

Él no respondió. Volvió a secarse el sudor, esta vez con un poco de estopa, y se dejó caer en el banquito. Me pareció que miraba hacia un punto perdido más allá del taller, de la fábrica. ¿Cómo no me había acordado antes de Lucio? Faustino y Lucio, los hermanos inseparables: Lucio, el mayor, siempre cuidándolo; vigilando sus pasos.

—¿Y Lucio?

—Lucio murió, Jabao —dijo casi en un susurro.

—¿Cómo que murió? Pero, ¿cuándo?

—Murió en La Coubre, compadre. El 4 de marzo de 1960.

—¿Trabajaba en los muelles?

—Trabajábamos los dos…

—Pero tú…

—Yo me escapé de milagro.

—¿Cómo fue eso? Cuéntame.

Iba a volver a negarse. Se lo noté en el gesto de impaciencia que hizo, en la mano que levantó bruscamente. Pero algo en mis ojos lo apaciguó.

—Es que ese día era mi brigada la que estaba descargando el barco. A Lucio le tocaba descanso. Pero yo tenía turno de médico y él me sustituyó. Fue una idea suya. Cuando salía para el trabajo, le dije que no hacía falta, que yo podía correr el turno. Pero se echó a reír. Me dio un golpecito en el pecho como siempre hacía y me dijo: “Usted, al médico; yo a la pincha”. Tú lo conociste, Jabao: cuando él decía esto, era eso, ni más ni menos. Y tú sabes que yo no discutía con él. Entre nosotros, su palabra era siempre la última. Así que me fui a lo mío. Terminé cerca de las tres de la tarde y luego volví al muelle. Pensaba que todavía podía incorporarme a mi brigada que descargaba aquel barco. Yo sabía que eran armas. Incluso agarré un taxi, que me dejó enseguida allí. Cuando pagué, le pregunté al chofer la hora. “Tres y doce”, me dijo con extraña precisión. Tres minutos después, el barco explotó.

—¡Coño, Tino! Y tú estabas allí. ¿Y luego…?

—Yo sentí como una oleada de calor que me golpeó la cara y me tiró al suelo. Levanté la cabeza y vi como un hongo de humo saliendo del barco, como si fuera una explosión atómica, y me aterré. Algo estaba resbalando por mi cara y pensé que era sudor. Me limpié con una manga de la camisa y vi que era sangre. Estaba aturdido y en ese momento ni me pregunté dónde estaba mi herida. Intenté levantarme, pero tuve como un mareo y todo empezó a dar vueltas. Algo así como una sirena empezó a sonar mientras la gente corría en todas direcciones. Miré hacia mi derecha, y vi una pierna tirada en el suelo, manchas de sangre, escombros. Otra vez me levanté. Y quise correr hacia el barco. Pero el mareo regresó y volví a caer. No sé qué tiempo pasó. Abrí los ojos, y de pronto, lo vi todo con una claridad sorprendente. Me levanté y eché a correr. ¡Lucio! Mi hermano estaba en el barco. ¡Lucio! Pero algo me detuvo. Alguien agarraba mi camisa y gritaba: “¡Estás herido en la cabeza! ¡Regresa! ¡Va a explotar otra vez! ¡Va a explotar! ¡Atrás!” Quise seguir, pero aquel hombre me dio un empujón y caí nuevamente. Después me agarró por los hombros, me levantó a la fuerza y corrimos juntos, alejándonos.

—Y hubo la segunda explosión, ¿no?

—Sí, peor que la primera. Además, hizo más daño que la otra. Mucha gente se había acercado al barco, y la explosión los destrozó. En medio de aquella confusión regresé a hacer algo, a ayudar en lo que fuera. Así estuve un largo rato, aturdido, sintiendo aquel olor penetrante a pólvora, a azufre, a carne quemada. Pero un mareo mucho más intenso me dejó casi sin sentido.

Alguien me vendó la cabeza. ¿Y Lucio? ¿Qué sería de él? Yo sabía que estaba dentro del barco, pero tenía la esperanza de que escapara de aquel infierno. No era la primera vez. Lucio había sobrevivido accidentes, la lucha clandestina cuando Batista, la prisión. No, él saldría también de ésta. Claro que sí…

—Pero no salió, ¿verdad?

—No, Jabao, no salió. Ni siquiera aparecieron sus restos. Sólo recuperé un jacket que llevaba puesto aquel día.

—¿No pudieron velarlo?

—¿A qué cuerpo íbamos a velar?

—¿Y después…?

—Después nada. Después los años pasando, y uno que no puede olvidar, porque Lucio para mí era todo, mi padre, mi hermano, mi amigo. Y yo no quería, ni quiero verlo como un mártir, porque él no tenía ni madera ni vocación de mártir. Era un hombre como tú y como yo, que quería vivir, y que siempre me decía: “Disfruta la vida, Tino, que todavía hay muchas mujeres para acostarse, muchos rones que tomarse y muchos años para vivir. Apréndete eso y aprende también que hay una sola cosa sagrada: el trabajo”. Un día vinieron a casa y me dijeron que estaba propuesto para ir a la Unión Soviética a estudiar. Yo apenas había terminado el Pre, con pésimas notas, pero era el hermano de Lucio, un mártir de la Revolución. ¿Qué iba a decir? Tenía que hacerlo por él, ¿te das cuenta?, aunque ni la ingeniería ni la Unión Soviética me importaran un carajo. Allí intenté estudiar. Hice lo que pude, pero pude bien poco. Y pensé que me devolverían pronto a Cuba. Pero otra vez Lucio hizo el milagro: jamás me suspendieron. Respondiera lo que respondiera, nunca me suspendieron un examen. Ellos eran así.

—Casi te regalaron el título, ¿no?

—¿Casi? No me hagas reír. El título no me lo estaban dando a mí, sino a Lucio: él era el ingeniero, no yo.

—Y aquí en Cuba, ¿qué pasó?

—Lo que tenía que pasar. Me situaron aquí, en la fábrica, como ingeniero en el Departamento de Producción. A los cuatro meses, después de meter la pata hasta el infinito, de calcular mal unas aleaciones, de descojonar varias coladas, me dieron a escoger: o me bajaban a fundidor, o me iba de la fábrica.

—Y te quedaste.

—Me quedé, Jabao, me quedé. Es lo menos que podía hacer por Lucio.

Desde niño me había protegido, me había salvado la vida el día de la explosión, me había hecho ingeniero, a pesar mío. Y algo tenía que hacer yo, ¿no? Pero ahora lo haría yo solo. Ya no estaba a mi lado, ya no podía preguntarle ni pedirle consejo. Y por primera vez en mi vida tomé una decisión sin él. En algún momento tenía que hacerlo. Y aquí estoy.

—Y aquí estás. De fundidor. Qué bien, compadre —le dije irónico.

—Así mismo.

—¿Y vas a seguir de fundidor, eh?

—Voy a seguir.

—Quemándote la vida, pudriéndote aquí.

—Ajá. Como debe ser.

—Pues yo creo que como no debe ser, mi socio.

—¿Por qué no? Está bien que me joda un poco. Eso no hace daño.

—¿Cómo que no hace daño? ¿Hasta cuándo? ¿Te vas a meter aquí toda la vida?

—No sé —dijo y respiró profundamente—. Hasta que cumpla con él.

—¿Cumplir con qué, Faustino? ¿Qué compromiso es ése? ¿Es un castigo? Lo que estás haciendo es castigarte, ¿no te das cuenta?

—Está bien, Jabao, déjalo ahí.

—No, no lo dejo. Yo fui tu amigo y todavía sigo siéndolo. ¿Qué más tienes que hacer por Lucio? ¿Reprocharte no haber muerto con él? ¿No ves que te estás jodiendo la vida? ¡Coño, compadre, no te la sigas jodiendo! —le dije alterado, casi gritando.

—Déjame ya, Jabao, yo sé mis cosas.

—Vete de la fábrica.

—No, deja eso.

—Tino, con más o menos conocimientos, tú eres ingeniero. ¡Tú tienes un título!

—No me sirve.

—Sí te sirve, compadre —casi le supliqué.

Entonces él me agarró por los hombros y me miró fijamente, y los ojos se le fueron achicando, perdiéndose en el humo y el polvo que comenzaban a disminuir la intensa luz del mediodía:

—Jabao —y la voz se le quebró en un murmullo—, ese día yo no fui al médico; ese día yo fui a acostarme con una mujer, Jabao. ¿Tú me entiendes?

Me dio la espalda y se quitó el casco. Nuevamente se secó el sudor con el pañuelo. ¿O eran lágrimas? Después se fue acercando al horno. Abrió la pequeña puerta y miró al interior de la recámara, a través de los cristales del casco. Se volvió hacia mí:

—No te preocupes, mi socio. Ya lo mío pasó. —Y señalando al horno—: Déjame ver esta colada, no vaya a ser que también se joda —dijo intentando sonreír.

Se quitó los guantes. Tocó tres veces el timbre anunciando que la colada estaba lista, y se alejó entre los ruidos, el polvo y el calor de aquel taller al mediodía.

Nota: El barco francés La Coubre estalló en uno de los muelles de la bahía de La Habana, por un sabotaje preparado antes de su arribo a Cuba. Este acto terrorista ocasionó un número indeterminado de desaparecidos, se encontraron los restos de 101 personas y hubo más de 200 heridos.

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