Nuestra Celia

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Por Marta Rojas 

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La voz cálida, el detalle y la acción en silencio; guardia­na celosa de las personas y las cosas más preciadas de la Re­volución, patriota de raíz, espí­ritu abierto cuya sensibilidad exquisita le permitía tocar con tino el corazón de sus semejan­tes, bastaba que ella se lo propusiera o los otros desearan su amistad revolucionaria.

Anduvo siempre sin aspaviento, sin reclamar honores quien todos los merecía. Huidiza para recibir y pronta para prodigar felicidad y aliento; firme, enhiesta y cubana como la palma; frondosa su acogedora sombra como la que da el follaje de una ceiba. Valiente y justa, látigo a quemarropa para el enemigo de su causa, Celia era el fuego y el manantial. Gustaba de la agreste serventía del monte para andar a su gusto entre sus hermanos, pero se volvía desa­fiante e infranqueable muralla de concreto con­tra la que se estrellaban los desleales a la Revo­lución y los enemigos de Cuba.

¡Tanto cuidaba el detalle!, hasta el más deli­cado y último detalle, que millones de cubanos y aun más allá de nuestras fronteras hoy tienen de ella –muchos sin saberlo– un recuerdo en sus manos o en su corazón.

Desde los bambúes y helechos del Parque Lenin, hasta el pedestal de piedra en el gran parque de La Demajagua son obras de ella, pero cuántas más hizo. Nunca lograremos cerrar el inventario de las que producían sus manos, cálidas como su voz, o las que animaba su espíritu, cuya viveza y energía nos asombraban siempre.

Profundamente humana, estaba hecha de una sola y sólida pieza revolucionaria, desde sus pies a la punta de los cabellos, que tanto gustaba adornarse con flores, lazos o peinetas.

Para ella un vestido de gala podía ser su uniforme verdeolivo, o el traje propio de las recepciones y actos oficiales del Estado; llevaba con tanta naturalidad uno u otro, tan finamente, que nadie la igualaba.

Sus ojos, la mirada directa y penetrante y el modo de sentarse al borde de la silla o la bu­taca como a punto de incorporarse y echar a andar, eran sus modales de águila para prevenir el peligro o acechar a algún posible enemigo oculto; así se sentó por última vez en un acto oficial, en la ONU, cuando Fidel hablaba al mundo.

Pero, esos mismos ojos y su cuerpo grácil se relajaban, como por efecto de magia, frente a un campesino de la Sierra, un trabajador, un niño, un compañero cuya necesidad de una palabra suya ella intuyera.
Rehuía toda mención a sus títulos honorífi­cos, a sus rangos de guerrillera, a los blaso­nes históricos, a sus poderes en el Estado, a su nivel en la dirección del Partido. Andar por donde no la conocían, con quienes la trataban como a una simple ciudadana, manejar el jeep o el automóvil de noche o de día, sola, teme­rariamente sola; pescar en su querido mar de Manzanillo o de Niquero y oír de boca de sus amigos, viejos pescadores de la región, los cuen­tos de hazañas increíbles, de lances fantásticos entre hombres y tiburones, eran cosas de su mayor gusto.

Pero, Celia no hizo ruido nunca. Hasta para partir definitivamente guardó silencio. En sigilo la abandonó su vigor, su energía vital un día de enero. La muerte, el 11 de enero 1980, se la llevó calladamente.

Entre las cumbres de méritos que acumuló, se suma el de salvaguardar la historia de la Revolución, la memoria de hombres y mujeres que contribuyeron en los momentos cruciales a la gestación, el feliz alumbramiento y la supervivencia de la Revolución.

Granma 

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