Notas sobre un libro imprescindible: Estados Unidos: el precio del poder

Lea más de: , , , , ,

Abel Prieto

En unos versos memorables, Roberto Fernández Retamar alude a las “fechas vacías” que se cargan repentinamente de sentido y gravitación y “arden” ante los ojos de los habitantes del presente y del futuro. Así pasó con el 17 de diciembre de 2014: aparecía, dormido, como un día más en el almanaque, y de pronto, al decir del poeta, lo vimos “arder” con  los discursos simultáneos de los Presidentes Raúl Castro Ruz y Barack Obama, el regreso de Gerardo, Ramón y Antonio y la inauguración de una nueva etapa en las relaciones entre el gobierno revolucionario cubano y su despiadado enemigo histórico.

Fueron acontecimientos saludados con optimismo en el mundo entero. En Cuba, junto a la alegría difícilmente calculable por la liberación de nuestros tres hermanos, vivíamos con intensidad el orgullo por haber logrado una gran victoria moral sobre el Imperio sin haber hecho la más mínima concesión. Habían triunfado, frente a la soberbia de la superpotencia, la firmeza y la sabiduría de nuestra dirección y la resistencia de todo un pueblo. Pero ya se vislumbraban para nosotros desafíos más complejos.

Hubo sin embargo personas candorosas que se apresuraron en celebrar el arribo de una luna de miel, tierna y feliz, entre la Isla y unos vecinos antaño diabólicos y ahora súbitamente angelicales. Fueron, lo sabemos, festividades ingenuas y precipitadas. Los propios voceros del Imperio se encargaron de hacer explícitos algunos de los principales objetivos del llamado “cambio de política”; y el Presidente Raúl, en la ANPP y en las Cumbres de la CELAC y del ALBA, reiteró con total claridad los  principios no negociables sobre los que se sustenta y sustentará la posición de Cuba en los escenarios presentes y futuros.

El libro Estados Unidos: el precio del poder de Alejandro Castro Espín llega al lector cubano en su nueva edición ampliada cuando resulta más necesario que nunca. Viene a enriquecer de manera excepcional los debates que debemos fomentar en todos los sectores de la sociedad cubana por la información que nos ofrece, la hondura de sus análisis y el cúmulo de argumentos bien fundamentados que pone en nuestras manos. Además, a pesar del rigor científico de la investigación, no se trata en lo absoluto de un libro farragoso, arduo, destinado a académicos y especialistas. Por el contrario, está concebido para un lector amplio y diverso. Es más: tendríamos que hacer lo posible para ensanchar el espectro de lectores de Estados Unidos: el precio del poder; porque significa, sin ninguna duda, una notable contribución al pensamiento antimperialista tan necesario hoy en Cuba.

Sería de mucha importancia, por ejemplo, que nuestros maestros y profesores de primaria, secundaria y preuniversitario lo estudiaran para su ilustración personal y para utilizar desde el punto de vista educativo sus razonamientos y pruebas aplastantes. En universidades, centros investigativos y organizaciones juveniles, podría inspirar paneles y discusiones. Habría que buscar fórmulas para provocar su lectura y debate a través de las nuevas tecnologías. Este es un minuto crucial, en que tenemos que cultivar el más radical antimperialismo, sobre todo en las jóvenes generaciones, no con retórica ni consignas; sino con ideas, con evidencias, con testimonios, con las armas de la memoria y de la historia. Y, que conste, estas convicciones antimperialistas que hay que sembrar y fomentar no tienen nada que ver con sentimientos antiestadounidenses.

Los revolucionarios cubanos tenemos la satisfacción de asegurar, sin temor a exageraciones, que no hemos promovido jamás el odio contra el pueblo de los Estados Unidos. Como se ha dicho en muchas ocasiones por el propio Fidel, en Cuba no se han quemado banderas estadounidenses ni se ha ofendido a ningún visitante de ese país. A  nadie se le ha ocurrido nunca apedrear la Oficina de Intereses.

Podemos asegurar incluso que la política cultural de la Revolución Cubana, como parte de sus prioridades encaminadas a difundir lo mejor del patrimonio universal, impulsó el acercamiento de nuestro pueblo a la cultura estadounidense más auténtica. Lamentablemente, a menudo, en una distorsión de esa política, difundimos también lo más mediocre y comercial, sobre todo en el cine. Pero nadie en sus cabales podría acusarnos de tendencias “antiestadounidenses” en la esfera cultural. Por solo referirme al campo de la literatura, valdría la pena recordar que nuestras editoriales han editado y reeditado masivamente las obras fundamentales de sus escritores, desde Poe, Mark Twain y Melville hasta Updike, William Kennedy y Alice Walker, pasando, por supuesto, por Faulkner y Hemingway, por solo mencionar algunos nombres.

Volviendo a Estados Unidos: el precio del poder, hay que reiterar cuánto podría ayudarnos en la formación de ciudadanos martianos y antimperialistas de fibra, de raíz, de convicciones. El que lea y haga suyo este libro va a comprender a fondo cómo se gestó y desarrolló a lo largo de la historia la filosofía imperial de las élites de poder en ese país, prácticamente desde su origen como nación independiente, y cómo ese cuerpo doctrinario y el feroz inventario de acciones criminales que lo ha ilustrado durante más de dos siglos siguen vivos y vigorosos hasta el presente.

El arrogante mesianismo que ha llevado a ese país a autotitularse guía, juez y gendarme supremo del mundo, puede tener sus gérmenes más remotos en los saltos demográficos y territoriales de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Son impresionantes los datos recogidos en Estados Unidos: el precio del poder. Nos muestran cómo una nación que en 1790 tenía una población estimada en 3,9 millones, tras lanzarse a la colonización del Oeste, masacrar y casi exterminar a los aborígenes y atraer a la inmigración europea, alcanza ya en 1810, solo 30 años después, 7,2 millones de habitantes y el doble del territorio. Cuatro décadas más tarde, la Unión Americana cuenta con 33 estados federados y más de 31 millones de habitantes. Posteriormente vendría, como sabemos, la usurpación de más de la mitad del territorio mexicano.

Cuba desempeñó un papel importante en esa trayectoria, como se destaca en este libro, ya que la intervención oportunista de los yanquis en nuestra guerra de liberación frente al colonialismo español marcó el inicio de una nueva etapa en su política de expansión. Aquí nació el imperialismo moderno y se llevó adelante la primera guerra mediática como instrumento preparatorio y luego como fiel acompañante de las operaciones militares. No olvidemos la decisiva influencia de los periódicos de William Ramdolph Hearst (“el ciudadano Kane” de Orson Welles) para crear en la opinión pública una histeria belicista contra España por “razones humanitarias”.

las descripciones gráficas de Cuba, representada como una mujer, llenaron las páginas de los periódicos diarios y las revistas semanales [en Estados Unidos], muchas veces como caricaturas, dibujos, editoriales (…) La imagen de la Isla como una mujer maltratada por sus opresores españoles (…), fortaleció —de manera visual y visceral— las nociones de los deberes caballerescos (…) que demandaban actuar… [ii]

Y fortaleció también, obviamente, el autorretrato idealizado de Estados Unidos como defensor de las causas justas más allá de sus fronteras. Aunque muy pronto se sumaría, en los medios estadounidenses, a la metáfora de la Cuba-mujer, débil, humillada por los españoles, la de los cubanos como “niños” incapaces para gobernarse por sí mismos, con lo que se asentaban los cimientos culturales para el señorío neocolonial sobre la Isla.[iii]

Pero será a partir de la 2ª Guerra Mundial, con una Europa devastada y un nuevo enemigo ideológico, la URSS, cuando Estados Unidos termina de construirse la imagen de sí mismo como “pueblo elegido” con una Misión Divina de dominación universal. Así se autoproclamará como el líder del llamado “mundo libre” frente a la amenaza comunista. Internamente, con la cacería de brujas del macartismo, fue perseguida, acosada y suprimida cualquier inclinación progresista por pálida que fuese.

Décadas más tarde, tras la desaparición del campo socialista europeo y de la URSS, la superpotencia se ve obligada a buscar otros “enemigos” que le permitan dar continuidad a la carrera armamentista, revitalizar su inestable economía y “articular nuevos pretextos para justificar su actuación global”. Presionado por los conservadores, queriendo presentarse como gobernante “duro”, Clinton involucra a las Fuerzas Armadas y a los Servicios Especiales en “episodios genocidas (…) contra el depauperado pueblo iraquí y en la guerra impuesta al desmembrado Estado yugoslavo (…) y también en vergonzosas intervenciones pro-democráticas en Haití y seudohumanitarias en Somalia.  El Imperio defendería a partir de ahora a la humanidad

de enemigos y amenazas afrontados en el pasado, pero que en las nuevas circunstancias adquirían dimensión y connotación diferentes: el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado, los flujos migratorios descontrolados, los conflictos interétnicos, las afectaciones medioambientales y desastres naturales, entre otros, devenidos novedosos pretextos de intrusión y dominio global. (p. 87)

En el clima que propiciaron los atentados del 11  de septiembre de 2011,[iv] Bush y su equipo de neoconservadores proclamaron la cruzada antiterrorista y fabricaron “una amenaza multidimensional, cuyo enfrentamiento justificara el amplio  margen de respuesta requerido para sustentar sus nuevas pretensiones y estrategias imperiales”. Unos meses después, Bush reestructuró su cartera de enemigos con un renovado eje del mal que incluía a Irán, Iraq y Corea del Norte, aparte de más de sesenta “oscuros rincones del mundo” a los que el Imperio podría agredir con su concepto de guerra preventiva de evidente inspiración hitleriana. (p. 98-99) Más adelante, con la Revolución Bolivariana en marcha y el inicio de una nueva era en la región latinoamericana y caribeña, el staff neoconservador acusó a Cuba y a Venezuela de “alimentar el populismo contra el libre mercado”, es decir, de atacar las funestas consecuencias del neoliberalismo y oponerse al ALCA. De este modo,

América Latina, que históricamente no ha constituido una prioridad para la política exterior norteamericana, (…) vuelve a acaparar la atención de Estados Unidos desde la perspectiva de su Seguridad Nacional, entendida como interés imperial. (p. 135)

Y es que nuestra región parecía condenada para siempre (con excepción de Cuba) a su ominosa condición de “patio trasero”, mantenida a base de invasiones, golpes de estado, dictadores sangrientos y engendros criminales como la “Operación Cóndor” o la “Escuela de las Américas”.  Sobre una crueldad genocida sin límites y la más absoluta falta de principios, se levantó la hegemonía de Estados Unidos en este hemisferio. Este libro va evaluando cada hecho histórico, cada figura, cada situación, y expone un antológico muestrario de ilegalidades, traiciones, bajezas, injurias, estafas, crímenes, que sirven para caracterizar el itinerario repugnante de estos “campeones” de los derechos humanos y de la democracia. El balance en términos éticos resulta estremecedor.

En muchos casos, como se demuestra aquí, decisiones de gravísimas consecuencias, tomadas al más alto nivel, están asociadas a intereses mezquinos de miembros prominentes de la élite y a sus lazos con las transnacionales. No olvidemos que Martí condenó desde 1883 las alianzas entre los políticos “elegidos” por el pueblo estadounidense y la plutocracia y habla de “representantes  que,  en  gran número  de  casos  aunque  lo  parecen  de  una  localidad  determinada,  lo son  solamente  de  la  industria  poderosa  cuyos  caudales  e  influencia  aseguraron  su  elección”. Estos  representantes “suelen ser los siervos de las empresas colosales y opulentas que deciden, en pro, o en favor, con su peso inmenso en la hora del voto, la elección del candidato”.[v]

A propósito, por ejemplo, del sangriento golpe contra Arbenz en Guatemala, en 1954, Alejandro saca a la luz las conexiones de los hermanos John Foster y Allen Dulles, Secretario de Estado y Director de la CIA, con la United Fruit Company, corporación perjudicada por la “moderada” reforma agraria guatemalteca (p. 54). Más tarde, en 1959, estos mismos hermanos Dulles trabajarán con el Presidente Eisenhower en la gestación de los primeros planes subversivos contra la Revolución a causa de lo que Fidel llamó “nuestro paso del Rubicón”, es decir, de la promulgación de la Ley de Reforma Agraria. No es casual que los Dulles tuvieran intereses en una empresa “colosal y opulenta”, dueña de media Cuba, como la United Sugar Company (p. 151-152).

Otro ejemplo más: cuando Alejandro cita las instrucciones que dio  en 1970 Nixon a Richard Helms, como director de la CIA, para impedir a toda costa la llegada de Allende a la presidencia de Chile (“haz chillar a la economía”, le ordena), añade un comentario revelador de Helms sobre  “la clave de aquella orden”: la estrecha relación de Nixon con Kendall, el presidente de la Pepsi-Cola, que lo había contratado en su juventud. La Pepsi-Cola tenía una planta embotelladora en Chile, por lo que (opina Helms) “Kendall y otras compañías norteamericanas no querían un presidente marxista en Chile” (p. 64).

Si estamos hablando de ética, es imprescindible citar lo referido por Alejandro con respecto a la Comisión Church: creada a instancias del Senado en enero de 1975 con el objetivo de investigar la actuación de los órganos de Inteligencia, este grupo reveló “las ilegalidades cometidas contra el pueblo estadounidense, en rotundo quebranto del orden constitucional de la nación, como la labor de espionaje realizada sobre miles de sus conciudadanos, asociada exclusivamente a sus posiciones ideológicas y actividades políticas…”

Resultaron también reveladoras algunas desclasificaciones sobre las acciones terroristas perpetradas en el exterior por agencias federales, en especial por la CIA; destacaron la desestabilización y derrocamiento, los crímenes contra líderes políticos extranjeros, la implicación en el asesinato del comandante Ernesto (Che) Guevara en Bolivia y del dirigente africano Patricio Lumumba en el Congo y las fracasadas tentativas de magnicidio contra el jefe de la Revolución Cubana. (p. 67)

Más tarde, bajo el reinado de Reagan, estallaría el escándalo “Irán-Contras” en torno a una operación en extremo vergonzosa para apoyar a espaldas del Congreso a la contrarrevolución nicaragüense, con ingredientes tan escabrosos como suministro ilegal de armas a Irán, “un país considerado enemigo de Estados Unidos”, compraventa de drogas  e impulso de una guerra sucia para desestabilizar a un gobierno elegido democráticamente. (p. 74)

En suma, podría escribirse otra Historia universal de la infamia, mucho más sensacional y maligna que la de Borges, con las aventuras del Imperio en su aspiración por sojuzgar al planeta.

Pero Estados Unidos: el precio del poder no solo nos ayudará a diseccionar la siniestra doctrina imperialista de la Seguridad Nacional y el entramado de intereses basados en la rapiña, el saqueo y el afán de dominación. Nos permitirá igualmente aproximarnos a las bases mismas del sistema capitalista, a sus crisis cíclicas, a la búsqueda de recetas para reanimarlo y proteger a los privilegiados —sin tener jamás en cuenta las necesidades de las mayorías—, a través de una radiografía política, social, económica y moral del país que funge como emblema y paladín de ese sistema.

No obstante, a pesar del panorama tan atroz que nos  descubre, el autor de este libro no ha pretendido de ningún modo hacer con él una crítica emocional, propagandística, de agitación, contra el sistema.  Todo lo contrario. El hecho de partir de una investigación acuciosa, profunda, y de un punto de vista analítico, científico, objetivo, que da a menudo la palabra a portavoces imperiales, refuerza el mensaje demoledor de Estados Unidos: el precio del poder.

Por otra parte, tan condenables éticamente como los crímenes del Imperio es el andamiaje de mentiras y de manejo de las emociones y creencias de la gente que se ha ocupado de legitimar la barbarie. Desde que los periódicos de Hearst dirigieron la “preparación artillera” y mantuvieron en vilo a la opinión pública estadounidense durante la “humanista” intervención en Cuba de 1898, el componente mediático se convirtió en una pieza clave de las acciones injerencistas de los Estados Unidos. En aquella ocasión el “malo” era el marchito gobierno colonial español, cuyos despreciables agentes en la Isla vejaban a las mujeres cubanas y dejaban morir de hambre a sus hijos. Más tarde, la maquinaria propagandística se ocuparía de continuar satanizando a cada uno de los integrantes de la prolífica y cambiante, según la coyuntura, cartera de enemigos del Imperio.

Uno de los “malos” más notorios de los últimos tiempos es el llamado Estado Islámico, en torno al cual los medios de Occidente han creado un revuelo atronador. Pero hablan muy poco de su origen, que está agudamente descrito en Estados Unidos: el precio del poder. Alejandro nos recuerda “la colaboración” del gobierno de Bush (padre) “con los fundamentalistas islámicos que combatían a las tropas soviéticas” en Afganistán. Y cita a Robert Gates, entonces director de la CIA, cuando se refiere a una directiva presidencial emitida en marzo de 1985. Esta orden “puso en marcha un nuevo objetivo norteamericano en Afganistán: vencer, expulsar a los soviéticos…”

Fue en ese período [continúa Gates] en que nosotros comenzamos a conocer del aumento significativo en la cantidad de ciudadanos árabes que procedentes de otros países habían viajado a Afganistán para luchar en Guerra Santa contra los soviéticos. Venían procedentes de Siria, Iraq, Argelia y de otras partes y la mayoría luchó al lado de los grupos Mujahedines fundamentalistas islámicos… Nosotros examinamos las formas para incrementar su participación, quizás a través de determinado tipo de Brigada internacional, pero no fructificó. // Años después,  estos luchadores fundamentalistas (…) comenzarían a aparecer por el mundo, desde el Medio Oriente hasta la ciudad de Nueva York, luchando todavía su Guerra Santa, solo que ahora incluyendo a Estados Unidos dentro de sus enemigos. (p. 75-76)

Aquí se repite la fábula que nos legó Mary Shelley en su novela Frankenstein: la criatura enorme y bestial que se vuelve incontrolable y termina atacando a su creador.

Una vez más [concluye Alejandro] el establishment norteamericano, actuando en nombre de la nación, pero motivado realmente por los intereses geoestratégicos de sus élites y atenido al cuestionable “principio” imperial de que “el fin justifica los medios”, había utilizado a su conveniencia las creencias religiosas y las diferencias interétnicas; sus aliados de entonces no lo perdonarían, al percatarse (…) que la “alianza” terminaba con la consecución de los objetivos de la superpotencia y no con los esperados o acordados con sus “socios eventuales”.  Así propiciaba las causas y condiciones que potenciarían mundialmente el terrorismo en la Posguerra fría”. (p. 76)

Aparte de este monstruo de Frankenstein que ahora da tanto que hablar, el uso mediático de “malos” peligrosos, convenientemente satanizados,  se ha convertido en una necesidad  simbólica del sistema para mantener asustada, en guardia e influenciable  a la opinión pública interna y externa y nutrir a su maquinaria de control cultural. En la propaganda se ha venido repitiendo el esquema hollywoodense, colonizador y racista, donde los “buenos” blancos y anglosajones  derrotan una y otra vez  a los “malos” inferiores: cowboys solitarios o gallardas tropas a caballo, a indios y mexicanos; Tarzán, a caníbales y otros negros revoltosos; soldados yanquis defensores de la libertad, a japoneses, nazis, coreanos y chinos comunistas; súper héroes de la CIA a torpes agentes soviéticos, narcotraficantes y terroristas preferentemente musulmanes. A esto se suma un empeño intencionado para “folklorizar” y ultrajar a figuras  progresistas y de izquierda a través de películas por lo general muy mediocres.[vi] De hecho, la lógica simplificada y estúpida de los cómics está en los fundamentos de la agresiva política exterior de Estados Unidos y de las campañas mediáticas que la escoltan.

Esta dimensión cultural del tema es tratada en Estados Unidos: el precio de la libertad, cuando examina los distintos momentos de la era Clinton, en el capitulillo “Fuerza suave”:

Los resultados macroeconómicos de la década del 90 consolidaron el poder unipolar estadounidense en todos los terrenos (…) Gracias a ello, sus círculos de poder afianzaron el monopolio informativo a escala planetaria, mediante el dominio sobre medios masivos de comunicación cada vez más eficientes y abarcadores, e impusieron sus postulados económicos neoliberales, patrones culturales enajenantes y doctrinas clasistas, edulcoradas con los presuntos atractivos de un nuevo modo de vida americano (…) // Valiéndose del favorable escenario, las élites liberales del establishment intentaron movilizar a su favor lo que sus ideólogos denominaron la fuerza suave, pretendiendo estimular al resto de la humanidad a aceptar y desear el modelo imperial de Estados Unidos, su autoasignado rol de liderazgo mundial y también el de gendarme universal. (p. 86)

A estos elementos de tanta significación en la actualidad y en nuestro contexto habría que añadir algunas observaciones de Alejandro en su “Nota del autor” para la presente edición: véase en particular cuando se refiere al “modelo de actuación neocolonial de las potencias occidentales en pleno siglo XXI” y en específico a “la promoción de la inestabilidad política y la ingobernabilidad  en países como Siria, Ucrania y Venezuela” y al empleo de “los avances tecnológicos de la informática y las comunicaciones para (…) su sistema de espionaje global y (…) acciones de subversión política” (p. 19).

La estrategia de lograr la supremacía a través de la “fuerza suave”, articulada con proyectos desestabilizadores y subversivos  respaldados por las nuevas tecnologías, es una de las trampas más espinosas y pérfidas que tenemos por delante.  De ahí la prioridad que debemos dar al estudio y debate de libros como Estados Unidos: el precio del poder.  “Sin cultura no hay libertad posible”, dijo Fidel parafraseando a Martí, y es así. Tenemos que preparar a los cubanos de hoy y de mañana para no ser manipulados ni seducidos  por los espejismos del Norte, ejercer lúcida y responsablemente en lo personal su condición de hombres y mujeres libres y salvaguardar la libertad que conquistaron para la nación sus antecesores. “Patria es humanidad”, sí, por supuesto; pero tiene que existir primero ella, la patria, soberana y digna, para guiarnos hacia ese peldaño superior de la emancipación.

Sin cultura, sin memoria, sin raíces, sin ética, sin antídotos frente a los “patrones culturales” adornados “con los presuntos atractivos de un nuevo modo de vida americano”, pudiera ganar terreno entre nosotros el neoanexionismo más primitivo y ciego. De la ignorancia, de la frivolidad, de la glorificación colonial de los símbolos yanquis, de la codicia, del consumismo, brota de modo natural el apátrida, el sietemesino, aquel que baja la cerviz gozosamente y escoge el yugo, como diría Martí, y acaba por “aceptar y desear el modelo imperial de Estados Unidos”.

Utilicemos pues este libro para enfrentar los símbolos y jugarretas imperiales y reforzar entre nosotros los ideales patrióticos y socialistas, el anticapitalismo y el antimperialismo. Estados Unidos: el precio del poder es y será un arma muy valiosa en el tipo de batallas que tenemos por delante.

La Habana, marzo de 2015


[i] Alejandro Castro Espín, Estados Unidos: el precio del poder, Editorial Capitán San Luis, la Habana, 2015.

[ii] Louis A. Pérez Jr., Cuba en el imaginario de los Estados Unidos,  p. 105, Editorial de Ciencias Sociales, la Habana, 2014.

[iii] Ibídem, p. 145.

[iv] En el 5º capítulo de este libro una precisa cronología demuestra con citas y datos cómo la administración Bush había ido recibiendo información de Inteligencia que la alertaba sobre la preparación de ataques terroristas. La tesis, muy bien fundamentada, es que en ese instante era deseable, casi urgente, ante las perspectivas de que los demócratas ganaran la mayoría en las dos Cámaras, que se produjera un hecho que levantara la imagen de Bush y uniera a los norteamericanos por el miedo y el deseo de venganza.

[v] “En comercio, proteger es destruir”, publicado en La América, Nueva York, marzo de 1883, recogido en Obras completas, t. 9, p. 382, Editorial de Ciencias Sociales, la Habana, 1975.

[vi] Valdría la pena hacer un inventario crítico, desde el malévolo Che encarnado por Omar Sharif  hasta el Zapata babalao o shamán o quién sabe qué de Alfonso Arau, pasando por el Lorca impresentable de Andy García, la Evita de Madonna y la Frida dirigida por Julie Taymor (no la extraordinaria de Paul Leduc), que aprovecha la oportunidad para presentarnos el entorno de izquierda de la pareja Frida Kahlo-Diego Rivera, con Trotsky, Siqueiros, Tina Modotti, etc., como una farándula promiscua y degradada moralmente.  Una aclaración: hay un abismo entre el referido filme Che, dirigido en 1969 por Richard Fleischer, y los dos muy dignos de Soderbergh-Benicio del Toro.

Hacer un comentario

Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos. Todos los campos son obligatorios.

1 Comentario

adrian01_@ dijo:

Buen artículo. Vamos al combate ideológico con este libro. Convoquemos a nuestros intelectuales, estudiantes, artistas, científicos, religiosos o no, trabajadores de todos los sectores, pueblo.

25 marzo 2015 | 09:28 am