Nicolás Guillén: el poeta de #Cuba

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Por Ana Margarita Sánchez Soler 

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Cuba es una isla pródiga en poetas y músicos. De los primeros hay voces esenciales desde el siglo XIX, en que se define la criollez como expresión suprema de alta cubanía, hasta la actualidad.

José Martí, Luisa Pérez de Zambrano, Juana Borrero, Gertrudis Gómez de Avellaneda; junto a Julián del Casal, Regino Botti, entre otros, conformaron un concierto plural para expresar los murmullos de esta tierra, revelar la belleza de sus ríos y montañas o mostrar, con la evocación oportuna, fiestas y jolgorios campesinos. También allí latía el alma y la historia de la nación, sus amores y contradicciones.

La tradición de una poesía rebelde ha tenido en nuestro país cultores auténticos que captan las vibraciones de nuestro acontecer y sus personajes esenciales: el campesino, el negro o el obrero, para terminar expresando, a través de su fina sensibilidad, metáforas e imágenes perdurables que ofrecen rumbos documentales sobre la vida de Cuba en diferentes momentos de su devenir como nación.

Entre todos los que se han acercado al espíritu cubano, Nicolás Guillen ocupa puesto de privilegio. Como pocos supo interpretar las claves de nuestra espiritualidad mestiza y construir un mosaico renovado de la psicología popular.

Su origen negro no le llevó a confundir términos de identidad con idiosincrasia. Lo primero que llama la atención en su poesía, Sóngoro cosongo puede ser un ejemplo, es su sagacidad para comprender que los estereotipos heredados por un  pensamiento colonial y utilizados para identificar lo cubano carecían de validez en tanto esos mismos conceptos de negritud comportaban implícitamente otras ligaduras con la cultura autóctona, como son las raíces hispánicas, de innegable impacto en el carácter nacional.

Así se aprecia en su obra, que si bien el negro puede ser un destacado púgil que tiene el poder animal de la ardilla, del mono o del toro; otras veces su rostro emerge como el de un mestizo deleitado en la contemplación ardiente de su mulata, sin obviar por ello la presencia de sus dos abuelos, ingrediente definitorio del alma nacional: mi abuelo blanco (España) y mi abuelo negro (África), superando así las estrechas exclusiones entre lo blanco y lo negro, de amargo sabor discriminatorio.

Al mismo tiempo, el gran poeta no negó importancia a lo que reconocía como fermento de identidad: el componente africano. De esa certeza nacen sus pintorescos personajes, simpáticos en su autenticidad así como las escenas en solares habaneros de los años 30´ donde bullía la música de acento nigeriano junto con rituales de religiosidad africana.

Tal vez uno de los méritos excepcionales de Nicolás Guillén para ser considerado poeta nacional derive de su talento al considerar, en justa medida, los componentes de nuestra nacionalidad y saberlos expresar armónicamente, nunca en detrimento de uno sobre los otros.

Como Wifredo Lam en el campo de las artes plásticas, Guillén añadió nuevo acento al tema negro espiritualizándolo, y alejándolo así definitivamente de la caricatura o la espectacularización folklórica.

La obra poética de Nicolás Guillén es espejo esencial del alma de la nación. Al propio tiempo, referente para dilucidar con sabiduría nuestros componentes de identidad.

Radio Metropolitana

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