Nemesia y el poeta

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La imagen de los zapaticos blancos traspasados por la metralla tocó la sensibilidad del escritor

Aunque el tiempo redime un tanto el recuerdo de los dramáticos sucesos de aquel abril de 1961, Nemesia sigue viendo por todas partes la presencia ineludible de su madre.

No puedo olvidarla, dice con la mayor naturalidad, y asegura que no es el drama de los muertos, “es que su memoria me trae recuerdos de la infancia y también mucha tristeza, sobre todo cuando se acerca el mes de abril”, admite la humilde cenaguera, aferrada a envejecer y morir en su natal Ciénaga de Zapata.

Algo bueno en esa tormenta recurrente es la evocación de una persona bondadosa, que en aquellas horas señaladas por la tragedia se impuso un receso como periodista para consagrarse a escribir quizá su mejor poema: Elegía de los zapaticos blancos.

“Conocí a Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, en un momento muy triste y su ternura quedó grabada para siempre en mi memoria. Lo recuerdo como un hombre derecho y de buen corazón, y con el tiempo supe que él sentía especial afecto por las personas humildes, sencillas”.

La trágica historia de Nemesia y su familia, víctimas del bombardeo que alcanzó el camión donde se evacuaban, dio origen a un poema que con estremecedora belleza ofrece las consecuencias de la invasión, sin dudas la mejor crónica sobre los sucesos de Girón, uno de los acontecimientos más publicitados y sobre el que se han escrito cientos de artículos y libros.

La imagen de unos zapaticos blancos traspasados por la metralla tocó la sensibilidad de quien era ya un reconocido periodista y escritor, que con apasionado sentido de la solidaridad humana entendió enseguida que había algo más impactante que la narración del drama.

Cuenta Nemesia que algunos años más tarde supo por el propio Naborí las circunstancias que matizaron su encuentro con el renombrado poeta. Asegura que fue Celia Sánchez quien le pidió a Naborí, conocedor profundo del género humano, que contara en una crónica lo ocurrido con su familia, víctima del brutal ataque.

“Cuando El Indio llegó a la terminal de Jagüey Grande le señalaron el camión de mi papá, que había sido pintado de rojo y llevaba en letras amarillas la sigla INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria). En la cama del camión encontró los zapaticos blancos atravesados por la metralla mientras escudriñaba y hacía fotos a los escombros.

“Con ellos se apareció en la casa donde yo me encontraba junto a mi hermana herida, justo detrás de la funeraria del pueblo. Ya habíamos enterrado a mi mamá y yo lloré sin consuelo al ver además mis sueños rotos, aquellos zapaticos que tanto me ilusionaron.

“Conversó conmigo largo rato y me hizo muchas preguntas. Para tratar de calmarme suplicó que le contara sobre mis sueños de niña y fue entonces que conoció los pormenores de mi obsesión por los zapaticos blancos, que mi mamá solo pudo comprarme luego del triunfo de la Revolución, justo en abril de 1961; los vi tan lindos que no encontraba ocasión ni lugar para estrenar.

“Mi papá llegó a la casa y dijo que recogiéramos lo imprescindible que había una invasión y debíamos trasladarnos a Jagüey Grande. A mis 13 años de edad yo no tenía la menor idea de lo que era una invasión; de todas maneras, eché la mejor de mi escasa ropa y mis zapaticos blancos.

“En el camino un avión ametralló el camión de mi papá, donde íbamos todos, y mató a mi mamá e hirió a dos hermanos y a mi abuelita. Un testimonio más o menos así debí contarle al poeta, quien al llegar a La Habana le contó a su esposa: ‘¡Ay, Eloína!, creo que no voy a cumplir con el encargo de Celia, pues tengo algo en mente y debo escribirlo esta misma noche’”.

Y así nació Elegía de los zapaticos blancos, tal vez la nota más alta y humana contada sobre los sucesos de Girón.

En gesto generoso, El Indio y personas allegadas le compraron a la niña Nemesia un par de zapatos en la tienda Fin de Siglo, en La Habana.

“Después de sucesivas negativas acepté por agradecimiento y para no parecer demasiado grosera. Los guardé y los tuve mucho tiempo, pero nunca fue igual.

“Él vino a verme en varias ocasiones a Soplillar. Fue un amigo cercano a la familia y a quien quisimos mucho. Una vez organizamos una canturía en casa y lo invitamos. Ya para entonces estaba ciego y mis hermanos y yo le obsequiamos una décima. Él se puso muy contento y dejó ver su naturaleza de hombre bonachón”.

Por lo mucho que los cubanos hemos oído hablar de Nemesia, quizá alguien piense que se siente una mujer importante.

Pero no es así, es la misma campesina de siempre, que sigue viviendo en un hogar humilde en el interior de la Ciénaga, eso sí, colmada del cariño y la admiración de su pueblo.

—¿Y qué me dices de Fidel?

—Nadie me conoce mejor, sabe que soy una mujer franca y orgullosa de su Revolución. Verlo así, luchando todavía, me da mucha fuerza y optimismo para vivir y continuar defendiendo los mismos ideales.

Tomado de Cubahora

http://www.cubahora.cu/historia/nemesia-y-el-poeta

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