Migrantes #cubanos: Una travesía de alto riesgo (Parte II)

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Por Enrique Ojito y Xiomara Alsina

Sobre esas aguas de incertidumbre en el Urabá, navegan los espirituanos durante dos horas y media. A más de 100 metros de la costa panameña, los conminan a tirarse ante el temor de ser interceptados por los guardafronteras. Cunde el pánico. Varios hombres se arrojan, mochila en mano. Otros se niegan; igual, las mujeres. En ese justo momento, una lancha que curiosea entra en el juego y, billetes verdes por medio a sus tripulantes, los acerca a la orilla.

Empapados aún, sortean el diente de perro, no así la “multa” a la entrada de la montaña por vencer, que les reclaman —a golpe de pistola— otros apostados en el camino, empecinados en su filosofía: para ellos, un extranjero es un cajero automático rodante.

—Cincuenta pesitos por cada uno; si no, los matamos.

Yunialsy y Miguel José, que solo habían visto armas de juguete, desembolsan la cuantía sin chistar. Al lado, un habanero rebusca, mas, el bolsillo no clona billetes. Dos de los armados, que llevan gorra de camuflaje, arrastran al muchacho hacia la orilla y, sin recato, encuentran la bestial fórmula de cobrarle el peaje con su cuerpo. Después lo tiran al camino, y ahí se queda el habanero, consumido por la impotencia y la vergüenza.

En escasos minutos se enfrentan a la escarpada mole de tierra y piedra. Resbalan, como tantos otros. Con su brazo izquierdo fracturado en plena jungla —antes de zarpar la lancha en Colombia—, la mujer más gruesa del grupo suplica ayuda. Sus coterráneos parecen no oír el reclamo. Más caídas al bajar la montaña, que casi los desparrama en la costa.

El matrimonio de espirituanos debió aguardar tres jornadas en Puerto Obaldía

El matrimonio de espirituanos debió aguardar tres jornadas en Puerto Obaldía

Con el Mar Caribe de vigía, marchan hasta topar con Puerto Obaldía, donde se entregan a la Policía panameña, que no los extorsiona. Por primera vez, respiran cierto sosiego desde la partida de Quito. Medio millar de cubanos deambula por el pueblo, con servicio eléctrico solo de seis de la tarde a seis de la mañana. Tres noches por 30 dólares en un hotelito no les asusta el bolsillo a Miguel José y a Yunialsy; pero sí a otra pareja que opta por plantar su campamento debajo de una mata repleta de almendras, que les salvan de la hipoglucemia.

—Mami, mami; estamos entrando a Panamá. Todo bien, bien.

¿Alguien le reprocharía a Yunialsy por Ia mentira piadosa? Sí es certeza la partida a Ciudad de Panamá en avioneta a 180 dólares por persona. De ahí, en bus hasta la ciudad de Paso Canoas, mitad panameña, mitad costarricense, donde permanecen el fin de semana.

Con el permiso de ingresar a suelo tico, hasta el lunes no pueden seguir rumbo norte, hacia Nicaragua. Desconocen que tal dilación podría obedecer a la estratagema de la ramificación en tierra costarricense de una red internacional de trata de seres humanos —desarticulada en noviembre pasado— de retardar los viajes para exprimirles aún más la cartera a inmigrantes en hoteles y escondites diversos en ese país.

Las autoridades de Costa Rica desarticularon el núcleo de una red internacional de tráfico de personas. (Foto: Dirección General de Migración y Extranjería de Costa Rica)

Las autoridades de Costa Rica desarticularon el núcleo de una red internacional de tráfico de personas. (Foto: Dirección General de Migración y Extranjería de Costa Rica)

El Ganga, un coyote que olfatea a los cubanos a mil kilómetros a la redonda, guía a los espirituanos, junto a un numeroso grupo de coterráneos de la isla, hasta las cercanías de Peñas Blancas, en el cantón de La Cruz —último suspiro geográfico de Costa Rica—, adonde arriban en busetas. Minutos después se esfuman en el monte para evadir la vigilancia fronteriza.

—Papi, ¿qué es esto?, inquiere un niño no mayor de cinco años.

—Un campismo, mi’jo.

Nicaragua adentro, deciden entregarse al Ejército. Veinte dólares por persona y van directo al control migratorio en Managua. Honduras, otra parada. En San Pedro de Sula —la urbe más violenta del planeta— intentan conciliar el sueño; antes, reciben un training sobre el manejo de las pistolas que les ha prestado el “guía” por si se presenta cualquier emergencia. Antes, telefonean al coyote de México, país que de solo mencionar los aterra debido a los posibles riesgos.

4.-coyotes

El coyote, pieza clave en la red de traficantes de personas.

Yunialsy y Miguel José nunca han leído una línea acerca de los maras; por ello, se sienten más confiados en Guatemala, adonde llegan apenas nueve de los más de 40 del grupo de cubanos que entraron con la pareja a Nicaragua. Los restantes quedaron a la vera de la camino, devanándose los sesos en cómo hacerse del dinero que les exigen los coyotes para continuar la ruta. Por ejemplo, El Ringo les reclama ahora 500 dólares por dejarlos en una vivienda clandestina en las inmediaciones de la frontera con México, que pasan el 23 de junio.

A las dos de la madrugada, inician el cruce del río con la nariz a ras del agua. Miguel José tropieza con una piedra del fondo, y la corriente le lleva la mochila y los pasaportes, que irían a parar al mismísimo Golfo de México.

Tres días y tres noches de caminata por el monte, ríos, hasta encallar en un pantano inundado de mosquitos; ahí permanecen ocultos durante horas, también bajo el asedio de cocodrilos. Luego, a riesgo de ser descubiertos, en ocasiones abordan alguna camioneta que los adelanta hasta un escondrijo de México D.F.

Como sardinas en lata se sienten en aquella casa, de donde salen a cuentagotas hacia la frontera con EE.UU. A sabiendas de que por plata baila hasta el mono, la joven se acerca a la dueña de la casa al tercer día.

—Te doy un regalito, si nos sacas ya.

—Órale pues. Esta noche.

Dieciocho horas en el camarote de una rastra sin comer ni hablar hasta Nuevo Laredo. Al pisar con los maltrechos zapatos el asfalto del puente sobre el río Bravo, recuerdan el consejo que pasa de boca en boca entre los migrantes cubanos. “Cuando estén allí, caminen y no hagan caso a nadie”. Pero, Yunialsy y Miguel José olvidan la sugerencia y no caminan. Corren, corren; porque en esas decenas de metros se juegan algo más que los casi 18 000 dólares que les mordieron coyotes, policías, lancheros… en los casi de 8 000 kilómetros vencidos en 26 días de travesía.

—Somos cubanosss, dicen jadeando a las autoridades de Inmigración de EE.UU., frase convertida en una acepción de “abracadabra” para ingresar a los dominios de Washington. Así y todo, no es hasta el segundo día que reciben el permiso de entrada.

En ese instante —como máquina engrasada— ya aguarda por la pareja —1 300 dólares mediante—, un bus, que por mucho que avanza en la carretera en busca de Miami, no deja atrás la pesadilla vivida por Miguel José y Yunialsy, quienes, aún hoy, sienten el mismo cosquilleo frío en el estómago de aquella noche en el hotelucho de Turbo.

Nota: Escambray mantuvo en el anonimato los nombres de los protagonistas de esta historia.

Tomado de Escambray

http://www.escambray.cu/2016/migrantes-cubanos-travesia-de-alto-riesgo-fotos-infografia-y-mapa/

 

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