#Mella: De líder estudiantil a #revolucionario latinoamericano

Lea más de: , , ,

4.Tina-Modotti-Mella-Messico-1928Por  Addy Góngora Basterra (Fragmentos)

Con asombro más infantil que adolescente, resguardado tras las columnas babilónicas de la cigarrería Bock frente al Palacio de Gobierno de La Habana, un joven que ronda los catorce años mira una manifestación estudiantil: es José Lezama Lima. Observa cómo una multitud inunda la calle ante el furor con el que Julio Antonio Mella encabeza el movimiento. El líder, aguerrido y febril, al llegar frente a la estatua que pretende derrocar de Alfredo Zayas, avienta con acertada puntería una soga que rodea el cuello de bronce de quien fuera el presidente que Gerardo Machado sustituiría. Años después aquel muchacho asombrado relataría, en su monumental obra Paradiso,estemotín estudiantil.

Efímero y valiente, revolucionario y mítico, caracterizado por su desafiante empeño en la lucha por el abatimiento del imperialismo norteamericano, Julio Antonio Mella (1903–1929) fue y sigue siendo uno de los personajes más emblemáticos de la historia de Cuba por sentar los ideales comunistas que se concretaron en 1959.

Tina Modotti, su último amor, pronunció el 10 de febrero de 1929 un discurso en un mitin de homenaje a Julio Antonio en el teatro Hidalgo de la ciudad de México, donde dijo: “Él era un símbolo de la lucha revolucionaria contra el imperialismo y sus agentes, una bandera en la lucha de los obreros y campesinos de todo el continente; en la conciencia y en los movimientos de masas de los trabajadores; entre los soldados de Sandino y los huelguistas de Colombia ametrallados por el capital imperialista”.

Mellalogró entrelazar su papel como líder del movimiento de estudiantes y obreros con el rol de intelectual y creador —como lo demuestran sus discursos y ensayos— aún cuando no era el mejor orador, señala Lezama Lima: “no piense usted en Martí ni piense usted en los grandes profetas que ha tenido la elocuencia cubana, pero era un buen orador, muy exaltado, y silabeaba un poco, era un poco ceceante, las palabras las dividía y subdividía, pero con un gran fuego comunicante”. Mella era un hombre de pensamiento y acción, en ello radicaba su poder y su peligro. Por eso se exilió en México, porque de haber permanecido en La Habana su vida habría sido aún más breve de lo que fue tras morir asesinado por órdenes de Gerardo Machado.

Julio Antonio era una personalidad revolucionaria, que además de prestigio popular tenía también mérito como intelectual; no por nada sus textos recogidos en el libro Ensayos revolucionariosson una referencia obligatoria cuando de antecedes a los hechos de 1959 se trata. Fue un comunista comprometido con la defensa de los ideales más puros del pueblo cubano, fundador de la Federación de Estudiantes Universitarios, de la Universidad Popular José Martí, de la Liga Antimperialista de las Américas —cuyo objetivo era combatir el imperialismo yanqui en Cuba— y del primer Partido Comunista Cubano. Como individuo, Mella era un ícono, en él convergía una identidad colectiva, era la representación carnal de lo que la tradición filosófica alemana llamaba Volksgeit, término que Unamuno tradujera como “espíritu colectivo de un pueblo”.

Comprometido en la lucha por la libertad, inició su vida política en la universidad de La Habana; su primer campo de batalla en un plano intelectual fueron las aulas, mientras que por el lado popular el vínculo esencial fue con la clase obrera al establecer lazos fraternales con Carlos Baliño —fundador del Partido Revolucionario Cubano con José Martí, defendía y divulgaba el ideal independentista e introducía la preocupación por el problema nacional, además de haber ejercido gran influencia en la formación marxista de Mella— quien estaba al frente del movimiento obrero, y Alfredo López, máximo dirigente de la Federación Obrera de La Habana. Con esta alianza, Mella logró la unión imprescindible entre obreros y estudiantes para la lucha revolucionaria.

Con veintiséis años representaba una amenaza contra el gobierno cubano. Su postura opuesta al régimen de Gerardo Machado lo condujo a prisión en septiembre de 1925 bajo el pretexto de haber sido detenido por sus ideas comunistas, acusado por el delito de sedición para la rebelión, alcanzando la libertad mediante el pago de una fianza. Hecho que en un principio no ocurriría la noche del 27 de noviembre del mismo año cuando, al llegar al Centro Obrero de La Habana, fue detenido al igual que varios trabajadores, siendo trasladados el día siguiente a la cárcel de La Habana. Por órdenes inmediatas de Machado —quien en un primer intento lo quiso envenenar por medio de un pescado contaminado y en uno segundo mediante una inyección letal— esta vez ni Mella ni sus compañeros podrían salir bajo fianza. Mostrando su inconformidad, el líder revolucionario decidió embarcarse en una huelga de hambre hasta que él y sus compañeros fueran puestos en libertad:

Narró José Luis Fernández que esa decisión les produjo a todos un gran impacto. Fueron inútiles los razonamientos para que revocara su propósito. Todos estaban atentos para acudir en su ayuda, se encontraba tendido en un camastro y, cuando le llevó agua, le pidió que comiera. Le respondió con firmeza que podía aguantar y que el gobierno tendría que libertarlos a todos, que no había otra alternativa que libertad o muerte. Con la huelga de hambre los planes de Machado, de que transcurriera el tiempo hasta que fueran olvidados, sufrieron un duro golpe porque rápidamente el suceso salió en los titulares de los periódicos y se difundió por todo el continente por medio de las agencias de noticias. (Cupull & González, 2006)

El cuadro de Mella era crítico, por lo que el Comité Central del Partido Comunista de Cuba le planteó que abandonara su postura porque Machado lo dejaría morir. Así, la huelga de hambre —que se extendió durante dieciocho días en los que perdió 15 kilos— provocó un impresionante impacto a nivel internacional, acaparando no sólo la atención local en periódicos con la publicación en el Heraldo de Cuba del texto “Exposición al honorable Presidente de la República”, en la que un grupo de cuarenta y dos intelectuales —encabezado por Fernando Ortiz y Enrique José Varona— exigían su libertad, mientras que otros medios masivos le dedicaban un espacio al tema; ejemplo de ello fue La Nación de Buenos Aires, quien publicaba cada día los informes médicos que emitía el doctor Gustavo Aldereguía.

El impacto de la carta de los intelectuales cubanos y otros movimientos desplegados por figuras prominentes de México, Uruguay, Chile, Argentina y Francia es muestra de la autoridad, poder y presión ejercida por los intelectuales, tal como ocurriera en 1898 con el caso Dreyfus cuando Emile Zolá publicara la carta abierta al presidente de la república francesa en el periódico L ́Aurore, titulada por el jefe de redacción Georges Clemenceau J ́accuse, obteniendo como respuesta un petitorio de escritores y estudiantes que afianzaban la defensa de Zolá ante Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés, quien había sido injustamente acusado de traición por una supuesta entrega de información confidencial al agregado militar alemán en París, condenándolo a cumplir cadena perpetua en la Isla del Diablo.

Un caso similar ocurrió con Julio Antonio Mella, cuyo injusto arresto provocó un fenómeno pocas veces visto. Dentro y fuera de Cuba hubo muestras de solidaridad y denuncia. En México, estudiantes y organizaciones obreras solicitaron que se transmitiera al gobierno cubano el deseo de que respetaran su vida; otros sectores del país se sumaron y exigían al presidente Plutarco Elías Calles que se dirigiera personalmente a su equivalente en Cuba pidiendo libertad. En Nueva York hubo una marcha donde se registraron dos mil personas desfilando frente a quienes representaban a Machado en la “Gran Manzana”; la Cámara de Senadores de Argentina, así como distintas organizaciones internacionales, enviaban telegramas al Dictador al tiempo que embajadas y consulados de Cuba eran sitiados por manifestantes. La presión popular nacional y las protestas internacionales obligaron a Machado a retroceder, viéndose forzado a obedecer la carta abierta firmada por los intelectuales, sin más opción que dejar salir a Mella bajo fianza el 23 de diciembre, dos días después a que sufriera un colapso que casi lo lleva a la muerte. Al ser liberado:

La noticia produjo una gran alegría popular y fue considerada como una gran victoria del pueblo contra el régimen de terror a Machado. Un profundo odio hacia Mella cubrió al dictador y a su ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Guillermo Fernández Mascaró, quienes manifestaron no descansar hasta eliminarlo completamente. (Cupull & González, 2006)

Ante el peligro inminente que resultaba para Mella permanecer en Cuba, viajó a México donde tuvo asilo político. A su llegada, el país que encontró hervía en importantes movimientos sociales y políticos, la Revolución Mexicana aún inquietaba las aguas y en el muralismo la historia se retrataba en color. Participó en el Grupo Comunista Mexicano, donde sus ideales políticos y revolucionarios hallaron eco. Fue entonces, en 1927, cuando conoció a Tina Modotti en la redacción del periódico del Partido Comunista Mexicano El Machete, para el cual Julio Antonio colaboró con una interesante producción bajo los seudónimos Cuauhtémoc Zapata y Kim, textos que Raquel Tibol encontrara accidentalmente cuando en octubre de 1966 comenzó a ordenar el archivo del pintor David Alfaro Siqueiros:

Al tener en mis manos la colección, a mi propósito concreto de llenar los huecos del archivo siqueriano se impuso una realidad inesperada, pero tan apasionante, que no puede eludir: la presencia en El Machete del líder antiimperialista cubano, Julio Antonio Mella, la cual expresaba uno de los momentos culminantes de la solidaridad revolucionaria latinoamericana, solidaridad que emergía ahora con los valores de un símbolo vivo y necesario, porque tan solo treinta y tres años después del inicio del exilio a que lo obligara la criminal dictadura de Gerardo Machado, había triunfado en Cuba una revolución que renovó, amplió y profundizó los horizontes de esa solidaridad continental por la que Mella trabajó con pasión crítica y vigilante, sin perder de vista la razón primera y última de la lucha común: el abatimiento del imperialismo norteamericano. (Tibol, 2008)

Tomado de Nexos

http://cultura.nexos.com.mx/?p=7310

Hacer un comentario

Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos. Todos los campos son obligatorios.