Martí y Fidel. La misma obra, la misma Marcha.

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Por Manuel García Sarzo

Cuando la Generación del Centenario y el Comandante en Jefe declaran en los juicios del Moncada, que José Martí era el autor intelectual de esa grandeza de asaltar con pequeñas armas la segunda fortaleza militar del país, consagra para siempre la tesis enarbolada por el Apóstol, en el Manifiesto de Montecristi: un “nuevo periodo de guerra” dentro de una sola Revolución que se llevaría por siempre en etapas sucesivas.

Si, Martí fundió en una cadena, el devenir de sucesos históricos que cuajan en la única, verdadera y definitiva independencia de 1959, cuyos antecedentes éticos, morales y antimperialistas se remontan a los primeros patriotas cubanos.

Del presbítero Félix Valera: La soberanía y la autoridad reside en el pueblo, no en los reyes”. De José Antonio Saco, el convencimiento en su ancianidad de que con España la cuestión no era “ya de papeles, sino de espadas y balas”. De su maestro, Rafael María de Mendive, bebe Martí a José de La luz y Caballero, nada más clarifica esta influencia cuando exclamó en plena madurez política que de La Luz, “En vez de sentarse a hacer libros hizo hombres”.

Con apenas 16 años y aparentemente al margen de la gesta del 1868, Martí solo es respeto para aquellos iniciadores; admira la irremplazable decisión de alzarse en armas a pesar de las condiciones materiales poco óptimas. Este ejemplo, le serviría de guía ante el fracaso de la expedición de la Fernandina.

De Antonio Maceo la intransigencia de Baraguá “pues tenía tanta fuerza en la mente como en el brazo”. De Máximo Gómez, el placer de su sacrifico, la humanidad, reflejada como nunca antes en una disciplina férrea de ejército hacia lo interno y la decisión sublime de no tocar un prisionero enemigo. Hubiera bastado con escuchar a Martí el 10 de octubre de 1891:

Aquellos padres de casa, servidos desde la cuna por esclavos, que decidieron servir a los esclavos con su sangre, y se trocaron en padres de pueblo; aquellos propietarios regalones, que en la casa tenía su recién nacido y su mujer, y en una hora de transfiguración sublime, se entraron selva adentro (…) aquellos letrados entumidos que saltaron de la toga tentadora al caballo de pelear; aquellos jóvenes angélicos que del altar de sus bodas o el festín de la fortuna salieron, arrebatados de júbilo celeste, a sangrar y morir, sin agua y sin almohada, (…) aquellos son carne nuestra, y entrañas y orgullos nuestros, y raíces de nuestra libertad, y padres de nuestro corazón, y soles de nuestro cielo, y del cielo de la justicia, y sombras que nadie ha de tocar sin reverencia y ternura.

Solo un profundo admirador de aquella gesta podía entender en aquel momento de formación de nacional, que la Revolución se había perdido en aquel “parlamentarismo imposible” y la falta de unidad de los cubanos, comprendiendo que las fuerzas oscuras que depusieron a Carlos Manuel de Céspedes nos condujeron al Zanjón.

Y entonces, unió para la causa a todos los cubanos, bajo los principios éticos de nuestra cultura, nacionalidad y necesidad histórica, y desde 1895, todo revolucionario, para ser revolucionario cubano, debía ser Martiano.

Solo la unidad lleva al triunfo, y forja por primera vez la idea de un partido único, puliendo la idea de Céspedes de que había que mantener “la unión, la sensatez y la vigilancia, contra las maquinaciones del enemigo”. Por otra parte, había que ser además antimperialista, no hubo uno solo de nuestros luchadores del siglo XX que no estuviera convencido de su antimperialismo radical. Martí, sepultó para siempre al latente anexionismo y avizoró lo que Estados Unidos significaría para América Latina, perfeccionando las advertencias de hombres como el propio Céspedes y Maceo.

La idea de la justicia social terminó de fundir el sentido humanista de la nacionalidad cubana, y la seudorepública, a pesar de la mano yanqui se inundó de luchadores que dieron su vida por los “pobres de la tierra”. Su predica de “Patria es humanidad”, cuajó en nuestro sentido internacionalista y Pablo de la Torriente Brau abrió el sendero que no se cerraría jamás; Cuba, hasta hoy, nunca fue invasor, sino apoyo libertario donde quiera que hubiese una injusticia.

Y lo principal… había que actuar como se pensaba, “porque el deber de un hombre es estar allí donde es más útil”, y…. “La perfección de la grandeza es siempre el acto”. En 1898, con la intervención norteamericana, la ceguera momentánea de algunos buenos cubanos y el oportunismo de quienes no sentían su patria, España pierde la guerra y Cuba pospone su Revolución.

Martí no fue más hombre o historia, fue paradigma, seguiría viviendo en los hombres que lo secundaron en el 95 y quedaron inconformes con la Revolución trunca; Carlos Baliño, Enrique José Varona, Ramón Roa, Manuel Sanguily, … fomentaron esas ideas en Rubén Martínez Villena, Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Jesús Menéndez, Raúl Roa, que fueron martianos… e irremediablemente antimperialistas.

Por eso en el 53 había hambre y sed de Martí, se había adentrado en la venas abiertas de los obreros y campesinos, de aquellos que no tenían nada y sorprendió al imperio la viviente fecundidad de su ímpetu como impulsión histórica, con la juventud centenaria que abriría un nuevo ciclo de la historia en 1959; capaz de proponerse no un cambio de régimen sino, fundar una Revolución hija de cultura e ideas martianas.

Fidel, sería por siempre encarnación y perfección, Fidel es martiano, no solo en su pensar sino en su ejemplo, y Nicolás Guillén estampó en síntesis y poesía la unión de estas dos actitudes y el tránsito a un nuevo momento: “…se acabó… te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió”.

Hace unas horas, cuando encendimos las antorchas de la Marcha, por primera vez no tuvimos físicamente a Fidel. Caminamos entonces por un mismo paradigma, porque Martí y Fidel es uno, y tienen el mérito de continuar vivos; su pensamiento, su obra, su camino, fue el de la concientización y el ejemplo, dotando a Cuba, de un “sentido”, de unidad y coherencia, de continuidad e historia, para poder insertar nuestros valores colectivos en una sociedad más justa “con todos y para el bien de todos”.

(Tomado del Blog Conexión Cubana)

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