Mantua: la meta

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cuba-mambisesAlegre sonaba el repiqueteo de los cascos insurrectos aquella mañana del 22 de enero de 1896 cuando salieron de Guane. Era la columna invasora que culminaba a trote largo su última jornada de marcha y la última de la invasión a Occidente. Mantua, en los extremos confines de la Isla, como había augurado Máximo Gómez, se hallaba apenas a un poco más de 30 kilómetros, lo que era una bicoca para aquellos devoradores de leguas, impulsados, además, por saber que serían los primeros mambises en poner planta en aquel poblado de fama integrista y refractario a todo lo que oliera a revolución.
Así era la aureola que la prensa española confería a los pinareños. Sin embargo, tan pronto como Manuel Lazo empuñó las armas el 13 de enero, en el caserío del Cayuco, cerca de los re­mates de Guane, unos 300 vegueros de la región abandonaron guatacas y posturas para secundar su gesto y atacar Guane el 16, formando parte de la vanguardia invasora bajo el mando del teniente coronel Antonio Varona Miranda.

Así, en la columna de cerca de 2 000 hombres, marchaban el habanero Juan Bruno Za­yas, incorporado a la columna invasora con 400 jinetes villareños en los campos de Mal Tiempo, el chileno Pedro Vargas Sotomayor, el villareño Eulogio Sardiñas Zamora, el holguinero Ricardo Sartorio y santiagueros, bayameses y tuneros; en fin, un verdadero muestrario de la nación cu­bana, algunos de los cuales, como el santiaguero lugarteniente general Antonio Maceo y el catalán José Miró Argenter, hicieron la ruda marcha desde los históricos Mangos de Baraguá.

Pero para alcanzar Mantua fue necesario marchar 90 días, recorrer 1 797 kilómetros, sostener 21 combates, todos necesariamente victoriosos, sufrir unos de 50 muertos y 400 heridos, ocupar 22 poblados, 3 000 caballos, 2 036 armas largas, 77 000 cartuchos y otros medios materiales, y vencer la oposición de 80 000 soldados españoles, dotados del mejor armamento de la época y disponiendo de trochas militares, ferrocarril, telégrafo, heliógrafo, teléfono y 42 buques de guerra, bajo el mando de Arsenio Martínez Campos, uno de los mejores generales que nos enfrentó y de una pléyade de generales y coroneles capaces, y de amplia experiencia combativa.

Vencer tan descomunal obstáculo pertenece más a la leyenda que a la historia y solo a merced de la astucia y la determinación fue posible ha­cerlo.
La incorporación del occidente a la guerra era una condición sin la cual la revolución no podía ganar el conflicto, y en el 95 según Miguel Varona Castillo la invasión “[…] ni se propuso ni se discutió; estaba en la conciencia de todos los dirigentes de la Revolución […]”

Por su parte, para la estrategia político-militar española, era vital aislar la guerra en Oriente. Para España, la irrupción de los mambises en la Arcadia occidental auguraba, con tintes sombríos, la destrucción de las principales fuentes de riqueza que financiaban su maquinaria militar, la obligación de dispersar sus tropas en la custodia de un número mucho mayor de objetivos políticos, militares y económicos, la necesidad de vigilar y patrullar un número sustancialmente mayor de kilómetros de cayos y costas más cercanas a Estados Unidos, la imposibilidad de negar al mundo la envergadura de la guerra y la certidumbre de que miles de nuevos reclutas irían a engrosar las filas del Ejército Libertador.

El planteamiento estratégico se delineaba nítidamente para ambas partes; si los mambises no llevaban la guerra a occidente, Martínez Campos tendría tiempo para recibir 22 batallones desde la Península y realizar la invasión “al revés”; pero si los españoles no impedían la intrusión independentista en los predios occidentales, la guerra estaba perdida para ellos. Lo demás, como afirmara Gómez, “era cuestión de tiempo”.

Nadie planteó al general en jefe la misión de invadir el poniente cubano; ello figuraba en sus planes de la conducción de la guerra. Pero primero había que consolidar la guerra en Oriente, invadir el Camagüey reacio y meterlo en la contienda, levantar y foguear tropas, acopiar caballos, armas y municiones, elegir a los jefes, despistar al enemigo, organizar las unidades y cruzar la trocha.

Concluida la Campaña Circular y forzado el  obstáculo militar como por encanto, “El 11 (de noviembre), en marcha con rumbo a Sancti Spí­ritus —escribió Gómez en su diario—, para llamar la atención del enemigo hacia aque­lla zo­na con el objeto de sacar fuerzas de la trocha de Jú­caro a Morón y de este modo proteger el paso del General (Maceo), que ya debe venir marchando. Todos mis movimientos al Este de Sanc­­ti Spíritus, han de obedecer a este propósito”.

Y efectivamente, Martínez Campos extrajo fuerzas de Oriente, Camagüey y la Trocha para desplegarlas en Las Villas como valladar al fantasma de la invasión que veía en Gómez. Ello permitió que, a pesar de que el contingente oriental fue visto e identificado virtualmente en todos los sitios en que vivaqueó a lo largo de su marcha por Camagüey, lugares que Gómez dejó habilitados mediante las prefecturas antes de partir para Las Villas, solo la columna del general Mella Montenegro se movió tras el rastro de los mambises, pero fue llamada a Puerto Prín­cipe con urgencia por temor de Serrano

Altami­ra a un inconcebible ataque a la ciudad. De manera que el 29 de noviembre, Maceo superó la trocha y se reunió con el general en Jefe.
Desde su partida de Mangos de Baraguá, el contingente oriental había realizado 26 jornadas de marcha, recorrido 572 kilómetros y sostenido dos combates: el de Guaramanao, el 7 de noviembre y El Lavado, al día siguiente, ambos acciones de retaguardia contra tropas del coronel Nario, que Maceo calificó como “escaramuzas de poca importancia”.

El 30 de noviembre ya ultimados los preparativos de la invasión, Gómez dividió el recién formado contingente en dos columnas; la primera, integrada exclusivamente por unidades de ca­ballería, a cuyo frente permaneció él, y la se­gunda, unos 700 infantes bajo el mando de Quintín Bandera, a quien planteó la misión de marchar por el sur, operar en el valle de Trinidad y reunírsele nuevamente más hacia el poniente.
El dominicano sabía que el mando español se enteraría rápidamente de que la columna in­vasora marchaba sin infantería, lo que sin dudas lo induciría a esperar su avance por cualquier ruta menos por las montañas, precisamente el itinerario previsto por el general en jefe. La estratagema le dio magníficos resultados, pues como afirmó el teniente de ingenieros del Ejér­cito de Operaciones español, Tomás Sego­viano Ampu­dia, destacado en el Estado Mayor de Las Villas “(…) cuando nuestros jefes esperaban a las fuerzas cubanas por el lado de Ca­majuaní, se encontraron con que se hallaban sobre San Fernando de Camarones, con Gómez al frente”.

Sin embargo, la imagen que recibió el capitán general de los encuentros librados desde La Re­forma hasta la Siguanea —Iguará, Casa de Tejas, Siguanea, Manacal y El Quirro— fue tan falseada por los generales españoles Suárez Valdés, Oliver Vidal, Palanca y otros, que lo llevó a concebir la esperanza de de­rrotar definitivamente a los invasores antes de que lograran internarse en Matan­zas y obligarlos a regresar y refugiarse en las montañas de Guamuhaya.
De modo que decidió diseñar una trampa en la que indefectiblemente debía caer Gómez. A tal efecto, dividió a la columna del coronel Salvador Arizón en tres destacamentos: para encontrar y aniquilar “las batidas y dispersas partidas de Gómez y Maceo”.

El 15 de diciembre, después de la revista de la mañana, el general en jefe se enfrentó a la inquietante realidad de que solo había dos cartuchos para cada soldado. La columna invasora —unos 3 600 jinetes— marchaba cerca de dos kilómetros al sureste del caserío de Mal Tiempo y ya habían ardido las cañas del ingenio Teresa, cuando la exploración mambisa informó la aproximación de una columna española con un rumbo que amenazaba el flanco derecho del contingente invasor. Se trataba de un destacamento comandado por el teniente coronel Nar­ciso Rich, e integrado por unos 550 hombres.

En esta situación, Gómez pronunció la premonitoria frase: “¡Entró la nave en alta mar!” y vista la escasez de municiones, la orden: “En cuanto divisen al enemigo, sin disparar un tiro, cárguele, que detrás vamos nosotros” y se produjo así la macheteada de Mal Tiempo.

El balance del combate fue de más de 300 bajas para España; de ellas, 147 muertos; 150 fusiles Máuser, 60 Rémington, varias acémilas cargadas de cajas de municiones, caballos, botiquín, archivos y bandera del batallón del Ca­narias No. 2. Los cubanos tuvieron cuatro muertos, entre ellos el bravo teniente coronel José Cefí —el mismo que mandara la escolta de Gó­mez a su entrada a Camagüey—, y 42 heridos.

Ya nadie podía impedir la obra destructora de la tea incendiaria en los campos matanceros. Ni siquiera la presencia de Martínez Campos en Colón, ante el cual desfiló la hueste insurrecta en su marcha a Occidente. Pero el capitán general dispuso una trampa al parecer infalible. El 23 desplegó las columnas de Suárez Valdés, García Navarro, Prats, Aldecoa y Luque, en la línea Guanábana-Alacranes y presentó combate a los invasores en los campos de Coliseo, de manera que, establecido el encuentro, aquellas fuerzas acudirían en breve plazo y crearían una correlación decisiva a favor de España.

Pero Gómez no se dejó seducir ni siquiera por su añorado sueño de dar en Occi­den­te el Aya­cucho Cubano, y salió del combate, de­­jando a Campos con las ganas. Al día si­guiente la hueste invasora inició un movimiento retrógrado haciendo creer al jefe español que los insurrectos se retiraban en busca de refugio en las montañas ¡y El Pacificador desarmó su barrera para emprender la persecución!

El 27 cablegrafiaba a Madrid al respecto. Pero el 28 —parece una inocentada— los invasores volvieron sobre sus pasos y, después del cruento combate de Calimete, el día 1ro. de enero entraban en la desguarnecida Habana.

Después de algunas acciones de pequeña envergadura en La Habana, se produjo la decisión que explica la ausencia del generalísimo de la columna que el 22 de enero se aproximaba a Mantua. Visto que los mambises tenían que internarse en una provincia particularmente estrecha, el general en jefe, el artífice de la invasión, cedió a su lugarteniente el laurel de la entrada en el extremo confín occidental. “Uno de los dos tiene que quedarse para guardar la puerta. Vaya usted para Pinar del Río, que yo lo esperaré en La Habana”. Y se quedó en La Habana atrayendo tras de sí seis columnas, en lo que se denominó la Campaña de la Lanzadera.

En Hoyo Colorado ambos líderes se separaron y Maceo se adentró en Pinar del Río donde, después de los combates de Cabañas el 9 de enero, Las Taironas el 17 y 18 y Tirado el 19, al­canzó a su meta. En Mantua, una comisión integrada por las autoridades españolas y los vecinos más prominentes de la villa se adelantó a las afueras para recibir al héroe insurrecto y a las cuatro de la tarde el cura hizo repicar las campanas que anunciaban la conclusión de la invasión.

En la sala capitular se levantó acta en la que se consignó la situación geográfica del pueblo, que tanto este como el término municipal habían sido ocupados por los insurrectos, así como la conducta respetuosa de los mambises hacia vidas y haciendas. El documento fue firmado por los generales Antonio Maceo, Miró Argenter y Juan Bruno Zayas, así como por el gobernador civil y el auditor de guerra. Por los españoles firmaron el alcalde, el juez, un notario y personalidades de la villa.

La resonancia de la hazaña rebasó los límites insulares. El New York Herald, del 22 de diciembre de 1895 decía: “Cuando esta marcha de Gómez se descubra, el mundo militar la admitirá como una de las más atrevidas de que se tiene noticias en los designios de forzar líneas enemigas”. Y Gonzalo Reparaz en El Heraldo de Madrid: “Por desgracia entre los anuncios de Gómez y los del Gobierno, ha habido esta diferencia: que los del primero se han verificado puntualmente, y estos de ninguna manera, sería, por tanto, necedad insigne disimular que la victoria estratégica es suya hasta ahora”.
Por último, el comentario de Gómez: “La in­vasión a las provincias occidentales […] fue a mi juicio el gran movimiento militar que aseguraba para más tarde el triunfo final de la Revolución. Después, lo demás, era cuestión de tiempo”.

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